jueves, 25 de noviembre de 2021
Monte a través
Hierba mora
jueves, 18 de noviembre de 2021
Paseos con mi madre
miércoles, 17 de noviembre de 2021
Hurrias
Tengo una cicatriz por debajo de la rótula y tres o cuatro recuerdos de la guerra en la cabeza. De una guerra a peñascazos de hace muchos años, cuando aún la mayoría nos vestíamos con pantalón corto y jersey de tricotosa. Cuando no necesitábamos una declaración formal para abrir hostilidades y sí el cruce bravucón de la línea imaginaria que separaba el ficticio territorio de mi barrio del igual de quimérico de los vecinos.
Allí no se hacían prisioneros, a lo sumo contusionados, y el conflicto acababa temporalmente cuando llamaban las madres de cada cual a gritos por las ventanas o cuando llegaba la sagrada hora de las meriendas de pan con las consabidas dos onzas de chocolate. Luego, si te he visto en campo enemigo ni me acuerdo. Se dejaba para otro día, o para cuando hubiera humor, la acumulación de pedruscos y otros proyectiles y, de cuando en cuando, nos retábamos en los prados del pasiego a perseguir una pelota de goma o, en el mejor de los casos, aquel balón de reglamento que a algún afortunado le habían traído unos Reyes dadivosos en las anteriores Navidades. El caso era porfiar, ser antagonistas, contrincantes, contendientes de un barrio o del otro, como si vivir en uno u otro lugar a cien miserables metros de distancia marcara un carácter diferente a quienes procedían de un mismo origen campesino y obrero. Gente humilde al fin con la misma camiseta bajo el anorak de combate.
Cuento todo esto porque hace unas pocas horas me ha llegado la tristísima noticia de la muerte de uno del otro barrio. Alguien, un compañero, con el que coincidí muchos años después en el mismo trabajo y en el mismo comité de empresa aunque, vaya por dios, en distinto sindicato (como no podía ser de otra manera, dado nuestro historial pertinaz).
A veces, en algún descanso, no muchos, recordábamos con cierta nostalgia aquellos días de gloria herrumbrosa, polvo y sangre en las rodillas, cuando éramos guerreros de sesión de tarde y no de jornada partida.
Apenas sombras difusas de un tiempo lejano.
lunes, 15 de noviembre de 2021
Retrato con Morfeo
domingo, 14 de noviembre de 2021
Zapatistas
miércoles, 10 de noviembre de 2021
martes, 9 de noviembre de 2021
lunes, 8 de noviembre de 2021
domingo, 24 de octubre de 2021
jueves, 21 de octubre de 2021
Muerte súbita
martes, 19 de octubre de 2021
Onomástica
lunes, 18 de octubre de 2021
Mola
viernes, 15 de octubre de 2021
La memoria rescatada
lunes, 11 de octubre de 2021
La puerta de salida
jueves, 7 de octubre de 2021
Unicornios y otros seres mitológicos
miércoles, 6 de octubre de 2021
La ternura y un yogur.
martes, 5 de octubre de 2021
domingo, 3 de octubre de 2021
El higo
La primera y la segunda guerra púnica se libraron entre Roma y Cartago durante el siglo III a.C. y tuvieron como resultado el fortalecimiento del control de Roma sobre el Mediterráneo occidental. Aníbal había sido derrotado en Zama, y Sicilia, Córcega, Cerdeña y la península Ibérica ahora eran suyas. Pero los romanos decidieron acabar con Cartago de una vez por todas declarando la guerra de nuevo en el año 149 a.C. En su determinación por ver la caída de Cartago, se contaba que el senador e historiador Catón el Viejo había llevado un higo fresco norteafricano al Senado y había propuesto a sus compañeros senadores que adivinasen cuándo había sido recogido. Cuando les contó que dos días antes aún estaba en su árbol, la idea de que Cartago se hallase tan cerca los alarmó, y "de inmediato", decía Plinio el Viejo, comenzó la tercera guerra púnica.


















