Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

sábado, 1 de mayo de 2021

Reencuentros


Si algo nos reconcilia con la vida en tiempos de infortunio, eso son los reencuentros. Volver a vernos. Llorarnos las penas, lamernos las heridas, amortiguar las ausencias con palabras y recuerdos. Y sobre todo, sobre todo, contarnos las presencias. Nos miramos con mirada de terciopelo, dulcemente, y si peta, aun magullados y con quebrantos, nos decimos "aquí estamos, esto somos y resistimos".   

jueves, 29 de abril de 2021

Árbol


Ahí está, 
reposando entre las piedras y la arena, 
vigilando lo que llega del mar. 

A merced de olas y tormentas. 

Navegó, pero no fue nave,
 ni cruzó horizontes
ni surcó corrientes. 
Ni pecio siquiera fue. 

Apenas el despojo inmóvil 
de otra clase de naufragio.

Ahí está.
Un cadáver
que no recuerda 
que alguna vez 
tuvo vida
y lo llamaron
 árbol.



lunes, 26 de abril de 2021

Cita de color


 En el mundo no hay mala suerte sino blancos.

Toni Morrison.
Beloved.

viernes, 23 de abril de 2021

Un cuento de libro


Un poco más allá de los veinte años de edad me compré un libro que, por lo que entonces me informé, era muy elogiado por aquellos que sabían de literatura (críticos, escritores, profesores y eruditos varios), aunque también es cierto que se afirmaba de él que era un tanto ininteligible y tedioso, y que el autor había realizado un ejercicio de experimentación -que luego prolongaría en otras obras- que rompía moldes respecto a novelas de épocas precedentes, mucho más de sota, caballo y rey, salvo excepciones. Para los que lo elogiaban aquello era arte rompedor y yo, aunque un tanto amoscado, poco tenía que enmendar al respecto.

He de decir que, entonces, siendo un aprendiz de lector, había puntos a favor del libro que me atraían mucho: la fama del autor, el atlántico país del que procedía, el lugar en el que se desarrollaba la novela, las referencias a épocas pasadas y a héroes recién descubiertos…

Pero claro, la dificultad que ya presumía en su lectura me inquietaba sobremanera.

El volumen estaba incluido en una colección humilde de las que se vendían en kiosco en aquella época, con unas cubiertas de quiero y no puedo, un papel malo a rabiar y una letra microscópica que permitía meter toda la novela en menos páginas y, de ese modo, supongo, abaratar costes hasta extremos feroces.

Jamás leí ese ejemplar.

Bastantes años más tarde, en un arrebato que parecía un reto más que un duelo, volví a comprar la novela. Entonces mis posibilidades económicas me permitieron adquirir una edición más cuidada y con una letra algo más grande que se ajustaba de forma adecuada a mi visión de ese momento. Sin embargo, deposité el nuevo libro en la estantería junto a su hermano mayor, que con el tiempo había perdido apresto y brillantez y había ganado en su interior un cierto tono de pergamino y ese aroma indefinible que ofrece la decrepitud del mal papel.

Hasta hace poco no me volví a acordar de ninguno de los dos libros. La novela sigue siendo una incógnita para mí, aunque conozco a grandes rasgos el argumento. Pero eso no basta. Porque mientras tanto Penélope sigue tejiendo.

Hace unos días me propuse, por fin, casi medio siglo después, iniciar el recorrido por un itinerario frenético a través del corazón de una ciudad querida y hermosa; la de la dulce Molly. Abrí el libro de mis veinte años y las páginas se me antojaron, dada la decadencia de mi vista, un trayecto de hormigas. Abrí el libro de mis cuarenta años y pude constatar que mi capacidad de visión era solo un poco más satisfactoria. Es decir, que si nos permitiéramos hacer un símil con la ropa podríamos afirmar, simple y llanamente, que la letra con el paso del tiempo se me ha quedado pequeña.

Así que parto raudo y veloz, en día tan señalado como el de hoy, a adquirir un nuevo ejemplar de esa novela que tanto se me resiste, cosa que yo no voy, desde luego, a permitir. Aunque pediré a mi querida librera de guardia que tenga, al menos, talla XXL y que me siente, eso sí, como un guante.   

jueves, 15 de abril de 2021

La poesía y otras cosas


Me gustaba verle pasear por la calle Alta, realmente ensimismado, con las manos en la espalda cuando no cargaba con libros. En ocasiones me paraba frente a él y le saludaba, aunque no siempre confiaba  en que me reconociera, y unas veces lo achacaba a su posible despiste y otras a mi poca importancia. Pero el caso es que me gustaba verle pasearse por la calle Alta. Así, sin más.
Habíamos coincidido en algunas lecturas poéticas y, desde luego, en alguna que otra querencia ideológica. También, parece ser, porque yo no me acordaba, en las páginas de un periódico en el que ambos escribíamos sendas columnas de opinión. Tal vez sea –lo de la amnesia- porque yo salí a tiros y dolorido de aquella publicación y uno suele tender a olvidar lo que le duele para que la herida no supure más de la cuenta.
También tengo algún recuerdo de un escrito, una carta o una columna de hace años, que debió salirle de las tripas y del hartazgo, denunciando las connivencias, las camarillas, las cofradías, las puñaladas, los intereses creados y los olvidos intencionados de un pequeño mundo, el de los poetas, que, sin tener nada de especial más allá de la vanidad, levita demasiadas veces entre los caminos trillados y las aguas pantanosas.
Lo cierto, es que el viejo poeta ya no va a pasear más por calle alguna, ni recorrerá las librerías todas en busca de un vellocino de oro posible o imposible. Y a mí, que nunca tuve demasiada confianza con él, es algo que me aflige. Y es que me parece que es bien triste, en estos días en que veo unas cuantas fotografías y noticias sobre su figura en la prensa y en las redes, que a un poeta –muchas veces injustamente olvidado-  se le preste más atención porque se muere que porque escribe.

miércoles, 14 de abril de 2021

Genevieve Taggard

A los veteranos de la Brigada Lincoln


Decid que no sabían español
al principio,
y  nada de las artes de la guerra,
–  Cómo apuntar, cómo atacar y retirarse,
como matar, cómo enfrentarse a la muerte  -no lo sabían, al principio.

Decid que el aire azul
se llenó de protestas y camorra,
palabras secas y miradas ásperas.
Decid que eran muy jóvenes. El rostro
macilento en la trinchera y el muerto en los olivos,
el flaco y el enfermo, el destrozado,
ciegos, en el hospital, todos muy jóvenes.
Decid que eran muy jóvenes, 
que no sabían muchas cosas
que eran humanos. Decidlo todo, es cierto.

Y ahora decid
que mientras los famosos, los grandes, los viejos, los ricos
y los ambiciosos se afanaban
vendiendo, discutiendo,
traicionando, encubriendo, transigiendo,
cortando un pelo en cuatro, publicando
malos periódicos, firmando malas crónicas,
dictando malas leyes, sobornando,
chantajeando, lloriqueando,
oprimiendo, estrangulando – ellos
comprendieron y obraron, supieron y murieron.

O  si no, regresaron a sus casas, a una paz
que no es tal paz. Decid
que ya no son tan jóvenes y que nunca aprendieron
las artes, las cautelas de la paz – esta paz-
y los trucos del miedo.
y que lo que supieron, aún lo saben,
y a lo que se atrevieron, aún se atreven

                                             Genevieve Taggard                   

                               

martes, 13 de abril de 2021

El árbol

Ando algo entristecido desde hace unas cuantas fechas.
Como dice un amigo, todo lo que nos es arrebatado es como un pellizco a nuestro pasado, a nuestra memoria, a ese jergón que nos permite descanso  de vez en cuando en este pasar del día a día. Si las penas fueran una tintura que introducimos en la felicidad del agua y que todo lo invade, éste sería un buen ejemplo de cómo me voy sintiendo de un tiempo para acá. Como una amargura que no aniquila, pero agarrota. Como esas gotas de lluvia parsimoniosas y espesas que poco a poco manchan el empedrado.
Ya comprendo que luego el calor del sol las transforma en humo de la misma lenta manera. Y entonces volvemos a empezar.
Pero no sé si será por los muertos que me llegan en oleadas de malas noticias, que vengo acordándome de los que me faltan y también, por qué no decirlo, de los que seremos.
No sé si será por las cosas del alma que se rompen y las que se vacían y las esperanzas, vanas, que huyen como espíritus por el bosque y por la noche.
Pero tampoco sé si será por ese viento que nos arrasa o por esos pájaros que desafían la tormenta.
O tal vez, por la tierra y el árbol que la sostiene.
Que volvemos a empezar. Y persistimos.

lunes, 12 de abril de 2021

Caminos


                                             Para Stella


El final se desconoce,
el comienzo está olvidado,
y solo lo que acontece
en cada momento
es valioso.
Unos pasos
tras otros
 nos llevan.
Nos hacen más sabios 
al tiempo que nos condenan.


jueves, 8 de abril de 2021

Vida Nómada


Ayer fui al cine. Y lo remarco así porque en los tiempos que corren es algo extraordinario. Tan extraordinario como fuera de lo común es "Nomadland", la película que fui a ver.
Vivimos en épocas pandémicas que invitan muy poco al nomadeo  y demasiado al recogimiento, salvo, claro está, que la coyuntura personal no deje más remedio o que uno sienta deseos irreprimibles de abandonar comodidades y estancamientos.
En realidad poco sé de existencias nómadas. Lo más cercano es el periodo de la vida que mis padres me contaban cuando andábamos por la España rural de principios de los años sesenta, de pueblo en pueblo y de patrona en patrona, en las brigadas que colocaban los postes y el cableado que permitiría a la Compañía Telefónica comunicar el territorio hispánico en el incipiente desarrollismo de la década. Pero aquello tenía fecha de caducidad y duró aproximadamente uno o dos años, aunque luego durante las conversaciones de mi infancia se convirtiera ese periodo en territorio mítico.
Así que mis referentes han de ser por fuerza literarios. Mientras veía la película recordaba "Las uvas de la ira" de Steinbeck y todas sus víctimas de la crisis económica de 1929 y también el camino de Kerouac, o las imágenes de los vagabundos que sobrevivían clandestinamente en los destartalados vagones ferroviarios de la Norteamérica profunda.
Del mismo modo, los protagonistas de Nomadland son los inmolados en la hoguera de otra crisis, la de 2008, gente al final de su vida que ha perdido casi todo menos la voluntad de ser dignos y que se comen la amargura con tanta voracidad como trasiegan kilómetros en sus viejas furgonetas.
Aves de paso. Lo que en realidad, queramos o no queramos, somos todos.  


miércoles, 7 de abril de 2021

La otra pandemia






Acostumbro a pasear con mi perro todos los días entre una hora y hora y media al menos. Él va leyendo las noticias que salen a su encuentro con el olfato y yo, provisto de prismáticos y cámara de fotos, intento descubrir a las aves que vuelan a mi alrededor.
La de hoy no era una mañana de demasiados pájaros. Alguna torcaz, algún verderón y muchas cornejas. Lo que sí había, sembrado a lo largo del camino, eran mascarillas de diversos tipos y calidades. Y eso sin afanarme en buscar demasiado.
El desmán de una especie que cree que todo está a su servicio.


domingo, 4 de abril de 2021

Frágil


Apenas aire contra el aire,
los endebles filamentos impermeables
de lo que pervive, 
el frágil velo 
con el que puedes 
atravesar el mundo.

jueves, 1 de abril de 2021

El clavadista


 Un valor fuera de toda duda,
nervios de acero,
ausencia de vértigo 
y una técnica absolutamente depurada
 son las claves del clavadista.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Premonición

                                                                                                        Para C.G.V.

Una de estas madrugadas me desperté bruscamente preguntándome por el paradero de alguien que hacía mucho que no veía. No suelo permitirme licencias con las premoniciones ni con asuntos inexplicables. Los misterios son para mí solamente cuestiones de las que no tenemos todos los datos. Pero lo cierto es que me desperté sin causa aparente y a una hora en la que todavía debería estar dormido.

No obstante, permanecí  aún durante un rato en la cama, con los ojos abiertos, observando cómo las luces del amanecer se desplegaban tímidamente, conquistando poco a poco rincones hasta entonces inexplorados de la habitación.

Ella, o el recuerdo de ella después de tanto tiempo, se había introducido inopinadamente en mi cabeza, así que me levanté y busqué su rastro por internet. Apenas había nada. Solamente una esquela fúnebre de un periódico de la región que decía que era jubilada de la empresa en la que nos conocimos y que había muerto en una ciudad del Mediterráneo ocho meses antes.

Ella fue mi primera jefa cuando yo era aún un joven primerizo e inexperto y he de confesar que nunca después tuve otra como ella.

Ante la imagen desoladora del ordenador no me quedó más remedio que evocar un pasado de treinta años antes.  Conversaciones entre tarea y tarea como si fuéramos amigos, como si no hubiera una distancia de edad y de vida entre ambos, con esa cercanía que propicia la mutua simpatía.

La perdí de vista cuando se jubiló o al poco tiempo y la verdad es que no me había vuelto a acordar de ella, salvo en cuestiones muy puntuales o en cada vez conversaciones menos habituales entre compañeros de la época. Hasta la sinrazón de esa madrugada premonitoria. Pero aquí está desde ese momento, paseando por mi cabeza, con sus años y su hermosura de entonces. Con esa voz que ahora rememoro.

 Ella, la que me cuidó.

domingo, 21 de marzo de 2021

Día de la Poesía

El poeta se despierta a las 6,52 de la mañana. Sin embargo permanece entre las sábanas, en duermevela, hasta las 7,03. Luego se levanta  (es un decir) mientras busca sus calcetines por el suelo, tras lo cual observa el horizonte invernal por la ventana. Su primera imagen (más bien su primer recuerdo) se lo dedica al cine –ese perejil de todas las salsas­-  en el que estuvo ayer por la tarde tras varios meses de ausencia. A las 7,07 se dirige al excusado con un libro bajo el brazo que habla del lóbrego trastero del Imperio. Lee 10 minutos  mientras hace otras cosas. Luego saluda a su perro a las 7,22 al tiempo que dispone su desayuno. El perro, al cabo, desde la puerta le mira con ojos intensos como dardos. A las 7,24 le prepara la comida y las medicinas al can y aprovecha la desatención para tomarse su café mientras en la radio una mujer,  que ha escrito un libro sobre acontecimientos ocurridos cuando ambos eran más jóvenes y más rebeldes, habla de una cronología discretamente familiar. En el programa radiofónico dicen que son las 7 y media  cuando el poeta está  guardando los platos de la cena. A las 7,41 mete al horno unos tomates y unas berenjenas. Luego vuelve a mirar por la ventana. Pasan unas cornejas a las 7,46 y un minuto más tarde se posan dos tórtolas en el árbol del jardín.  A las 7,51 un mirlo (tan poético)  ocupa su puesto en otra rama y el aire le revuelve las plumas y tal vez el alma. A las 7,58 la primavera recién estrenada continua disfrazada de invierno riguroso. Y a las 8 en punto y clavadas el poeta piensa que es un gran día, el mejor día para no escribir ningún poema.

jueves, 18 de marzo de 2021

Días de destrucción - Días de revuelta


La dicotomía entre las creencias del hombre blanco y el nativo americano era tan enorme que cualquiera que se aferrara al animismo y el misticismo, a la ambigüedad y lo mistérico, a lo esencial de la imaginación humana, a la vida comunal y a la noción de lo sagrado, debía ser exterminado. El credo hallado en las llanuras y en las comunidades indígenas preexistentes, arrasadas por los puritanos de Nueva Inglaterra, resultaba antitético y hostil para con el capitalismos y los conceptos de progreso tecnológico e imperialismo, así como para el ethos de la sociedad industrial. La veneración del misterio de la vida -el modo en que las culturas nativas abrazaban el principio socrático de conocerse a uno mismo- se enfrentó a la ambición de dominación, riqueza y poder. Lo alegórico entró en pugna con lo prosaico. La filosofía previa a la modernidad, esa que hacía del mundo una entidad viva y sagrada, fue violentamente derrotada para ser reemplazada por una cultura arrodillada ante la maquinaria de una economía basada en los salarios. Esa idolatría de la eficiencia , el racionalismo, la expansión capitalista y el imperialismo sería posteriormente caracterizada por el sociólogo Max Weber como el "desencantamiento del mundo". Una característica perturbadora, sostenía Weber, de la cultura occidental.    

Días de Destrucción. Días de Revuelta.
Chris Hedges y Joe Sacco.
Planeta Comic 


miércoles, 17 de marzo de 2021

Conor Pass

Conor Pass es un puerto de montaña que hay en la península de Dingle, en la costa oeste de Irlanda. La segunda vez que estuve allí, como la vez anterior, paré para contemplar el paisaje, los bosques. Solo que en esta ocasión había un arpista en mitad de la nada haciendo música del aire. Allí nació este poema, que años después se publicó en el libro titulado "Las fronteras del aire" (Amargord).  


Nada.

Ni la nebulosa promesa del océano,
ni los cortinajes de eternidad
con que se adornan las doncellas y los obispos,
ni la etérea murmuración de las aguas,
ni los espejos sombríos en que se admira la bruma.

Nada.

Ni el frío rozando los dedos de los duendes
mientras el aire extrae
de entre las cuerdas del arpa
la memoria de los días. 

lunes, 15 de marzo de 2021

El Adelantado

El eider común es un ave residente en el norte de Europa que suele migrar hacia el sur buscando un invierno más benigno, tras el cual regresa a su origen.
Sin embargo en 2016 llegó a las marismas de Santoña un ejemplar que decidió quedarse, y ahí sigue, para asombro de todos, disfrutando de sus nuevos dominios. Como un adelantado, ignorante de las tentaciones que suponen para él aquellos de su especie que llegan cada año para volver luego a las aguas nórdicas, siguiendo los puntuales dictados de la naturaleza. Dictados que nada valen, por lo que se ve, ante decisión tan testaruda.  

 


martes, 9 de marzo de 2021

País portátil


Recuerden que el árbol de la libertad está regado con sangre de mártires o con sangre de tiranos.

Adriano González León.
País Portátil.
Seix Barral.               

 

miércoles, 3 de marzo de 2021

Audubon






Estimado John: La verdad es que nunca he viajado por los Estados Unidos de Norteamérica. Y por las trazas que lleva la cosa me da el pálpito de que no lo voy a hacer en los restos. Sé que me estoy perdiendo algo, pero también sé que por otras latitudes lo estoy ganando. No pasa nada. Cada cual, si puede, elige el rumbo y los vientos.
Quiero pensar que te iniciaste en esto de las aves un poco como yo. Es decir, por casualidad. Por aquello de que tu alma se sentía libre entre las montañas y los bosques. Y ya que estabas allí, qué mejor manera de ser un poco más feliz que fijando tu atención en esos seres tan volátiles, tan huidizos, con esa capacidad tan maravillosa, ese privilegio que es elevarse por los cielos y viajar.
Supongo que al principio las acuarelas que llevabas en la mochila te servirían para fijar los paisajes que atravesabas, que la memoria con la edad se va haciendo pequeñita. En mi caso, aún no he traspasado la línea como tú y no los voy retratando con los pinceles. También es cierto que cuento con una ventaja fotográfica, propia de mi tiempo y no del tuyo, puesto que no necesito dispararlos para pintar sus cadáveres como si estuvieran vivos. No es que me parezca bien, pero creo que debo comprender lo difícil que es juzgar determinadas cuestiones con algunos siglos de diferencia.
Por lo demás, obviando esa "pequeña circunstancia", no me queda más remedio que hablarte de la emoción que supone contemplar hoy los hermosos retratos de las aves que tuvieron la mala suerte de cruzarse en tu camino.  
  


martes, 2 de marzo de 2021

El camachuelo se dignó a posar


He de reconocer que todos los pájaros tienen para mi su encanto. No obstante, de los que se pueden contemplar por estos lares, los hay que son particularmente hermosos: el martín pescador, el abejaruco, el reyezuelo... Sin embargo, y tal vez por lo complicado de observar, el tímido camachuelo se lleva la palma. Toda una sorpresa el que se posara durante un rato en un árbol frente a mi cuando volvía de una jornada de sequía pajarística. Una buena manera de regresar contento a casa.