Cualquiera diría que el título de esta entrada es un error y que me estoy refiriendo a El Gatopardo, la famosa novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que se desarrolla en la isla de Sicilia y que hace referencia al leopardo que aparece en el escudo de armas de la familia del protagonista.
Pero no, el sujeto de esta historia es un genuino gato sardo, de los alrededores de la ciudad de Alghero, que nos encontramos en una necrópolis neolítica cercana. Y allí era el rey, como se adivina si uno se para a observar con atención la mirada inquietante que nos regala.
Sin embargo, el animal iba por el campo con esa tranquilidad que da el fingir, muy bien por cierto, que jamás has roto un plato ni te has adentrado en una cacharrería provocando un seísmo colosal, pero lo cierto es que cuando lo conocimos el gatosardo se acercaba hacia nosotros en la confianza de que le íbamos a hacer unas cuantas carantoñas y alguna que otra fiesta, pero en el camino encontrose con el pobre lagarto que pasaba por allí, y fue un visto y no visto que lo ultimara como quien no quiere la cosa. O sea, al desgaire.
Y no se lo zampó, que si se lo hubiera comido todavía la cosa tendría un pase por aquello de la lucha por la vida, atendiendo a las enseñanzas darwinistas.
Lo olisqueo, dio unos cuantos meneos al cadáver con la pata como para comprobar que el reptil estaba tieso, y ya. Ahí que lo dejó.
Cuando nos íbamos, un rato después, allí seguía, a la entrada de una "domus de janas" (tumba a la que allí llaman casa de hadas) acechando a nuevas víctimas. Un primor.

















































