Debe ser que me pasé los días abrumado, o quizá anublado, o más bien amerizado. Pero el caso es que, en la orilla, contemplando el vigor oceánico, mientras mis oídos se empapaban del sonido sinfónico del mar, no advertí a tiempo la cadena, que a media altura separaba el camino del solar inmediato. En el último momento conseguí sobrepasar con una pierna el obstáculo, con la mala fortuna de que dejé atrás la otra enredada.
La costalada fue épica, a la par que indigna, para mi maltrecha naturaleza y todavía la pierna se resiente. La pantalla del teléfono que llevaba en el bolsillo me sigue recordando el hecho con sus muescas cada vez que la miro y la cámara fotográfica, como casi siempre, se salvó in extremis.
Y mientras tanto, el mar sigue rugiendo hermosamente, las gaviotas continuarán cabalgando olas y las torres de basalto permanecerán allí inconmovibles cuando el accidente y yo seamos algo menos que un recuerdo.
No me digan que no es la hostia.

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