Antes de que llegaran las vías del tren a Pyongdae, la forma de vida de sus habitantes era más vertical que horizontal. No había campos ni arrozales en condiciones, y sus habitantes dependían por completo de las montañas que los rodeaban. Subían y bajaban por valles y laderas para recolectar champiñones, helechos, brotes comestibles y hierbas medicinales como la angélica o el poria. También cazaban liebres y ciervos colocando trampas en los valles. No leas quedaba otra que llevar una vida primitiva, basada en la caza y la recolección. En esas condiciones, lo más ventajoso era tener los ojos pequeños en lugar de grandes, y los pies puntiagudos en vez de planos. Con el tiempo, sus ojos se fueron achicando y sus pies adoptaron forma de pezuña. Al masticar con frecuencia pieles duras para el curtido, sus dientes crecieron. Como el frío llegaba allí antes que a otros lugares, sus narices se alargaron y sus rostros se hicieron más planos. Era la ley de la evolución.
Aquella vida vertical dio un giro completo con la llegada de las vías férreas, lo que implicaba un mundo horizontal, de líneas rectas que se extendían a izquierda y derecha. Los soldados (o eso creían los del pueblo, pues en realidad eran topógrafos), equipados con cascos militares (o eso creían los del pueblo, pues en realidad eran equipos de seguridad) y metralletas (o eso creían los del pueblo, pues en realidad eran herramientas de topografía), iban de colina en colina y perseguían liebres todo el día (o eso creían los del pueblo), aunque se marchaban sin haber atrapado ni una. Poco después, un tanque (o eso creían los del pueblo, pues en realidad era una topadora) apareció en las colinas detrás de la aldea, y comenzó a destruir la montaña sin piedad.
Los habitantes de Pyongdae, aislados por completo del resto del mundo, no solo habían logrado esquivar la terrible guerra reciente, sino que ni siquiera eran conscientes de lo que había pasado. Por eso, temblaban de rabia ante las bruscas acciones de aquellos tipos. Si no hacían nada por impedirlo, terminarían destruyendo por completo la montaña, su fuente de vida. No podían quedarse de brazos cruzados. Se reunieron en la casa de un anciano del pueblo y discutieron la situación hasta altas horas de la noche. A la mañana siguiente, solo pudieron llegar a una conclusión que no agradaba a nadie: antes de que los soldados, enfurecidos por no lograr capturar ninguna liebre, se subieran al tanque, arrasaran el lugar y acabaran con todos los animales, lo mejor sería entregarles parte de lo que ellos mismo cazaban, con la esperanza de apaciguarlos. A primera hora de la mañana, subieron a la montaña para comprobar las trampas y sacaron las capturas que tenían guardadas en los almacenes. En total, reunieron dos jabalíes y dos corzos, cuatro ciervos de agua, siete tejones y más de treinta liebres. Cargaron las presas en portacargas, las dejaron cerca del sitio a medio destrozar por el tanque y se apresuraron a bajar de nuevo al pueblo. Gracias a esto, los obreros de la construcción de las vías disfrutaron de un lujoso banquete que ni siquiera habrían podido imaginar, sin llegar a entender por qué.
Cheon Myeong-kwan.
Ballena.
Edición: Shiro libros.
Traducción: Paola Díez Cidoncha y Han Seoa.



































