Cuando alguien emprende una acción de protesta del tipo que sea debería tener en cuenta algunas cosas previas antes de meterse en un berenjenal del que no pueda salir con bien. Supongo que dicha previsión es algo que da el tiempo y la experiencia, salvo que el tiempo y la experiencia pasen por él o ella sin detenerse y sin dejar huella.
Antes de nada, se debe saber con
qué fuerzas se cuenta, a qué partidarios se deja funestamente en la cuneta y,
sobre todo, si el objetivo contra el que te diriges es lo suficientemente
importante y necesario como para que merezca la pena el ardor. Otra cosa nos
estaría hablando de simple activismo de orejeras.
No está de más tampoco detectar a
los falsos amigos que te van a empujar por un sendero extravagante mientras
afirman que están de tu lado o que persiguen idénticos ideales, cuando en
realidad sus propósitos son, por decirlo con cierta suavidad, personalmente
deshonestos, rozando la pura obscenidad. O sea, un tiro al poste o un brindis
al sol o una triste y mera manipulación.
La organización de la que hablo,
y lo sé porque en un tiempo yo milité en ella, tiene mirada de largo alcance -y
eso está bien- para los conflictos geográficamente lejanos, pero una importante presbicia –
también lo sé porque sus efectos yo los padecí- para las injusticias cercanas.
Es decir, las que directamente le atañen a ella y a sus circunstancias.
Que la causa de sus desvelos en
esta ocasión sea un provecto poeta argentino de origen judío, radicado en España
desde hace muchos años, con una notoriedad más que relativa, por mucho que en
sus redes sociales como divisa aparezca un león con la bandera del genocida
estado de Israel, es como para mirárselo, salvo que la notoriedad (ausente) del
poeta sea la que tú quieres para ti. ¿Qué pasa, que hasta hoy nadie se había
dado cuenta de quién era este señor, de sus discutibles opiniones, si es que
las hay? Pues han tenido tiempo suficiente,
dado que este poeta ha tenido y tiene una relación de muchos años con esta ciudad
y con esta región. ¿O nadie había percibido hasta hoy que el señor Barnatán ha
participado en otras ocasiones, otros años, en la Feria del Libro que ahora se
pretende boicotear? ¿De verdad nadie había observado que el señor Barnatán (o
su familia) es una presencia más o menos habitual en los eventos culturales de
Santander? ¿Nadie tuvo intención antes de ahora de montarle un pollo en la
Feria del Libro de Torrelavega, en la que también ha estado alguna que otra
vez? ¿O en la Fundación Bruno Alonso? ¿Es que alguien se ha dado cuenta, de
pronto, de que este señor existe y le ha venido bien para otros espurios
intereses?
Si alguien quiere hacerle la
pascua a este señor, que se la haga en cuanto aparezca, pero ¿de verdad es
necesario boicotear toda una Feria en la cual van a estar presentes no solo
palestinos supervivientes, sino también mucha gente con idéntica sensibilidad que
los propios boicoteadores?
Ayer, durante un rato previo a mi
participación en el recital poético que abría la Feria del Libro de Santander,
me sentí mal. Pero se me pasó enseguida porque comprendí que nadie estaba
defendiendo a la población palestina con un supuesto boicot a alguien
completamente irrelevante en términos absolutos o en términos relativos en la
cuestión que nos ocupa. También comprendí o interioricé que, en realidad, la
cuestión es otra muchísimo más inconfesable.
Dejarse arrastrar por un ronzal
como ganado, sin un mínimo análisis, en personas con muchos años de experiencia
y mucho camino recorrido es, cuando menos, un signo extremo de debilidad que algunos
no deberían permitirse. Tampoco utilizar a Desmond Tutu en vano.
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