Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

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martes, 15 de noviembre de 2016

Romper el hielo


La verdad es que esto no me puede estar pasando. En todo caso debe ser un episodio salido de la mente burbujeante de Julio Verne. Solamente veo sobre mí a una gaviota tridáctila que cruza, ajena, un cielo esplendorosamente azul entre dos paredes de hielo amenazante, mientras recojo los diversos objetos que han saltado de mi mochila con la caída. En la superficie, cuatro o cinco metros más arriba, acierto a distinguir también un perro que ladra, dos rostros asustados a los que, curiosamente, tengo que tranquilizar y el cabo de una soga a la que, aún estupefacto y dolorido, me agarro con urgencia para no mudarme en un mustio retrato congelado.

jueves, 11 de abril de 2013

La tormenta de después

     Península de Varanger (Noruega).


El viento pinta en polvo de nieve la ruta
y oscurece, de tan pálido,
la partida y el destino.
El aquí y el ahora se encajonan
como si todo se hubiera detenido
y el horizonte fuera un imposible.
No me preguntes si se ha instalado
en mis oídos el silencio
o si esa soledad que escucho
es el rumor del mundo enfurecido. 


                                                           Mariano Calvo Haya

lunes, 8 de abril de 2013

Romper el hielo

      Morir es la putada más grande que se puede hacer a los amigos.

                                                                                     Yasmina Khadra.
                                                                                     Trilogía de Argel.


La primera noticia de que las cosas no iban a ir bien llegó con el ruido rotundo, seco y áspero de la plataforma de hielo al quebrarse; algo así como uno se imagina el crujido del espinazo de una ballena.
La segunda noticia se hizo patente cuando comprobó que no había nada sólido bajo sus pies. Entonces comenzó a bracear con la esperanza de transformar sus torpes manos en la punta de las alas de una gaviota, para salir de allí volando.
La siguiente y tercera noticia fue el descenso a los abismos y con ella la incredulidad de que aquello le estuviera pasando a él, cuando lo normal es que estas cosas solamente ocurrieran en los libros sobre expedicionarios al Himalaya, o en algunas historias de Julio Verne, que leía cuando era joven.
Luego, una vez que se le pasó el complejo de sardina metida en un bocadillo de miga de hielo, ya comenzó a hacerse cargo de su situación, preocupante aunque no desesperada. 
¿El entorno?. Amenazante
¿Desperfectos propios?. En principio, no
¿Arriba, los compañeros?. Nerviosos y agitados, pero en su sitio.
¿Cámara, prismáticos?. A sus pies, a punto de iniciar una zambullida en las gélidas aguas del mar de Barents.
¿La mochila?. Lo mismo.
Opta por tranquilizar a los de arriba y, después, recoger los efectos personales para que nada estorbe en el ascenso.
Comienza a trepar haciendo huecos en la nieve compactada con las botas, pero el asunto está complicado. 
Oye como le dicen que espere por si el hielo se fractura de nuevo.
Y oye a su amigo pedir auxilio en perfecto castellano a alguien que solamente entiende perfecto noruego.
Y por fin una soga asoma.

Lo que viene después, tras los agradecimientos y el cigarrillo del condenado, tras el temblor en las piernas y el dolor en el pecho y los mareos del miedo, es el pensamiento. Rememorar continuamente lo que no ha sucedido.