Aún me parece que en cualquier momento va a salir por esa puerta, tal como hacía las mañanas que permanecimos en el Parque Nacional de Torres del Paine. Se paraba en el quicio con una sonrisa de satisfacción, bien dormido y bien desayunado, echaba un vistazo, con la piedad con la que se mira a veces a los resignados, a nuestra tienda de campaña alquilada y luego a nosotros, que empezábamos a desperezarnos tras una noche de sueños entrecortados e incomodidades, y ya después miraba a su alrededor, deteniéndose sobre todo en las soberbias cumbres del Paine, con la certidumbre de que aquel paisaje, si no era el del paraíso se le asemejaba mucho, o al menos con una amplia consciencia de lo que significaba la plenitud y la belleza. Esa belleza que persiguió a lo largo del mundo, con obstinación, durante todos los años de su vida.
Que la encontrara o no es solamente un asunto suyo.
Mientras tanto, espero que haga hoy algo bueno con su día, al menos con el vaso del brindis en la mano, esté donde quiera que esté.

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