Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

Mostrando entradas con la etiqueta Indígenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indígenas. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2020

The grass dancer


Han pasado al menos cien años y el hueso de ciruela de mi boca se ha convertido en un bosquecillo de árboles. Puedo oler el aroma de la fruta cuando madura y mi aliento agita las hojas.
Estoy ligada a los vivos, movidos siempre por sus inquietudes. Mi espíritu jamás abandona al pueblo dakota, aunque a veces lo único que puede hacer es observar. Estaba allí cuando el ejército confiscó nuestros caballos para aislarnos en la inmovilidad. Estuve tras los Bailarines Fantasmales y cuando desfallecieron a causa de un arrobamiento desesperado e inútil, soplé una brisa refrescante sobre sus rostros. Ha habido muchos soldados y muchas tumbas. Muchos niños montados en trenes y enviados al otro extremo del país. Muchas veces corrí tras sus pasos y me dirigí a sus rostros tristes y cobrizos. "Eres dakota -les decía-. Tú eres un dakota." En una ocasión me quedé de pie ante una rústica máquina de vapor e intenté detener su avance, pero pasó sobre mí. Vi marchitarse la lengua y a pesar de que extendí los brazos para atrapar las palabras, muchas de ellas se escabulleron y quedaron enterradas en el olvido. Ahora soy una habladora y parloteo en los oídos de mi gente hasta que me hastío de mi propia voz. "Soy la memoria", les digo mientras duermen.   

Susan Power.
Vísteme de hierba (The grass dancer).
Círculo de Lectores (por cortesía de Muchnik Editores S.A.)

lunes, 27 de febrero de 2017

El hijo

"Las flechas no eran distintas. Podía emplearse media jornada en hacer una como es debido -recta, con la longitud y la rigidez adecuadas, todas las plumas alineadas-, aunque en un solo minuto de combate podían hacerte falta dos docenas. Los astiles se palpaban y prensaban, se levantaban a la luz y se enderezaban entre los dientes. Una flecha torcida no era distinta de un cañón de rifle curvado. Los comanches esperaban que sus flechas alcanzaran casi cincuenta metros cuando disparaban deprisa, cientos de metros si se lo tomaban con calma. Un día tranquilo vi a Toshaway matar un antílope a doscientos metros; la primera flecha pasó por encima del lomo del animal (aunque cayó tan silenciosamente que no se dio cuenta), la segunda se quedó corta, también en silencio, y la tercera por fin le acertó entre las costillas.
Las cuerdas eran por lo general de tendón, que en seco disparaban flechas más deprisa que cualesquiera otras pero cuando estaban mojadas no eran fiables. Había quien prefería la crin de caballo, que disparaba más lento pero era digna de confianza fueran cuales fuesen las condiciones, y también había quien prefería la tripa de oso.
Las mejores plumas para flechas eran las de pavo, pero las de búho o buitre ratonero también iban bien. Las plumas de halcón y de águila no se usaban nunca porque se estropeaban con la sangre. Los mejores astiles tenían acanaladuras a lo largo. Nosotros usábamos dos acanaladuras y los lipanes, cuatro. Eso impedía que la flecha restañara la herida que acababa de abrir, pero también evitaba que el astil se combase.
Las puntas de las flechas de caza se fijaban en vertical, puesto que las costillas de los animales quedaban en vertical con respecto al suelo. Las puntas de las flechas de combate se fijaban en paralelo a la tierra, igual que las costillas humanas. Las puntas de caza se hacían sin lengüetas y se ataban bien fuerte al astil para arrancarlas del animal y reutilizarlas. Las flechas de guerra tenían lengüetas y los filos estaban más flojos, de manera que si se sacaba la flecha, la punta quedara alojada en el cuerpo del enemigo. Si te alcanzaban con una flecha de guerra, había que sacarla por el otro lado. Para entonces todos los blancos lo sabían, aunque no estaban al tanto de que utilizábamos flechas distintas para cazar.
Todas las tribus de las praderas usaban flechas con tres plumas, aunque algunos grupos del este usaban solo dos, cosa que desdeñábamos, porque no eran certeras. Naturalmente, los indios del este no le daban tanta importancia, pues vivían gracias a la asignación semanal de carne del hombre blanco y de todos modos pasaban borrachos la mayor parte del tiempo, pensando que ojalá hubieran muerto con sus antepasados".


El hijo.
Philipp Meyer.
Literatura Ramdom House.

martes, 1 de diciembre de 2015

Oeste



Visito en el Museo Thyssen de Madrid una exposición sobre los indios norteamericanos. Me impresionan los óleos que muestran las grandes llanuras y las enormes montañas. Paso de largo, apenado, frente a la cabeza disecada de un bisonte. Me detengo, durante un rato, en los rostros duros y marcados que aparecen en los retratos. Hay ojos de carbón y de fuego.
Recuerdo todo el tiempo que un presidente norteamericano, ante la firma de un tratado con ellos, declaró con lengua de serpiente que sus tierras serían de los pueblos indios "mientras crezca la hierba y fluyan los ríos". También recuerdo el libro que leí sobre sus derrotas: "Enterrad mi corazón en Wonded Knee".