Aquí estoy,
a decenas de kilómetros, a miles,
y sin embargo tan cerca
del viento furioso
que traen los augures.
Ellos, malditos, nos dan la oportunidad
de presenciar lo que años atrás apenas intuimos.
Cómo íbamos a morirnos
sin ser testigos de su insultante poder,
de su amor por la muerte de los demás.
Aquí estoy, como tantos, escuchando tras los cristales
los reveses de la lógica
y las gotas de lluvia golpeando
con estruendo
encima de nuestra humillación.

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