Lo hay simple y doble, como en el tenis, según utilices una o las dos manos. El doble implica más regodeo porque pones más carne en el asador, pero supongo que el disfrute al final debe ser más o menos el mismo. Se utiliza en muchos casos, pero estoy seguro de que hay más placer cuanto más se lo merezca el burlado y cuanto mayor sea su creencia altanera en que va a conseguir el objetivo ambicionado.
También es cierto que en la retranca el tiro puede salir por la culata y el burlador verse decepcionado antes que el objeto de la burla. Es un peligro en estos tiempos, pero qué sería de nuestras vidas sin un poquito de riesgo y de esperanza.
Mientras tanto, un servidor votará por el palmo de narices.
Por ese soportal hemos pasado ya unos cuantos; y supongo que antes de nosotros pasaron más que desconocemos o que ya no están en la memoria de nadie. Es así de implacable el transcurso del tiempo y el olvido, pero esta fotografía, que quizá algún día también se perderá entre nubes y vapores, ahora atestigua la presencia de la Neka ahí, ajena a vicisitudes y aconteceres. Dejémosla en su mocedad, a resguardo por un rato de pesadumbres.
Ayer salimos a la intemperie, porque de intemperie hay que hablar cuando vas a ver la exposición de fotografías de Javier Vila y de Bruno Ochaita, esa casa doble de la que habla al inicio de la muestra el pequeño prólogo de Santiago Mazarrasa.
Intemperie es salir a lo natural, a lo que no tiene artificios, o al menos no se muestran expresamente para aquellos que, por suerte, disponemos de mirada virgen aún.
A Javier lo conozco desde que tenía ocho o nueve años. Fuimos a la escuela juntos. A Bruno, creo que no, pero esta exposición doble, una y dual al tiempo, me ha permitido jugar a la adivinación. ¿Qué imágenes son de uno y cuál de otro? Me parece que hay una concepción similar de lo que ha de ser la fotografía, pero al tiempo crees descubrir estilos diferentes, ligeros toques de realidad personal al colocar el ojo detrás de la cámara. Con algunas de las fotografías no sabría arriesgarme, pese a que creo conocer por donde van las inclinaciones visuales de Javier.
Pero lo cierto es que está bien que así sea. Ese jugar en equipo, esa ambigüedad solidaria (que no solitaria), lejos de algunos personalismos tan artistas.
Disfrutamos, sin duda, de la exposición y luego nos echamos a la lluvia camino de La bola negra. Pero esa es otra historia y a la vez es la misma. Dos fotógrafos, dos directores.
Hay días que son tan contradictorios como si alguien te echara encima una palada de cal y alguna de arena. El día de ayer, por ejemplo. Me voy de casa sin desayunar y a primera hora me sacan sangre. Arena. Un rato después convengo con quien sabe que mi mano ha mejorado y, por el momento, no es necesario operar. Cal. Luego, leo que no salen adelante los decretos contra los desahucios por obra y gracia de la reata de ventajistas que nos quieren amargar la vida, que dios, si lo hay, los confunda. Arena. Para contentarme, como si un fumador se fumara el último cigarrillo, entro en una librería y me llevo para casa una antología de Curros Enríquez preparada por Celso Emilio Ferreiro (Pensadlo bien. Las leyes municipales/ y los tratados de higiene/ mandan dar tierra inmediatamente a los muertos.../ ¡y vuestro muerto hiede!). Cal. Más tarde me veo por un rato con los antiguos compañeros de trabajo. Arena y Cal. Minutos después me entero de que a Julio le han dado el Premio Nacional de Literatura por un libro que nace en el cementerio de La Mata de la Bérbula, que es nuestro pueblo, aunque no hayamos nacido ahí, y en el que viajamos todos a través de una memoria cainita. Cal, porque me alegro intensamente. Luego llegan los rumores del adelanto de elecciones y hay palada de arena y palada de cal por el miedo a un futuro que nos lleve al pasado y por la esperanza de que la pala se vuelva lanza.
Y mientras tanto, aquí estoy, mirando al frente, con ojos serenos y sonrisa escéptica, esperando a lo que venga. No sé si con un montón de arena o con un montón de cal en las alforjas.
Ese día se reunieron en los cables frente a la ventana. Treinta, cuarenta, cincuenta, qué sé yo.
Algo debimos advertir, más allá de que las fechas eran las habituales y las propicias, en tanta actividad y tanta algarabía. Intuíamos, sin saberlo con exactitud, que aquello era el anuncio de su viaje de todas las temporadas.
Nosotros salimos de casa porque nos íbamos a una provincia cercana a visitar a unos amigos, pero volvíamos aquella misma noche.
Al día siguiente ellas ya no estaban.
Nosotros, desde entonces, guardamos su ausencia y esperamos, como todos los años, su regreso. Heraldos de la primavera.
No me voy a molestar en reproducir aquí la imagen de un cartel, que en estos días está llamando a una concentración en una conocida plaza de la ciudad en la que nací, contra los inmigrantes. Sobre todo porque no voy a ser yo el que les haga la campaña.
Viene a decir algo así como "fuera menas de nuestros barrios". Créanme, es bastante deplorable la falta de imaginación de los fachas para pensar sus propias consignas, y por eso, supongo que tienen que usar las de los demás adaptadas a sus miserables carroñas: "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende", "España unida jamás será vencida" o la del propio cartel mencionado. Cualquier día les oímos entonar "Negras pateras agitan los mares..."
Debe ser que lo de Chapote y lo de la fruta se les ha quedado un poco feo y obsoleto a tenor de lo que promete el Borja mayor del Pepé, ese hombre de porte tan liberal y caduco como sus consignas, para cuando ellos gobiernen.
Así que les voy a regalar un dicho que hay por Santander, que es simplemente una adaptación a nuestra singularidad, pero que se suele soltar en toda la Carpetovetonia de nuestros pecados.
"Todos los días pasa un tonto por Cuatro Caminos".
Nos conocemos desde hace unos cuantos años. Ellos repiten refugio cada vez y yo paso a visitarlos en cuanto sé de su presencia. Normalmente merodean en un espacio no demasiado amplio, pero suficiente para conseguir su alimento.
En los alrededores hay alguna que otra familia que en ocasiones, no muchas, he vislumbrado, pero que sobre todo escucho de cuando en cuando. Creo que cada una de ellas respeta escrupulosamente el territorio de la otra.
Cuando me acerco a los alrededores de la familia más cercana suelo tomarles alguna fotografía; sin embargo, nunca hasta ahora había podido captar a la pareja junta puesto que la que me parece que es la hembra es bastante más asustadiza; o quizá, como garante de las posibles crías cuida más de su entorno.
Aquí están, con sus ojos curiosos e inquisitivos a la vez. Fijándose mucho, como si tuvieran miradas del miope que no son.
Que se haya muerto Patricio Guzmán, el documentalista chileno autor de "La batalla de Chile", sobre los años de gobierno de Salvador Allende, y la trilogía posterior que denuncia la represión del gobierno del dictador Augusto Pinochet: "Nostalgia de la luz", "El botón de nácar" y "La cordillera de los sueños", es una malísima noticia para los amantes de Chile, del cine y de la verdad.
Si no han visto ninguno de sus trabajos, quédense con su nombre y su valía. Luego, añoren su voz pausada y su consistencia moral.
El próximo viernes, 18 de septiembre, a las 19'00 horas en la librería DLibros presentamos en Torrelavega "Lo inacabado", el último libro de poemas que he conseguido publicar. Me acompañará mi amigo Dani. Y seguro que nos acordaremos de aquellas noches de antaño llenas de humo y rosas rojas.
Hay personas que no sabes cómo te ganan pero te ganan. Y aunque se produzca un maremoto en el océano o una trepidación extraordinaria en las capas internas de la corteza terrestre van a seguir siendo un faro incólume que ratifica la concepción eterna de la bondad del ser humano, aunque el día a día te dé muestras todo el rato de lo contrario.
A ella la conocí en esas heroicas noches de poetas en el Rubicón de principios de siglo y, miren por donde, la distinguí entre el fárrago de gente que recitaba versos con vocación demoledora.
Que se sigue excediendo en la modestia. Sí.
Pero no se engañen. Hasta donde yo conozco, todo lo hace bien. Escribir poesía, recitar, hacer música con su acordeón, cantar... Que no le pase nada a la zanfona, que la va a doblegar en un abrir y cerrar de ojos.
Para la primera presentación en Cantabria del último libro que he escrito, no dudé en pedírselo a ella, por múltiples razones, entre ellas, alguna de táctica y estrategia. O sí dudé, porque no quería importunarla. Me dijo que sí, pero también me dijo que era la primera vez que presentaba el libro de alguien y que tenía sus dudas sobre su conveniencia y su capacidad. Falso. No pudo hacerlo mejor. Hasta el extremo de que no paro de recibir comentarios sobre el buen hacer de mi "partenaire".
Imagino que en otro caso, alguien podría sentirse, incluso, víctima de un eclipse, pero en el mío no. Todo lo contrario. Encantado estoy de haber sabido elegir. No era difícil, la verdad. Entre tantos egos brotados como hay, se agradece que te acompañe en la singladura alguien como ella.
Ojalá que de ahora en adelante todo, todo, le salga bien. Y que sea moderadamente feliz.
Aquí, en la misma página, la primera entrevista y la última que, por asuntos de poesía, me ha hecho el diario de la región que se publica en papel . Entre una hoja volandera y otra han pasado nada menos que 28 años; y aparte del muy evidente paso del tiempo en mi encarnadura, tengo que decir que, tras repasar nuevamente, después de muchísimo tiempo, la primera de ellas, encuentro que en la actualidad sigo siendo muy fiel a lo que pensaba en aquellos años.
Sin embargo, no me queda más remedio que ser consciente también del grado de ingenuidad que alimentaba entonces mis palabras. Hoy en día es posible que la ingenuidad persista en algún recoveco (no en vano de vez en cuando me pego alguna que otra leche) pero, aparte de hacerme más viejo, me da la impresión de que los años, y supongo que algún que otro sinsabor, me han retorcido un poco el colmillo.
Está visto que no hay candor que no cure la edad. ¡Vayapordios (en román paladino)!
En el libro de Fulgencio Argüelles que estoy leyendo (página 196), "El desván de las musas dormidas", el narrador acompaña a su padre, el cual va a dar clases de castellano y de latín a la hija del responsable belga de una fundición, al palacio azul de los ingenieros belgas.
Para los pocos años del chaval que cuenta la historia, todo lo que allí se ve es novedad. No en vano procede de una familia humilde y rural con escaso acceso a los libros. Cuando entra a la frondosa biblioteca exclama:
Desde esta altura que me da mi capacidad de volar, mi experiencia y mi intuición los veo.
A ellos, que quieren meternos miedo con los otros (nosotros).
A ellos, con su infinita capacidad de reducir el espacio de los otros (nosotros) a la mínima expresión.
A ellos, que pretenden dar miedo al miedo (pero jamás lo van a conseguir con los otros-nosotros).
A ellos, con sus cabezas afeitadas, sus camisetas negras adornadas de calaveras, sus posturas de matones de feria de extrarradio, valentones de manada, bizarros de opereta.
A ellos, que hablan un solo idioma, lo hablan mal y lo escriben aún peor.
A ellos, reduccionistas de campos de concentración.
A ellos, que su única aspiración es que los otros-nosotros seamos intelectualmente sencillos como ellos. Es decir, marcando la raya por abajo.
A ellos, que les molestan las pandereteras gallegas, los danzantes teatrales, los actores que no se pliegan y los otros-nosotros.
A ellos, que no se miran al espejo jamás por no asustarse con lo que ven.
A ellos, que no leen dos líneas seguidas por temor a que les reviente la cabeza.
A ellos, y a los que manejan sus hilos de marionetas.
Desde esta altura a la que nunca van a llegar los veo.
Lo primero que se aprendía en la escuela, tanto en la estatal como en la clandestina, era que en el mundo había buenos y malos. Los buenos eran los héroes, los santos, los primeros cristianos y los que dedicaban su vida a Dios, y también los reyes católicos de todos los países, los descubridores de nuevas tierras, los salvadores de la patria, y los que daban limosna a los pobres y a los tullidos. Los malos eran los árabes, que habían ocupado nuestras tierras durante siglos, y los judíos, que habían asesinado a Cristo, y los comunistas, que se comían crudos a los niños que acababan de nacer.
Mi padre estaba de acuerdo en lo de los buenos, pero no tanto en lo de los malos, porque decía que tanto Cristo como sus apóstoles habían sido judíos, así que había judíos buenos, y también decía que los árabes habían traído a nuestra nación muchos inventos beneficiosos, como el café, el ajedrez, los hospitales, la cirugía, los molinos de viento, las plumas de escribir o el álgebra, que era una matemática compleja que solo estudiaban quienes querían ingresar en la universidad. Al parecer, también los árabes habían inventado la universidad. De los comunistas mi padre prefería no hablar. Eso decía, prefiero no hablar, y, algo enfadado, añadía, pero lo que de ninguna manera debéis creer es esa tontería de que los comunistas son unos caníbales. Los romanos no eran ni buenos ni malos. Los portugueses tampoco eran buenos ni malos, pero eran muy pobres, porque andaban por el mundo con sus carromatos viviendo a la intemperie, y su pobreza extrema era una especie de involuntaria maldad.
No tardaría yo mucho en aprender que cualquier ser humano podía albergar en su interior, si no a la vez, sí en un breve espacio de tiempo, tanto sentimientos nobles como instintos que podía acercarse a la perversidad. Lo aprendí incluso antes de ingresar en el internado, así que todos podíamos ser buenos o malos, y preguntaba qué tenía yo que hacer para alcanzar la bondad, y mi abuela me decía que tenía que ser obediente y trabajador, y el cura me decía que tenía que rezar, y mi padre aseguraba que para ser cada día mejor tenía que estudiar mucho y leer montones de libros, y mi madre repetía que me dejara de tonterías y que la ayudara a cascar las nueces.
Fulgencio Argüelles.
El desván de las musas dormidas.
Acantilado.
(Fulgencio Argüelles, es para mi uno de los mejores escritores actuales, a pesar de que quizá no sea demasiado conocido, salvo en ciertos círculos. Leí hace años su novela "El palacio azul de los ingenieros belgas", en esta misma editorial, y bastante antes "Letanías de lluvia" (Alfaguara), creo que su primera obra, y acabó convirtiéndose en alguien legendario y objeto de algunas conversaciones con un librero de León ya jubilado, que mantenía "El palacio azul..." constantemente en los anaqueles de su establecimiento, para quien lo quisiera descubrir. Honor para los libreros buenos.
Este, su último trabajo, "El desván de las musas dormidas", no le va a la zaga a ninguno de los anteriores).
Si a veces son caras de ver, ya ni imaginar puedo lo complicado que es contemplar en reposo a una Esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum), puesto que están buscando alimento en las flores continuamente. En este caso yo creo que ha ayudado la perplejidad de este individuo ante un muro de seto plástico. ¡Estos humanos están locos!
Con esta van 2500 entradas en este blog inaugurado en el año 2010. Y esto, por supuesto, es una más de las cajas de resistencia que vamos sembrando.
Que la vida es un tango ya lo dijeron Gardel y Discépolo. También dijeron que el mundo es y será una porquería, pero a veces, muchas, un tango tiene otras cosas que nos llenan de emoción. Y a veces, donde menos se espera, con un poema hecho canción, Pedro Garfias mediante, levantamos el puño al aire.
Cuando dicen que convoca la Federación Española de Municipios y Provincias, en realidad están ocultando que quien convoca es la extrema derecha de este país (es difícil distinguirles ya).
Cuando dicen que las concentraciones son en apoyo a Ceuta, ese "apoyo a" es algo tan ambiguo que hay pocos problemas para saber que verdaderamente es "en contra de".
Podríamos pensar que ese "en contra de" se personifica en gente pobre y de piel oscura que suele rezar mirando a La Meca (los que miran a La Meca con la billetera repleta les molestan menos).
Pero la cosa es más enrevesada porque en realidad la maquinaria se pone en marcha cada vez, migrantes mediante, con la intención de hundir al gobierno de este país de la manera que sea (por lo criminal meramente).
Es cuestión de táctica, estrategia y aprovechamiento de resquicios. Lo llevamos viendo mucho tiempo. Es la mecánica del palito entre las ruedas.
Lo jodido es ver cómo manipulación tan grosera cala en gente que piensa que al país se le defiende quemando míseras pertenencias y deteniendo los víveres de la solidaridad.
A ellos, los patriotas de tres al cuarto, y a los estrategas de la mentira les está quedando un Ku-Klux-Klan de lo más aparente.
Los demás nos quedamos con la vergüenza de compartir pasaporte con semejantes estantiguas.
Silvia Pérez Cruz lleva su canto a una Habana en penumbras
La voz de la cantante española provocó un estado de gracia en una audiencia que logró aliviar por unas horas el dolor de una profunda crisis económica
Sergio Murguía.
El País. 25 de Agosto de 2026.
Cuba parece estancada en su propia zona abisal, sin visos de emerger a la superficie, desde que Trump impuso la asfixia petrolera y las subsecuentes sanciones al país caribeño; la gente, en su mayoría, ha perdido la noción de los días, debatidos entre resolver necesidades básicas como agua, luz y gas, o llevar adelante el trabajo que permita comprar alimentos. Por eso, cada vez menos gente se permite acudir a la poca oferta de ocio, encarecida, que aún hace vibrar ciertos espacios en las ciudades. Por eso, cuando Silvia Pérez Cruz anunció un concierto gratuito en La Habana, como parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco Oral Abisal, se desató la euforia entre una parte del público habanero, que vio la oportunidad como un soplo de aire fresco para su sofocante realidad.
Y esos vientos soplaron este 23 de agosto, como un hálito redentor, en esa zona de La Habana Vieja donde se cruzan las calles Cuba y Amargura. Allí se levanta la iglesia de estilo renacentista de San Francisco El Nuevo, entre solares donde habitan decenas de familias hacinadas y joyas arquitectónicas del centro histórico. A las afueras del templo, mientras la tarde empezaba a caer, decenas de personas formaban una nutrida y dispersa cola, una alteración del ritmo cotidiano del barrio, entre familias que salen con sillones a tomar el fresco, en las estrechas aceras o directamente en la calle, otros que juegan dominó, mendigos que deambulan constantemente, basura desperdigada por las esquinas, hombres tirando de carretones repletos de bidones con agua, o la abuela que mandó a sus nietos a un recado y van por la calle, dinero en mano, correteando, apenas vestidos con unshortpara burlar el calor de agosto.
En medio de todo ese trasiego, quienes esperaban para entrar a la iglesia —al concierto—, parecían una anomalía, un cúmulo de gentiles a punto de disfrutar de un placer culpable. Pero adentro esperaba la gloria prometida de escuchar una voz que pareciera evocar la paz sobrevenida tras cualquier exaltación del espíritu. Y los cubanos conocen bien esa sensación, y la extrañaban, tras la última presentación de Silvia Pérez Cruz en la capital cubana en 2022. Con ese recuerdo vivo, que auguraba la mejor de las veladas, cientos de personas colmaron el interior del recinto, sentados en los bancos, en el suelo, rodeando un escenario improvisado, sitiado por linternas con forma de cirios —que la artista trajo consigo—, a los pies del altar mayor. En el centro, cuatro sillas, una guitarra lista, un micrófono para la voz, un pequeño amplificador y unas flores. Nada más.
Un calor intenso y pegajoso lo inundaba todo, la gente se abanicaba sin cesar, se secaba las gotas de sudor, tomaba agua. Cuando el público se dio cuenta, Bori Alberto (contrabajo), Marta Roma (violonchelo) y Carlos Monfort (violín) estaban dando rienda suelta a la maravilla y una voz, como venida de una realidad insondable, se escuchaba desde lo alto del templo. Silvia Pérez Cruz, vestida de blanco, abrió así una pausa en el agitado tiempo de los cubanos. Nada más importaba a esa hora, ni la crisis endemoniada sin fin, ni los apagones, ni el alto costo de la vida. La voz de Silvia provocó ese estado de gracia en el espíritu de una audiencia que se sintió conmovida con la alegría y la sensibilidad de unos músicos que lograron traducir su declaración de amor en una auténtica celebración musical, donde el público también acompañó muchos de los coros que Silvia, imaginativa e incombustible, les iba lanzando.
“Tenía muy claro que en esta gira por Latinoamérica quería volver a Cuba”, dijo la artista a la primera oportunidad, quien ya realizó varios viajes a la isla en el pasado, donde cosechó fuertes vínculos personales y artísticos. “Quería venir a dar lo que yo sé hacer y decirles que los pensamos, los queremos mucho”, comentó la intérprete, cuyo concierto en La Habana fue diseñado con austeridad y con el apoyo de una red colaborativa de amigos que prestaron equipos e instrumentos musicales a la artista. “Queríamos hacer un concierto sin depender de la electricidad, también para sentir de nuevo que la música es libre y por lo menos no depende de un enchufe”, dijo.
Esa libertad se sintió en cada tramo del concierto, en cada una de las canciones que Silvia seleccionó de Oral Abisal para la ocasión, una novedad para el auditorio que las disfrutó como si las conociera de toda la vida, a la altura de las versiones de 20 años y La tarde, que la artista se dio el lujo de interpretar junto al tótem de la guitarra Alfred Artigas; en la gracia del cantautor cubano Roly Berrío, que se sumó a la fiesta y la comodidad de un público que se animó a pedir canciones al azar, a una artista que les correspondió —Verde, Mañana. Silvia cantó, consoló, acunó los ánimos. Silvia no quería irse, nadie quería, cuando la tarde cayó, la oscuridad se impuso y la única luz que podía verse iluminaba a los músicos, rodeados de linternas de colores con forma de cirios.
Silvia jugó con el público, con las melodías, con los colores de los cirios que cambiaba a su antojo y ya, después del bis y otro bis, cuando ya todos estaban de pie, parados alrededor de ese centro de luz, en medio de la oscuridad, como si de una fiesta pagana se tratase, Silvia pidió cantar con todos “una más”. Y mientras cantaban, a capella,De que callada manera, de Pablo Milanés, Silvia repartió los cirios entre el público y la gente salió cantando de la iglesia, de la oscuridad interior, a la oscuridad del resto de la ciudad, como cada noche desde hace meses. Pero durante un par de horas, este domingo se sintió diferente.
Ha transcurrido una semana solamente y ya parece un siglo. Es un cromo gastado que ya no alienta esperanzas ni deseos. Todo se sucede, todo se acelera sin pausa y el próximo eclipse queda muy lejos. El anterior ya no sirve ni como pólvora para disparar mentiras.
La lluvia de hoy anticipa el otoño que viene. Luna que pasa no mueve el molino.
El sargento Bunyan había metido la cabeza dentro de la tienda sin pedir permiso. Era un hombre corpulento y entrado en años, enfundado en un uniforme de color ladrillo. Peter dejó el violín y se dirigió al intruso en tono gélido.
-An Faire, sargento. Es una doble jiga. Y le ruego que no me llame muchacho.
-Cierto, disculpe. Es que le veo tan joven, señor Johnson. La edad de un tamborilero, más o menos. No era mi intención faltarle al respeto.
Peter vio que el hombre era sincero. Decidió que ese rostro ajado le agradaba.
-Acepto las disculpas, señor.
El sargento abrió su cara en una sonrisa, una arruga más amplia en medio de las que surcaban su rostro.
-Se lo agradezco, y hago una petición, si no soy muy insolente: ¿podría tocar algo de buena música escocesa?
Peter sonrió.
-Señor, la buena música escocesa es música irlandesa.
El sargento sonrió a su vez e hizo el saludo. El muchacho era muy listo.
En la parte que yo vi, la España vacía tampoco se llenó tanto. Y es que esa España, que a veces nos entristece el corazón, es muy grande y está muy vaciada. Hace falta algo más que un eclipse, que sucede de ciento en viento, para dar cierta vidilla a los montes y a las parameras.
Es demasiado fácil dejarse arrastrar por tópicos respecto al abandono de las zonas rurales o sobre el orgullo cicatero de los que aún quedan allí. También sobre la popularidad, presunta o real, de este evento en el que interrelacionaban amigablemente la luna y el sol.
No voy a caer en el postureo del malditismo, al que en ocasiones somos tan aficionados. No sé quién pensó que eso nos hace únicos en una civilización que, de un modo u otro, nos asimila a todos.
Yo fui a un prado en altura a ver anochecer antes de tiempo y a contemplar una noche rara que no duraba apenas nada. Y me lo pasé bien. Ni falta me hacía la astronomía.
Contemplé al señor Valbuena mientras él, a su vez, contemplaba aquel rato de magia que se le ofrecía gratis, mientras decía asombrado (nunca mejor dicho) a sus 91 años, "esto yo nunca lo vi".
Y no pude dejar de pensar en aquellos que en siglos pasados lograron asistir a algo como esto. ¿Se quedaron ciegos?
¿O ciegos estamos nosotros a pesar de tanta ciencia y tanto derroche de gafas?
Ayer estaba espeso el día. Y no porque estuviera siendo una jornada desagradable. Todo lo contrario. Los amigos nos estaban visitando en el pueblo y "amenazaban" con ser una estupenda cla en el evento de por la tarde.
Iniciaba su camino "Lo inacabado", el último libro de poemas que he escrito. Y también era la antevíspera del eclipse, que parece que tiene la cabeza de todo el mundo mirando al cielo en lugar de a las cosas de aquí abajo.
La presentación del libro fue bien. Asistencia tirando a corta (el dichoso eclipse es una excusa cojonuda y hubo quien con eso se eclipsó), familiar, interesada y entregada, atenta a un pequeño debate que se propició sobre el pasado y el futuro de la poesía. Gente participativa y, por tanto, un rato sumamente agradable.
Héctor, el editor, se quejaba al final con cierta amargura del hecho de que los poetas no asisten a los actos de los poetas, como si no supiera él que eso es un clásico internacional más evidente que cualquier trabajo de Shakespeare o de Cervantes. No asisten, añadiría yo, salvo que los actos sean de poetas de sus propias cofradías o por cuestiones de favores debidos. ¡Ay de los poetas que no pagamos cofradías!
El día, decía al principio, estaba espeso. O así lo sentía yo, embargado tal vez por la responsabilidad.
Menos mal que en algunos momentos se abrieron claros en los muros de piedra, volaron mariposas, nos saludaron los abejarucos desde un cielo que aún no amenazaba con eclipses y hubo revelaciones por delante de las aguas.
La verdad es que me gusta mucho esta fotografía porque capta un momento en que el intérprete (Pablo Zapico, en este caso) no está interpretando. Está sintiendo. Está haciendo suya, con toda su capacidad, la música que a su lado toca con su tiorba su hermano Daniel.
Magnífico y virtuoso concierto de tiorba y de archilaúd que nos han regalado la pasada tarde los hermanos Zapico.
En Nápoles las calles se abigarran en un desorden connatural. Vecinos que ocupan y cierran su pedazo de acera pública para propio esparcimiento, barahúnda de paseantes que van y vienen sin un aparente destino, puestos de mercado con inimaginables existencias, tendales que cruzan las calles con ropa puesta a secar, al albur del viento y de humos y carbonillas, en una solidaria y envidiable muestra de convivencia ciudadana. Y por encima de todo, los pequeños altares en las fachadas dedicados a San Genaro y a San Maradona, deidades, es de suponer, harto milagreras ellas.