Las ballenas existen desde antes que el hombre, pero solo las conocemos desde hace dos o tres generaciones: hasta la invención de la fotografía submarina apenas sabíamos qué aspecto tenían. Pudimos ver antes qué aspecto tenía la Tierra desde naves espaciales orbitales que disfrutar de la fotografía de una ballena nadando bajo el agua en libertad. La primera película de cachalotes bajo el agua, rodada frente a la costa de Sri Lanka, no se tomó hasta 1984; nuestras imágenes de estas enormes y plácidas criaturas moviéndose elegante y silenciosamente a través del océano son más recientes que los ordenadores personales. Antes conocimos el aspecto del mundo que el de la ballena. Incluso hoy hay zifios, también llamados ballenas de pico, que se conocen solo por huesos hallados en playas remotas; esotéricos animales de las profundidades con extrañas marcas que los biólogos jamás han visto ni vivos ni muertos, tan poco estudiados que su estado actual es "faltan datos". Todavía en el siglo XXI se siguen identificando nuevos cetáceos y haríamos bien en recordar que el mundo alberga animales mayores que nosotros mismos que aún no conocemos, y que no todo está descubierto, catalogado y digitalizado. Que en los océanos nadan grandes ballenas que el hombre todavía no ha bautizado.
Philip Hoare.
Leviatán o la ballena.
Ático de los libros.
Traducción: Joan Eloi Roca.

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