La excusa perfecta para acercarse a Santoña es el somormujo cuellirojo; un tipo que, según dicen, raras veces viene por aquí. Y debe ser verdad a tenor de la expectación que parecía despertar entre la cofradía de observadores de aves.
El caso es que como yo no tengo su objetivo, ni físico ni moral, una vez vislumbrado el dichoso somormujo forastero dejé a los pajareros con sus "pepinos" de cámaras (que le sacan el blanco del ojo a una pulguilla) y me dediqué a otras observaciones.
Un alca buceando, una bandada de espátulas, el martín pescador como siempre tan bonito como desconfiado...
Y cuando ya se me acabaron los pájaros, me dio por mirar hacia mi pueblo, allá al otro lado de la ría, tan oscuro y tan lejano.
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