Me encuentro en el madrileño barrio de Aluche con una estatua dedicada a Yolanda González, junto a la estación de metro. De allí, de ese barrio, del piso en el que vivía su vida de estudiante y de militante de izquierdas en la sinuosa calle Tembleque, la sacó en febrero de 1980 una banda de pistoleros de extrema derecha para asesinarla en un solitario paraje de las afueras con unos tempranos 19 años.
Tenía la misma edad que yo.
Siempre he manifestado que, hasta el día de hoy, su muerte nos sigue causando una honda impresión a sus contemporáneos, porque supimos de pronto entonces que vivir y mantener ciertas ideas había dejado de ser un juego y que todos éramos vulnerables.
Lo seguimos siendo.


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