No me voy a molestar en reproducir aquí la imagen de un cartel, que en estos días está llamando a una concentración en una conocida plaza de la ciudad en la que nací, contra los inmigrantes. Sobre todo porque no voy a ser yo el que les haga la campaña.
Viene a decir algo así como "fuera menas de nuestros barrios". Créanme, es bastante deplorable la falta de imaginación de los fachas para pensar sus propias consignas, y por eso, supongo que tienen que usar las de los demás adaptadas a sus miserables carroñas: "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende", "España unida jamás será vencida" o la del propio cartel mencionado. Cualquier día les oímos entonar "Negras pateras agitan los mares..."
Debe ser que lo de Chapote y lo de la fruta se les ha quedado un poco feo y obsoleto a tenor de lo que promete el Borja mayor del Pepé, ese hombre de porte tan liberal y caduco como sus consignas, para cuando ellos gobiernen.
Así que les voy a regalar un dicho que hay por Santander, que es simplemente una adaptación a nuestra singularidad, pero que se suele soltar en toda la Carpetovetonia de nuestros pecados.
"Todos los días pasa un tonto por Cuatro Caminos".
Nos conocemos desde hace unos cuantos años. Ellos repiten refugio cada vez y yo paso a visitarlos en cuanto sé de su presencia. Normalmente merodean en un espacio no demasiado amplio, pero suficiente para conseguir su alimento.
En los alrededores hay alguna que otra familia que en ocasiones, no muchas, he vislumbrado, pero que sobre todo escucho de cuando en cuando. Creo que cada una de ellas respeta escrupulosamente el territorio de la otra.
Cuando me acerco a los alrededores de la familia más cercana suelo tomarles alguna fotografía; sin embargo, nunca hasta ahora había podido captar a la pareja junta puesto que la que me parece que es la hembra es bastante más asustadiza; o quizá, como garante de las posibles crías cuida más de su entorno.
Aquí están, con sus ojos curiosos e inquisitivos a la vez. Fijándose mucho, como si tuvieran miradas del miope que no son.
Que se haya muerto Patricio Guzmán, el documentalista chileno autor de "La batalla de Chile", sobre los años de gobierno de Salvador Allende, y la trilogía posterior que denuncia la represión del gobierno del dictador Augusto Pinochet: "Nostalgia de la luz", "El botón de nácar" y "La cordillera de los sueños", es una malísima noticia para los amantes de Chile, del cine y de la verdad.
Si no han visto ninguno de sus trabajos, quédense con su nombre y su valía. Luego, añoren su voz pausada y su consistencia moral.
El próximo viernes, 18 de septiembre, a las 19'00 horas en la librería DLibros presentamos en Torrelavega "Lo inacabado", el último libro de poemas que he conseguido publicar. Me acompañará mi amigo Dani. Y seguro que nos acordaremos de aquellas noches de antaño llenas de humo y rosas rojas.
Hay personas que no sabes cómo te ganan pero te ganan. Y aunque se produzca un maremoto en el océano o una trepidación extraordinaria en las capas internas de la corteza terrestre van a seguir siendo un faro incólume que ratifica la concepción eterna de la bondad del ser humano, aunque el día a día te dé muestras todo el rato de lo contrario.
A ella la conocí en esas heroicas noches de poetas en el Rubicón de principios de siglo y, miren por donde, la distinguí entre el fárrago de gente que recitaba versos con vocación demoledora.
Que se sigue excediendo en la modestia. Sí.
Pero no se engañen. Hasta donde yo conozco, todo lo hace bien. Escribir poesía, recitar, hacer música con su acordeón, cantar... Que no le pase nada a la zanfona, que la va a doblegar en un abrir y cerrar de ojos.
Para la primera presentación en Cantabria del último libro que he escrito, no dudé en pedírselo a ella, por múltiples razones, entre ellas, alguna de táctica y estrategia. O sí dudé, porque no quería importunarla. Me dijo que sí, pero también me dijo que era la primera vez que presentaba el libro de alguien y que tenía sus dudas sobre su conveniencia y su capacidad. Falso. No pudo hacerlo mejor. Hasta el extremo de que no paro de recibir comentarios sobre el buen hacer de mi "partenaire".
Imagino que en otro caso, alguien podría sentirse, incluso, víctima de un eclipse, pero en el mío no. Todo lo contrario. Encantado estoy de haber sabido elegir. No era difícil, la verdad. Entre tantos egos brotados como hay, se agradece que te acompañe en la singladura alguien como ella.
Ojalá que de ahora en adelante todo, todo, le salga bien. Y que sea moderadamente feliz.
Aquí, en la misma página, la primera entrevista y la última que, por asuntos de poesía, me ha hecho el diario de la región que se publica en papel . Entre una hoja volandera y otra han pasado nada menos que 28 años; y aparte del muy evidente paso del tiempo en mi encarnadura, tengo que decir que, tras repasar nuevamente, después de muchísimo tiempo, la primera de ellas, encuentro que en la actualidad sigo siendo muy fiel a lo que pensaba en aquellos años.
Sin embargo, no me queda más remedio que ser consciente también del grado de ingenuidad que alimentaba entonces mis palabras. Hoy en día es posible que la ingenuidad persista en algún recoveco (no en vano de vez en cuando me pego alguna que otra leche) pero, aparte de hacerme más viejo, me da la impresión de que los años, y supongo que algún que otro sinsabor, me han retorcido un poco el colmillo.
Está visto que no hay candor que no cure la edad. ¡Vayapordios (en román paladino)!
En el libro de Fulgencio Argüelles que estoy leyendo (página 196), "El desván de las musas dormidas", el narrador acompaña a su padre, el cual va a dar clases de castellano y de latín a la hija del responsable belga de una fundición, al palacio azul de los ingenieros belgas.
Para los pocos años del chaval que cuenta la historia, todo lo que allí se ve es novedad. No en vano procede de una familia humilde y rural con escaso acceso a los libros. Cuando entra a la frondosa biblioteca exclama:
Desde esta altura que me da mi capacidad de volar, mi experiencia y mi intuición los veo.
A ellos, que quieren meternos miedo con los otros (nosotros).
A ellos, con su infinita capacidad de reducir el espacio de los otros (nosotros) a la mínima expresión.
A ellos, que pretenden dar miedo al miedo (pero jamás lo van a conseguir con los otros-nosotros).
A ellos, con sus cabezas afeitadas, sus camisetas negras adornadas de calaveras, sus posturas de matones de feria de extrarradio, valentones de manada, bizarros de opereta.
A ellos, que hablan un solo idioma, lo hablan mal y lo escriben aún peor.
A ellos, reduccionistas de campos de concentración.
A ellos, que su única aspiración es que los otros-nosotros seamos intelectualmente sencillos como ellos. Es decir, marcando la raya por abajo.
A ellos, que les molestan las pandereteras gallegas, los danzantes teatrales, los actores que no se pliegan y los otros-nosotros.
A ellos, que no se miran al espejo jamás por no asustarse con lo que ven.
A ellos, que no leen dos líneas seguidas por temor a que les reviente la cabeza.
A ellos, y a los que manejan sus hilos de marionetas.
Desde esta altura a la que nunca van a llegar los veo.
Lo primero que se aprendía en la escuela, tanto en la estatal como en la clandestina, era que en el mundo había buenos y malos. Los buenos eran los héroes, los santos, los primeros cristianos y los que dedicaban su vida a Dios, y también los reyes católicos de todos los países, los descubridores de nuevas tierras, los salvadores de la patria, y los que daban limosna a los pobres y a los tullidos. Los malos eran los árabes, que habían ocupado nuestras tierras durante siglos, y los judíos, que habían asesinado a Cristo, y los comunistas, que se comían crudos a los niños que acababan de nacer.
Mi padre estaba de acuerdo en lo de los buenos, pero no tanto en lo de los malos, porque decía que tanto Cristo como sus apóstoles habían sido judíos, así que había judíos buenos, y también decía que los árabes habían traído a nuestra nación muchos inventos beneficiosos, como el café, el ajedrez, los hospitales, la cirugía, los molinos de viento, las plumas de escribir o el álgebra, que era una matemática compleja que solo estudiaban quienes querían ingresar en la universidad. Al parecer, también los árabes habían inventado la universidad. De los comunistas mi padre prefería no hablar. Eso decía, prefiero no hablar, y, algo enfadado, añadía, pero lo que de ninguna manera debéis creer es esa tontería de que los comunistas son unos caníbales. Los romanos no eran ni buenos ni malos. Los portugueses tampoco eran buenos ni malos, pero eran muy pobres, porque andaban por el mundo con sus carromatos viviendo a la intemperie, y su pobreza extrema era una especie de involuntaria maldad.
No tardaría yo mucho en aprender que cualquier ser humano podía albergar en su interior, si no a la vez, sí en un breve espacio de tiempo, tanto sentimientos nobles como instintos que podía acercarse a la perversidad. Lo aprendí incluso antes de ingresar en el internado, así que todos podíamos ser buenos o malos, y preguntaba qué tenía yo que hacer para alcanzar la bondad, y mi abuela me decía que tenía que ser obediente y trabajador, y el cura me decía que tenía que rezar, y mi padre aseguraba que para ser cada día mejor tenía que estudiar mucho y leer montones de libros, y mi madre repetía que me dejara de tonterías y que la ayudara a cascar las nueces.
Fulgencio Argüelles.
El desván de las musas dormidas.
Acantilado.
(Fulgencio Argüelles, es para mi uno de los mejores escritores actuales, a pesar de que quizá no sea demasiado conocido, salvo en ciertos círculos. Leí hace años su novela "El palacio azul de los ingenieros belgas", en esta misma editorial, y bastante antes "Letanías de lluvia" (Alfaguara), creo que su primera obra, y acabó convirtiéndose en alguien legendario y objeto de algunas conversaciones con un librero de León ya jubilado, que mantenía "El palacio azul..." constantemente en los anaqueles de su establecimiento, para quien lo quisiera descubrir. Honor para los libreros buenos.
Este, su último trabajo, "El desván de las musas dormidas", no le va a la zaga a ninguno de los anteriores).
Si a veces son caras de ver, ya ni imaginar puedo lo complicado que es contemplar en reposo a una Esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum), puesto que están buscando alimento en las flores continuamente. En este caso yo creo que ha ayudado la perplejidad de este individuo ante un muro de seto plástico. ¡Estos humanos están locos!
Con esta van 2500 entradas en este blog inaugurado en el año 2010. Y esto, por supuesto, es una más de las cajas de resistencia que vamos sembrando.
Que la vida es un tango ya lo dijeron Gardel y Discépolo. También dijeron que el mundo es y será una porquería, pero a veces, muchas, un tango tiene otras cosas que nos llenan de emoción. Y a veces, donde menos se espera, con un poema hecho canción, Pedro Garfias mediante, levantamos el puño al aire.
Cuando dicen que convoca la Federación Española de Municipios y Provincias, en realidad están ocultando que quien convoca es la extrema derecha de este país (es difícil distinguirles ya).
Cuando dicen que las concentraciones son en apoyo a Ceuta, ese "apoyo a" es algo tan ambiguo que hay pocos problemas para saber que verdaderamente es "en contra de".
Podríamos pensar que ese "en contra de" se personifica en gente pobre y de piel oscura que suele rezar mirando a La Meca (los que miran a La Meca con la billetera repleta les molestan menos).
Pero la cosa es más enrevesada porque en realidad la maquinaria se pone en marcha cada vez, migrantes mediante, con la intención de hundir al gobierno de este país de la manera que sea (por lo criminal meramente).
Es cuestión de táctica, estrategia y aprovechamiento de resquicios. Lo llevamos viendo mucho tiempo. Es la mecánica del palito entre las ruedas.
Lo jodido es ver cómo manipulación tan grosera cala en gente que piensa que al país se le defiende quemando míseras pertenencias y deteniendo los víveres de la solidaridad.
A ellos, los patriotas de tres al cuarto, y a los estrategas de la mentira les está quedando un Ku-Klux-Klan de lo más aparente.
Los demás nos quedamos con la vergüenza de compartir pasaporte con semejantes estantiguas.
Silvia Pérez Cruz lleva su canto a una Habana en penumbras
La voz de la cantante española provocó un estado de gracia en una audiencia que logró aliviar por unas horas el dolor de una profunda crisis económica
Sergio Murguía.
El País. 25 de Agosto de 2026.
Cuba parece estancada en su propia zona abisal, sin visos de emerger a la superficie, desde que Trump impuso la asfixia petrolera y las subsecuentes sanciones al país caribeño; la gente, en su mayoría, ha perdido la noción de los días, debatidos entre resolver necesidades básicas como agua, luz y gas, o llevar adelante el trabajo que permita comprar alimentos. Por eso, cada vez menos gente se permite acudir a la poca oferta de ocio, encarecida, que aún hace vibrar ciertos espacios en las ciudades. Por eso, cuando Silvia Pérez Cruz anunció un concierto gratuito en La Habana, como parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco Oral Abisal, se desató la euforia entre una parte del público habanero, que vio la oportunidad como un soplo de aire fresco para su sofocante realidad.
Y esos vientos soplaron este 23 de agosto, como un hálito redentor, en esa zona de La Habana Vieja donde se cruzan las calles Cuba y Amargura. Allí se levanta la iglesia de estilo renacentista de San Francisco El Nuevo, entre solares donde habitan decenas de familias hacinadas y joyas arquitectónicas del centro histórico. A las afueras del templo, mientras la tarde empezaba a caer, decenas de personas formaban una nutrida y dispersa cola, una alteración del ritmo cotidiano del barrio, entre familias que salen con sillones a tomar el fresco, en las estrechas aceras o directamente en la calle, otros que juegan dominó, mendigos que deambulan constantemente, basura desperdigada por las esquinas, hombres tirando de carretones repletos de bidones con agua, o la abuela que mandó a sus nietos a un recado y van por la calle, dinero en mano, correteando, apenas vestidos con unshortpara burlar el calor de agosto.
En medio de todo ese trasiego, quienes esperaban para entrar a la iglesia —al concierto—, parecían una anomalía, un cúmulo de gentiles a punto de disfrutar de un placer culpable. Pero adentro esperaba la gloria prometida de escuchar una voz que pareciera evocar la paz sobrevenida tras cualquier exaltación del espíritu. Y los cubanos conocen bien esa sensación, y la extrañaban, tras la última presentación de Silvia Pérez Cruz en la capital cubana en 2022. Con ese recuerdo vivo, que auguraba la mejor de las veladas, cientos de personas colmaron el interior del recinto, sentados en los bancos, en el suelo, rodeando un escenario improvisado, sitiado por linternas con forma de cirios —que la artista trajo consigo—, a los pies del altar mayor. En el centro, cuatro sillas, una guitarra lista, un micrófono para la voz, un pequeño amplificador y unas flores. Nada más.
Un calor intenso y pegajoso lo inundaba todo, la gente se abanicaba sin cesar, se secaba las gotas de sudor, tomaba agua. Cuando el público se dio cuenta, Bori Alberto (contrabajo), Marta Roma (violonchelo) y Carlos Monfort (violín) estaban dando rienda suelta a la maravilla y una voz, como venida de una realidad insondable, se escuchaba desde lo alto del templo. Silvia Pérez Cruz, vestida de blanco, abrió así una pausa en el agitado tiempo de los cubanos. Nada más importaba a esa hora, ni la crisis endemoniada sin fin, ni los apagones, ni el alto costo de la vida. La voz de Silvia provocó ese estado de gracia en el espíritu de una audiencia que se sintió conmovida con la alegría y la sensibilidad de unos músicos que lograron traducir su declaración de amor en una auténtica celebración musical, donde el público también acompañó muchos de los coros que Silvia, imaginativa e incombustible, les iba lanzando.
“Tenía muy claro que en esta gira por Latinoamérica quería volver a Cuba”, dijo la artista a la primera oportunidad, quien ya realizó varios viajes a la isla en el pasado, donde cosechó fuertes vínculos personales y artísticos. “Quería venir a dar lo que yo sé hacer y decirles que los pensamos, los queremos mucho”, comentó la intérprete, cuyo concierto en La Habana fue diseñado con austeridad y con el apoyo de una red colaborativa de amigos que prestaron equipos e instrumentos musicales a la artista. “Queríamos hacer un concierto sin depender de la electricidad, también para sentir de nuevo que la música es libre y por lo menos no depende de un enchufe”, dijo.
Esa libertad se sintió en cada tramo del concierto, en cada una de las canciones que Silvia seleccionó de Oral Abisal para la ocasión, una novedad para el auditorio que las disfrutó como si las conociera de toda la vida, a la altura de las versiones de 20 años y La tarde, que la artista se dio el lujo de interpretar junto al tótem de la guitarra Alfred Artigas; en la gracia del cantautor cubano Roly Berrío, que se sumó a la fiesta y la comodidad de un público que se animó a pedir canciones al azar, a una artista que les correspondió —Verde, Mañana. Silvia cantó, consoló, acunó los ánimos. Silvia no quería irse, nadie quería, cuando la tarde cayó, la oscuridad se impuso y la única luz que podía verse iluminaba a los músicos, rodeados de linternas de colores con forma de cirios.
Silvia jugó con el público, con las melodías, con los colores de los cirios que cambiaba a su antojo y ya, después del bis y otro bis, cuando ya todos estaban de pie, parados alrededor de ese centro de luz, en medio de la oscuridad, como si de una fiesta pagana se tratase, Silvia pidió cantar con todos “una más”. Y mientras cantaban, a capella,De que callada manera, de Pablo Milanés, Silvia repartió los cirios entre el público y la gente salió cantando de la iglesia, de la oscuridad interior, a la oscuridad del resto de la ciudad, como cada noche desde hace meses. Pero durante un par de horas, este domingo se sintió diferente.