martes, 16 de diciembre de 2025

Gerda Taro


Tuvo que ser Louis Aragon, que había hablado por teléfono con los colegas de Gerda destinados en Madrid, Georges Soria y Marc Ribécourt, quien le transmitiera la terrible noticia. Y cuando la realidad irrumpió en su mente, Capa se derrumbó. Nada de lo que le decía Aragon podía parar su llanto.
La primera idea que se apoderó de él fue la de ir a buscar el cadáver de Gerda. Pero en cuanto Gerda murió, hubo más gente que intentó apoderarse de su cuerpo para usarlo en beneficio propio. En un primer momento, María Teresa León y Rafael Alberti lo llevaron a la sede de la Alianza en Madrid, donde exhibieron su ataúd para que le rindieran homenaje un sinfín de artistas, periodistas, políticos y militares (incluyendo al comandante de división Enrique Líster). Luego lo transportaron a Valencia, donde Constancia de la Mora colocó sobre el ataúd envuelto en la bandera el marchito ramo de flores que Gerda le había regalado diez días antes. Al final Louis Aragon, que insistía en que Gerda era "hija de París" y que por tanto debía ser enterrada en aquella ciudad, se impuso al gobierno republicano y consiguió llevarse el féretro. Pese a que Gerda no era militante comunista, el partido comunista francés compró una concesión por cien años en el cementerio de Pere Lachaise -el lugar de reposo de la crema de la intelectualidad francesa-, cerca del muro donde habían sido fusilados los communards de 1870, y empezó a preparar un funeral digno de un jefe de estado.  

Amanda Vaill.
Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil.
Turner.

 

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