Me dicen que dicen que se ha muerto Marjane Satrapi. Y cuentan también que ha sido de pena, o de tristeza, o de melancolía. La misma que nos deja a todos aquellos que pensábamos que estaba bien que alguien como ella estuviera por el mundo.
Ya he dicho en otras ocasiones que hace diez años estuve en Irán. Desde entonces, mi mente siempre está en Irán. También en otros lugares, pero también en Irán. No conozco la razón. Imagino que hay lugares que te alcanzan sin saber por qué.
Para aquel momento ya había leído "Persépolis" de Marjane Satrapi; también "El reflejo de las palabras" y "La casa de la mezquita" de Kader Abdolah, otro exiliado; había devorado "El Sha o la desmesura del poder" de Kapuscinski; había visto la película francesa "O los tres o ninguno" del director iraní Manouchehr Tabib, conocido por Kheiron, también exiliado.
Tanto la obra de Marjane Satrapi, como las otras que he nombrado y algunas más lo único que pretenden es quitarnos el velo del desconocimiento a nosotros, los que todo lo ignoramos sobre un hermoso país sufriente y acosado desde dentro y desde afuera, que no termina de escapar del dolor de un siglo que lo tiene amordazado y lejos de toda esperanza.
Cuando bajé del avión en el aeropuerto de Isfahán, con las historias de Marjane aún recientes en mi memoria, mi imaginación me hacía verla, a ella, a la protagonista de "Persépolis", en todas partes, como si su perfil fuera un espejismo que no tenía visos de querer abandonarme.
La veía en la mujer velada de hábitos negros que cruzaba la calle; en la que nos pedía fotografiarse con nosotros frente a la mezquita de la ciudad; en la que curioseaba entre los volúmenes de la pequeña librería donde yo compraba "La isla del tesoro"; en la que sonreía a Sol, colocándose su pañuelo como un reto en la parte de atrás de la cabeza, cuando nos cruzábamos; en la que se despojaba totalmente del mismo en el interior del autobús tras comprobar que no había denunciantes en los alrededores; en la que se pegó completamente a mi espalda en una de las calles principales de Qazvin mientras se reía, con una alegría y un desparpajo difícil de ignorar, de su atrevimiento y de mi turbación; en la que soportaba la bronca de una estricta policía de la moral a las puertas del aeropuerto de Shiraz, por el terrible delito de estar fumándose un cigarrillo con nosotros...
La veía, la veía.
Todavía hace unos meses, en una de mis últimas visitas a París para acudir a un concierto de Pallett Band, un grupo iraní del que me compré un disco en el aeropuerto de Teherán a mi regreso, y del que me declaro ferviente admirador, pensé que ella podía estar allí, entre las espectadoras.
El salón de conciertos, un emblemático lugar con aspecto de garaje grande y oscuro, repleto de una inmensa mayoría de persas expatriados y una insignificante minoría de europeos, era el lugar idóneo para una última entelequia.
Ahora sé que la amargura es un camino difícil de recorrer, y que en el caso de Marjane desemboca lastimosamente en este punto. Donde hay caminos que jamás se cruzan.

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