Cuando aquellas sentencias caían de aquellos labios severos y una tras otra se dispersaban por la Historia, en las tribunas, mujeres escotadas y lujosamente ataviadas contaban los votos con una lista en la mano y picaban con alfileres debajo de cada nombre. Donde se verificó la tragedia quedan siempre el horror y la indulgencia.
Observar la Convención en cualquiera de sus periodos es revisar el juicio del último Capeto; la leyenda del 21 de enero parecía que se mezclaba en todos sus actos; la temible Asamblea estaba llena de los hábitos fatales que soplaron a la antigua antorcha monárquica, deslumbrante por espacio de dieciocho siglos y que la habían apagado; el proceso decisivo de todos los reyes en un rey era como la base de la guerra declarada a lo pasado; a cualquier sesión de la Convención que se asistiese se veía proyectar en ella la sombra del patíbulo de Luis XVI; los espectadores referían unos a otros la dimisión de Kersaint, la dimisión de Roland, el acto de Duchatel, que enfermo se hizo conducir en su lecho a la Asamblea y moribundo votó por la vida del rey, lo que hizo sonreír a Marat, y buscaban con la vista al representante, cuyo nombre no recuerda la Historia, que después de la sesión célebre de treinta y siete horas, tendido en su banco de cansancio y de sueño, fue despertado por el portero cuando le llegó el turno de votar, y entreabriendo los ojos, exclamó: "Voto por la muerte", y se volvió a dormir. Cuando la Convención condenó a muerte a Luis XVI, restaban a Robespierre dieciocho meses de vida; a Dantón, quince; a Vergniaud, nueve; a Marat, cinco y tres semanas, y a Lepelletier-Saint- Fargeau, un día.
Víctor Hugo
El Noventa y Tres.
Ediciones Alonso (1967).

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