Cuando dicen que convoca la Federación Española de Municipios y Provincias, en realidad están ocultando que quien convoca es la extrema derecha de este país (es difícil distinguirles ya).
Cuando dicen que las concentraciones son en apoyo a Ceuta, ese "apoyo a" es algo tan ambiguo que hay pocos problemas para saber que verdaderamente es "en contra de".
Podríamos pensar que ese "en contra de" se personifica en gente pobre y de piel oscura que suele rezar mirando a La Meca (los que miran a La Meca con la billetera repleta les molestan menos).
Pero la cosa es más enrevesada porque en realidad la maquinaria se pone en marcha cada vez, migrantes mediante, con la intención de hundir al gobierno de este país de la manera que sea (por lo criminal meramente).
Es cuestión de táctica, estrategia y aprovechamiento de resquicios. Lo llevamos viendo mucho tiempo. Es la mecánica del palito entre las ruedas.
Lo jodido es ver cómo manipulación tan grosera cala en gente que piensa que al país se le defiende quemando míseras pertenencias y deteniendo los víveres de la solidaridad.
A ellos, los patriotas de tres al cuarto, y a los estrategas de la mentira les está quedando un Ku-Klux-Klan de lo más aparente.
Los demás nos quedamos con la vergüenza de compartir pasaporte con semejantes estantiguas.
Silvia Pérez Cruz lleva su canto a una Habana en penumbras
La voz de la cantante española provocó un estado de gracia en una audiencia que logró aliviar por unas horas el dolor de una profunda crisis económica
Sergio Murguía.
El País. 25 de Agosto de 2026.
Cuba parece estancada en su propia zona abisal, sin visos de emerger a la superficie, desde que Trump impuso la asfixia petrolera y las subsecuentes sanciones al país caribeño; la gente, en su mayoría, ha perdido la noción de los días, debatidos entre resolver necesidades básicas como agua, luz y gas, o llevar adelante el trabajo que permita comprar alimentos. Por eso, cada vez menos gente se permite acudir a la poca oferta de ocio, encarecida, que aún hace vibrar ciertos espacios en las ciudades. Por eso, cuando Silvia Pérez Cruz anunció un concierto gratuito en La Habana, como parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco Oral Abisal, se desató la euforia entre una parte del público habanero, que vio la oportunidad como un soplo de aire fresco para su sofocante realidad.
Y esos vientos soplaron este 23 de agosto, como un hálito redentor, en esa zona de La Habana Vieja donde se cruzan las calles Cuba y Amargura. Allí se levanta la iglesia de estilo renacentista de San Francisco El Nuevo, entre solares donde habitan decenas de familias hacinadas y joyas arquitectónicas del centro histórico. A las afueras del templo, mientras la tarde empezaba a caer, decenas de personas formaban una nutrida y dispersa cola, una alteración del ritmo cotidiano del barrio, entre familias que salen con sillones a tomar el fresco, en las estrechas aceras o directamente en la calle, otros que juegan dominó, mendigos que deambulan constantemente, basura desperdigada por las esquinas, hombres tirando de carretones repletos de bidones con agua, o la abuela que mandó a sus nietos a un recado y van por la calle, dinero en mano, correteando, apenas vestidos con unshortpara burlar el calor de agosto.
En medio de todo ese trasiego, quienes esperaban para entrar a la iglesia —al concierto—, parecían una anomalía, un cúmulo de gentiles a punto de disfrutar de un placer culpable. Pero adentro esperaba la gloria prometida de escuchar una voz que pareciera evocar la paz sobrevenida tras cualquier exaltación del espíritu. Y los cubanos conocen bien esa sensación, y la extrañaban, tras la última presentación de Silvia Pérez Cruz en la capital cubana en 2022. Con ese recuerdo vivo, que auguraba la mejor de las veladas, cientos de personas colmaron el interior del recinto, sentados en los bancos, en el suelo, rodeando un escenario improvisado, sitiado por linternas con forma de cirios —que la artista trajo consigo—, a los pies del altar mayor. En el centro, cuatro sillas, una guitarra lista, un micrófono para la voz, un pequeño amplificador y unas flores. Nada más.
Un calor intenso y pegajoso lo inundaba todo, la gente se abanicaba sin cesar, se secaba las gotas de sudor, tomaba agua. Cuando el público se dio cuenta, Bori Alberto (contrabajo), Marta Roma (violonchelo) y Carlos Monfort (violín) estaban dando rienda suelta a la maravilla y una voz, como venida de una realidad insondable, se escuchaba desde lo alto del templo. Silvia Pérez Cruz, vestida de blanco, abrió así una pausa en el agitado tiempo de los cubanos. Nada más importaba a esa hora, ni la crisis endemoniada sin fin, ni los apagones, ni el alto costo de la vida. La voz de Silvia provocó ese estado de gracia en el espíritu de una audiencia que se sintió conmovida con la alegría y la sensibilidad de unos músicos que lograron traducir su declaración de amor en una auténtica celebración musical, donde el público también acompañó muchos de los coros que Silvia, imaginativa e incombustible, les iba lanzando.
“Tenía muy claro que en esta gira por Latinoamérica quería volver a Cuba”, dijo la artista a la primera oportunidad, quien ya realizó varios viajes a la isla en el pasado, donde cosechó fuertes vínculos personales y artísticos. “Quería venir a dar lo que yo sé hacer y decirles que los pensamos, los queremos mucho”, comentó la intérprete, cuyo concierto en La Habana fue diseñado con austeridad y con el apoyo de una red colaborativa de amigos que prestaron equipos e instrumentos musicales a la artista. “Queríamos hacer un concierto sin depender de la electricidad, también para sentir de nuevo que la música es libre y por lo menos no depende de un enchufe”, dijo.
Esa libertad se sintió en cada tramo del concierto, en cada una de las canciones que Silvia seleccionó de Oral Abisal para la ocasión, una novedad para el auditorio que las disfrutó como si las conociera de toda la vida, a la altura de las versiones de 20 años y La tarde, que la artista se dio el lujo de interpretar junto al tótem de la guitarra Alfred Artigas; en la gracia del cantautor cubano Roly Berrío, que se sumó a la fiesta y la comodidad de un público que se animó a pedir canciones al azar, a una artista que les correspondió —Verde, Mañana. Silvia cantó, consoló, acunó los ánimos. Silvia no quería irse, nadie quería, cuando la tarde cayó, la oscuridad se impuso y la única luz que podía verse iluminaba a los músicos, rodeados de linternas de colores con forma de cirios.
Silvia jugó con el público, con las melodías, con los colores de los cirios que cambiaba a su antojo y ya, después del bis y otro bis, cuando ya todos estaban de pie, parados alrededor de ese centro de luz, en medio de la oscuridad, como si de una fiesta pagana se tratase, Silvia pidió cantar con todos “una más”. Y mientras cantaban, a capella,De que callada manera, de Pablo Milanés, Silvia repartió los cirios entre el público y la gente salió cantando de la iglesia, de la oscuridad interior, a la oscuridad del resto de la ciudad, como cada noche desde hace meses. Pero durante un par de horas, este domingo se sintió diferente.
Ha transcurrido una semana solamente y ya parece un siglo. Es un cromo gastado que ya no alienta esperanzas ni deseos. Todo se sucede, todo se acelera sin pausa y el próximo eclipse queda muy lejos. El anterior ya no sirve ni como pólvora para disparar mentiras.
La lluvia de hoy anticipa el otoño que viene. Luna que pasa no mueve el molino.
El sargento Bunyan había metido la cabeza dentro de la tienda sin pedir permiso. Era un hombre corpulento y entrado en años, enfundado en un uniforme de color ladrillo. Peter dejó el violín y se dirigió al intruso en tono gélido.
-An Faire, sargento. Es una doble jiga. Y le ruego que no me llame muchacho.
-Cierto, disculpe. Es que le veo tan joven, señor Johnson. La edad de un tamborilero, más o menos. No era mi intención faltarle al respeto.
Peter vio que el hombre era sincero. Decidió que ese rostro ajado le agradaba.
-Acepto las disculpas, señor.
El sargento abrió su cara en una sonrisa, una arruga más amplia en medio de las que surcaban su rostro.
-Se lo agradezco, y hago una petición, si no soy muy insolente: ¿podría tocar algo de buena música escocesa?
Peter sonrió.
-Señor, la buena música escocesa es música irlandesa.
El sargento sonrió a su vez e hizo el saludo. El muchacho era muy listo.
En la parte que yo vi, la España vacía tampoco se llenó tanto. Y es que esa España, que a veces nos entristece el corazón, es muy grande y está muy vaciada. Hace falta algo más que un eclipse, que sucede de ciento en viento, para dar cierta vidilla a los montes y a las parameras.
Es demasiado fácil dejarse arrastrar por tópicos respecto al abandono de las zonas rurales o sobre el orgullo cicatero de los que aún quedan allí. También sobre la popularidad, presunta o real, de este evento en el que interrelacionaban amigablemente la luna y el sol.
No voy a caer en el postureo del malditismo, al que en ocasiones somos tan aficionados. No sé quién pensó que eso nos hace únicos en una civilización que, de un modo u otro, nos asimila a todos.
Yo fui a un prado en altura a ver anochecer antes de tiempo y a contemplar una noche rara que no duraba apenas nada. Y me lo pasé bien. Ni falta me hacía la astronomía.
Contemplé al señor Valbuena mientras él, a su vez, contemplaba aquel rato de magia que se le ofrecía gratis, mientras decía asombrado (nunca mejor dicho) a sus 91 años, "esto yo nunca lo vi".
Y no pude dejar de pensar en aquellos que en siglos pasados lograron asistir a algo como esto. ¿Se quedaron ciegos?
¿O ciegos estamos nosotros a pesar de tanta ciencia y tanto derroche de gafas?
Ayer estaba espeso el día. Y no porque estuviera siendo una jornada desagradable. Todo lo contrario. Los amigos nos estaban visitando en el pueblo y "amenazaban" con ser una estupenda cla en el evento de por la tarde.
Iniciaba su camino "Lo inacabado", el último libro de poemas que he escrito. Y también era la antevíspera del eclipse, que parece que tiene la cabeza de todo el mundo mirando al cielo en lugar de a las cosas de aquí abajo.
La presentación del libro fue bien. Asistencia tirando a corta (el dichoso eclipse es una excusa cojonuda y hubo quien con eso se eclipsó), familiar, interesada y entregada, atenta a un pequeño debate que se propició sobre el pasado y el futuro de la poesía. Gente participativa y, por tanto, un rato sumamente agradable.
Héctor, el editor, se quejaba al final con cierta amargura del hecho de que los poetas no asisten a los actos de los poetas, como si no supiera él que eso es un clásico internacional más evidente que cualquier trabajo de Shakespeare o de Cervantes. No asisten, añadiría yo, salvo que los actos sean de poetas de sus propias cofradías o por cuestiones de favores debidos. ¡Ay de los poetas que no pagamos cofradías!
El día, decía al principio, estaba espeso. O así lo sentía yo, embargado tal vez por la responsabilidad.
Menos mal que en algunos momentos se abrieron claros en los muros de piedra, volaron mariposas, nos saludaron los abejarucos desde un cielo que aún no amenazaba con eclipses y hubo revelaciones por delante de las aguas.
La verdad es que me gusta mucho esta fotografía porque capta un momento en que el intérprete (Pablo Zapico, en este caso) no está interpretando. Está sintiendo. Está haciendo suya, con toda su capacidad, la música que a su lado toca con su tiorba su hermano Daniel.
Magnífico y virtuoso concierto de tiorba y de archilaúd que nos han regalado la pasada tarde los hermanos Zapico.
En Nápoles las calles se abigarran en un desorden connatural. Vecinos que ocupan y cierran su pedazo de acera pública para propio esparcimiento, barahúnda de paseantes que van y vienen sin un aparente destino, puestos de mercado con inimaginables existencias, tendales que cruzan las calles con ropa puesta a secar, al albur del viento y de humos y carbonillas, en una solidaria y envidiable muestra de convivencia ciudadana. Y por encima de todo, los pequeños altares en las fachadas dedicados a San Genaro y a San Maradona, deidades, es de suponer, harto milagreras ellas.
El ánima es la vida, el soplo de la existencia, la razón por la que sentimos y nos expresamos. Por tanto, el ánima es la consciencia y la conciencia.
Solo en las mentes torturadas de los creadores de una religión como la cristiana, el ánima es un fantasma o lo que resta de alguien muerto.
Solo entre seguidores acríticos del cine más barato de Hollywood se puede asociar el ánima con la muerte que es, sin duda, todo lo contrario.
Me podria alegrar de que al final los vecinos de la Cuesta de las Ánimas de Santander hayan conseguido su propósito de cambiar el nombre de su calle, pero es que han errado el tiro ya por salir del ánima de la escopeta.
No tiene más nobleza la calle del Parlamento, que a veces es un "sindios". Solo me queda darles muchos ánimos y más perspectiva.
Al menos, esa alcaldesa, que en el futuro será de ingrato recuerdo, no ha utilizado de nuevo la burda excusa de que un cambio de nombre de calle es, sobre todo, una pejiguera burocrática y documental. Aquí no hablamos de generales fascistas, que esos sí que eran unos fantasmas.