sábado, 10 de septiembre de 2022
Si alguna vez
jueves, 8 de septiembre de 2022
Trabajos del reino en Senegal
lunes, 5 de septiembre de 2022
Bares literarios
viernes, 2 de septiembre de 2022
Gente leyendo
miércoles, 31 de agosto de 2022
Ulises
Comencé a leer el “Ulises” de James Joyce el 21 de junio de
2022 y lo he terminado el 21 de agosto de 2022. Es decir, he tardado dos meses
justos de este verano caótico y calenturiento. Unos días más de cien años
después de la publicación del mencionado libro.
En una entrada de este mismo blog (https://lanubeenlaboca.blogspot.com/2021/04/un-cuento-de-libro.html),
con el que intentaba celebrar irónicamente el día del libro de hace un año,
contaba mis vicisitudes con Ulises desde que compré mi primer ejemplar en enero
de 1985, hace 37 años, cuando yo contaba 23 años de edad, más o menos la misma
de Stephen Dedalus en la novela. Es verdad que luego he ido comprando otros
ejemplares hasta que por fin con el último he cumplido.
Nunca es tarde, dicen, si la dicha es buena. Y lo es.
Porque, aunque para algunos tiene mala fama (avieso, incomprensible,
interminable), salvando obstáculos externos e internos, me lo he tomado como un
reto, vamos, como aquello de subir una montaña o atravesar algún desierto. Y el
libro, este Ulises de nuestros tormentos, a decir verdad, algo de eso tiene. De
cruzar un desierto.
Efectivamente, en algunas partes de su luenga longitud
parece como si de pronto, en apariencia, el desconfiado lector transitara por un
secarral de palabras o como si en la superficie de la muy querida ciudad de
Dublín alguien se hubiera dejado algunas tapas de registro abiertas y el
lector, acompañando, ensimismado en su libro, la travesía de Leopold Bloom o
del ya citado Dedalus, fuera cayendo en alguna de ellas y recorriera, sin saberlo, parte de los subterráneos de la
ciudad en lugar de hacerlo a la luz del día, de ese único día que Bloom alarga
y demora para no tener que regresar a su casa y a su esposa Molly, natural de
Gibraltar.
He estado en Dublín en tres ocasiones, incluso me he
fotografiado con la estatua de James Joyce en la confluencia de la Calle
O’Connell, frente a la famosa Oficina de Correos, pero la ciudad que aparece en
la icónica novela, aunque reconocible, a mi parecer tiene una imagen propia y
su propia idiosincrasia, ajena a lo que puede discernir un visitante ocasional de
la capital irlandesa. Ese Dublín lo construye, sin duda alguna, el puñado de
personajes que acompaña a los personajes centrales y que conforman esa Corte de
los Milagros repleta de bebedores sempiternos, camareras, prostitutas,
apostadores sin fin, expertos en las comedias shakesperianas, policías de
ronda, fenianos irredentos, románticas señoritas en la orilla de la playa,
muertos recientes y muertos antiguos, petimetres ridículos, adúlteras, Joyce en
pose de artista casi adolescente y, desde luego, el entrañable Leopold Bloom.
Y no voy a extenderme en esta pequeña celebración. Mi agradecimiento al traductor y a su titánico trabajo. Si alguien me pregunta diré que el “Ulises” de Joyce me ha gustado mucho y he disfrutado extraordinariamente con su sentido del humor, con sus juegos de palabras, con su piedad por los personajes, y con el esfuerzo que su lectura me ha supuesto, pero que jamás de los jamases se lo recomendaré a nadie.
Y cito, para
finalizar, al Joyce del capítulo 14, puesto que hablamos de un escritor
diferente en cada uno de los capítulos que lo componen, y en este caso
visionario cuando dice “todo nos está escondido cuando querríamos ver detrás
de nosotros de qué región de remotidad ha sacado su dedondeidad la quiddidad de
nuestra quienidad”.
Sí.
sábado, 27 de agosto de 2022
viernes, 26 de agosto de 2022
¿Qué sería?
martes, 16 de agosto de 2022
La felicidad es una canción
lunes, 8 de agosto de 2022
Los sinsabores de un observador de aves
jueves, 4 de agosto de 2022
Alquerque
miércoles, 3 de agosto de 2022
El capitán, el contramaestre y el grumete
martes, 2 de agosto de 2022
Asesinos también
lunes, 1 de agosto de 2022
domingo, 31 de julio de 2022
lunes, 25 de julio de 2022
La huerta
domingo, 17 de julio de 2022
Hojas en la hierba
La verdad es que nunca tuve
la oportunidad de hablar con él y no hubo más contacto que el de ser “amigos”
en una red social. Algo tan fútil como etéreo. Ya ustedes saben.
Sin embargo tengo la
sensación de que puede ser una de esas ausencias que notas cuando falta. Una de
esas agarraderas a un mundo particular que parece estremecerse cuando hay personas,
parte de un paisaje, que optan por apearse.
Por lo que leo, dicen sus
amigos que era un hombre afable y cercano, comunicador.
Mi primer recuerdo es del césped
de los antiguos Campos de Sport, cuando yo tenía cerca de doce años y mi tío me
colaba a los partidos porque su hijo era el guardameta suplente del equipo
local. Él, el joven fotógrafo barbado, con todo el aparataje de cámaras, en vaqueros y camisa de campaña como el
reportero avezado que yo imaginaba, caminando detrás de su padre, también
fotógrafo pero de otra época, con traje gris, elegante y señorial, que lo mismo
valía para retratar deportistas de toda ralea que a un alcalde o a un
procurador en cortes por el tercio familiar.
Y yo mirando desde la grada,
con mi edad temprana y mi inocencia, decidiendo que, más que futbolista, me traía cuenta ser reportero como aquel, tener los ojos y el objetivo bien abiertos, recorrer
mundo y mostrar piedad por todo lo que se ve al otro lado de la lente.


























