León estaba acuclillado bajo las ramas altas de unos piornos con el pantalón bajado y recogido entre las corvas apretadas. Se había alejado tras quedarse solo con Olvido e Hilaria después de que los otros hubieran ido a ver de dónde podían provenir los disparos que habían oído antes junto al río.
Les había dicho a las dos mozas que se veía obligado a dejarlas un momentín solas y, mientras se alejaba, ellas, entre grandes risas, principalmente de Hilaria, le habían gastado bromas sobre su afán de soledad. "Vos digo que necesito estar solo para... -trataba de espantarlas cuando ellas hacían ademán de no permitirle aislarse-, para aliviarme las tripas... ¡cojonian!"
Al fin había echado a correr todo cuanto podía -que era bastante, y por eso más de una vez había ganado la carrera de la rosca en las fiestas del Corpus de varios pueblos de Homania- y había logrado perderse de vista y librarse del cachondeo de Olvido e Hilaria.
Un poco apurado ya, encontró por fin el lugar que dejó de parecerle poco idóneo y pudo entregarse a su ceremonial fisiológico de las mañanas, desde hacía unos días bastante trastocado a causa de los vaivenes de la guerra. Cuando estaba en Bañes solía "hacer de vientre" en la cuadra y se divertía mucho moviendo las manos en aspavientos para espantar a las gallinas que, de modo parecido a como acababan de hacer las dos mozas, al verlo agacharse acudían a picotear.
Pero ahora ya estaba acostumbrándose a hacerlo cada día en un sitio y a distintas horas, dejando aquí y allá las huellas excrementicias de su paso por esos hasta entonces desconocidos parajes geográficos, en los que le estaba tocando protagonizar importantes -aunque quizá no tanto- acontecimientos de la Historia, de la que bien conocía él unas cuantas cosas, desde más atrás a Viriato, aprendidas, lo mismo que el contenido de los mapas de Geografía, en la enciclopedia escolar.
¿Qué estudiarán los chavales del futuro sobre lo que estaba pasando ahora en España? ¿Qué escribirían del trueque de la Monarquía por la República, que iba a ser, según decía antes don Balbino, la raíz y la causa de muchos males venideros, unos males que ya habían venido y lo habían arrastrado a él, a León Benito, hijo del que la gente llamaba "el minero rojo de Bañes"? ¿Qué dirían las enciclopedias del porvenir acerca de quienes, como su padre, habían querido hacer la revolución socialista de los de abajo, para subir ellos arriba, en vez de los mandamases de siempre? (...)
¿Qué había de verdad y de mentira en el fondo de todo esto que estaba pasando, y qué se sacaría de ello después a relucir en las páginas dedicadas a la Historia de las enciclopedias? ¿Contarían que él, León Benito,, un mozo homaniés de diecisiete años, se había visto envuelto en la guerra de Babia, casi como aquel que dice sin comerlo ni beberlo y no más que por habérsele pasado una idea tonta por la cabeza un día de julio de 1936?
Por si acaso los libros se olvidaban de él -y era casi seguro-, por eso iba dejando cada día en un sitio cagadas para la historia, la del enemigo, vamos, la de los alzados golpistas, porque la suya ni remotamente entreveía cuál iba a poder ser. La verdad es que el cuerpo solo daba para dejar una mierda cada mañana, pero el lenguaje, a la hora de echar asquerosidades por la boca, suele ser muy abundante, y las multiplicaba a lo largo de cada día con mucha frecuencia. "Cagamentos. En Bañes, y en todo Valle Verde, y en Homania y quizá incluso en toda la provincia de Legio, a los lenguajes del mal hablar les llamamos cagamentos y juramentos. Porque son las dos cosas, cuando uno mezcla las palabras de la mierda y del culo con las alusiones al de arriba".
María Luz Melcón.
Guerra en Babia.
Seix Barral. 1993.

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