Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

jueves, 14 de mayo de 2026

El alfabeto alado



"POST TENEBRAS, LUX"

Se conserva una fotografía en tono sepia de Walt Whitman en la cual el viejo poeta, semiparalizado, entre atónito y sereno, observa una mariposa nocturna que por algún inescrutable rasgo del destino se ha posado en uno de sus brazos como si se tratase del tronco de un árbol muerto. Aquel que cantara a los grandes ríos, el bardo de las muchedumbres democráticas y la vida física, estaba, en el momento en que se tomó la placa, en pleno declive, débil, somnoliento y sin embargo en posesión completa de la mirada azul en la que el océano había dejado el sello de su grandeza. Su pequeño yo estaba sin cuerda, pero el grande continuaba anudado al paisaje americano que incluía, por supuesto, a la oscura mariposa (para algunos se trata de una Composia credula) detenida y abierta en su brazo.
-¿Qué ve en esta inesperada visita, Walt? -le preguntó uno de los visitantes, que asistía a la sesión fotográfica, al percatarse de su expresión.
Whitman no parecía prestar atención a los seres humanos que lo rodeaban. Ya no volvería a pisar las hojas de hierba de sus regiones predilectas, ni miraría ni cantaría a la luna con una ramita de sauce en la mano; ya no escribiría más ni, probablemente, tampoco dictaría a otros lo que le pasaba por la cabeza.
-Veo a la noche - dijo, con un débil suspiro-, que viniendo de lejos ha querido detenerse en mi piel unos momentos. ¡Callada criatura, antiguos destellos en el brazo de un viejo cansado!
El fotógrafo sonrió, Quien le había formulado la pregunta, en cambio, no.
-Cuando trabajaba de enfermero, durante nuestra desgraciada guerra- prosiguió Walt Whitman-, atendí a un muchacho que deliraba a ratos y a ratos me contaba su pasión por las mariposas. Dijo que las había diurnas, vespertinas y nocturnas, y que todas procedían de los velludos ejemplares que vuelan bajo la luna y las estrellas. Dijo también que  Eros, el amor, es hijo de la noche y no del día, y también hermano de Hipnos, el sueño. Todo procede de lo oscuro y vuelve a él. Sangraba mitología, su dolor era una mezcla de saber y no saber que se iba a morir. Le acaricié la frente y le dije, por decir algo, que la primavera estaba cerca. Que los arces soltaban ya su dulce savia y que el aire, más allá de la quemante pólvora, era un concierto de trinos felices.
Un asombro grato dilató las pupilas de quienes oían al viejo poeta. La mariposa seguía allí, en el brazo de Whitman, con su pequeñas alas negras punteadas de blanco. Efectivamente semejante a un trozo de noche, a una partícula cósmica en reposo.
-Es extraño que nos estremezca el infinito espiralado de las galaxias- dijo el bardo con un voz bien modulada-, y que nos consuele de ese estremecimiento algo tan frágil como esta mariposa, que sin duda ha venido para anunciarme un retorno.
-¿Un retorno? -indagó el fotógrafo repasando su trípode.
-Un retorno -repitió el poeta-. El mío, pues pronto volveré a ser viento, y lluvia, y rocío sobre los cerezos salvajes. La apariencia de mi rostro se disolverá en la ruta de las nubes, mi último latido bajará a la más honda vena de agua de la tierra.
-¿Cómo sabe todo eso, Walt? -le preguntó una señora que no cesaba de tomar notas.
-Lo está leyendo ella -respondió el poeta señalando a la mariposa-, en el más diminuto de mis poros. Tan vacío como la bóveda celeste que sostiene nuestra tierra, tan íntimo como la noche inminente.

Mario Satz.
El alfabeto alado.
Ed. Acantilado.         

  


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