Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

miércoles, 3 de agosto de 2016

martes, 2 de agosto de 2016

Irán: Una banda sonora



Volvemos de Irán con la música de infinidad de preguntas rondándonos la cabeza. Con el sonido del irrefrenable tráfico callejero y la algarabía de los bazares. Con la consabida pregunta: ¿De dónde eres?, y la repetida respuesta en mil ocasiones.
Volvemos de Irán con un paisaje de montañas de cuero viejo en la retina y un desierto que intimida.
Volvemos de Irán.




martes, 5 de julio de 2016

Un barranco en Gérgal

 Barranco de Gérgal (Almería)

El aire se espesa entre los matorrales pero nada ha cambiado, si exceptuamos esa autopista que une Almería con Granada, y que nosotros obviamos a cada paso. Es un paisaje de celuloide, calcinado y silencioso, en el que podría campar una patrulla de pistoleros de pacotilla recién salida de una película de Sergio Leone. En la curva de la carretera vieja una pequeña cruz se alza como testigo dolorosamente insoportable de los años injustos. En frente, y al fondo de un barranco que no merece ni ese nombre, otra cruz más formal señala que ahí llegó, prematuramente, al final el viaje desde el norte de Luis Cobo, Luis Montero y Juan Mañas hace 35 años.
Nosotros en estos días hemos hecho el mismo viaje. Hemos llegado a casa de la familia Mañas en Pechina y nos hemos sentido acogidos de tal manera que aún nos ahoga el nudo en la garganta de la despedida. Y aquí estamos. Hemos vuelto para contarlo. Para que no se olvide.

http://www.eldiario.es/norte/cantabria/sociedad/Caso-Almeria-verguenzas-Transicion_0_513049551.html

viernes, 24 de junio de 2016

Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés

Los hijos de la Gran Bretaña queman los barcos y se quedan a vivir en su islote mental.
Al naufragio no se llevan ningún libro. Les basta con su atávico complejo de superioridad y con un primer ministro al que se le ha quedado cara de pasmo y la arandela de una granada de fragmentación enganchada en el dedo. Ya lo decían en mi pueblo: no se puede jugar con las cosas de comer.
Mientras tanto en España el ministro de exteriores en funciones saca conclusiones del brexit (aún no sé si se le chamuscarán las manos o si en realidad le huelen a sardina): Esto es culpa de los radicales. Radicales en Austria, radicales en Italia, radicales en España. Muchos radicales. Muuuuchos populistas, dice un ministro del partido popular (¡qué sarcasmo!) que aún no se ha dado cuenta de que las desafecciones con Europa de la gente de derechas se producen por racismo y prepotencia, mientras que las de la izquierda son mayormente por desesperación.  
Y la arandela sigue girando.

miércoles, 22 de junio de 2016

Ispahan


El gesto de la muerte.

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta.
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos hoy por la mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

Jean Cocteau.

lunes, 20 de junio de 2016

sábado, 18 de junio de 2016

En los días tristes no se habla de aves

   Paíño Ventrinegro.                                                                    Fotografía: Javi Portillo.

En los días tristes no se habla de aves.
Uno llama a los amigos y no están
y luego pide fuego en la calle
como quien pide un corazón
aún intacto.

En los días tristes es invierno
caminamos helados con el cigarrillo en la mano
quemamos el viento y decimos
-¡Buenos días!
a las personas que pasan
pero cuando ya han pasado
sin que lo notáramos.

En los días tristes uno habla solo
y un ave siempre se posa
sobre las cosas
en lugar de posarse en nuestro corazón
y sin hablar con nosotros.

                                      Filipa Leal 

martes, 14 de junio de 2016

Puntos suspensivos


Para el inicial, para el sustituto, para el sustituto del sustituto y para las consortes de todos ellos.   
Sobre todo para las consortes. 

sábado, 11 de junio de 2016

Voto nulo

El candidato rogó encarecidamente desde los carteles que sus seguidores votarán sí en lugar de votarlo a él.
Y eso consiguió: Una gigantesca y elocuente afirmación en todas las papeletas.

jueves, 9 de junio de 2016

La mirada del ornitólogo


                                              Esa mirada penetrante y arrebatadora.

sábado, 4 de junio de 2016

Luna

La soledad 
se escribe sobre la luna que miras.
En una de sus múltiples caras.
La que llora.
Hay esquinas para ver la vida,
restos de un sueño que parece una patraña
cuando la justicia 
se reconoce en el frío
y el abandono 
todo lo ocupa.

MCH

                                                                                                                           Bosra (Siria)
Luna

Escribe porque
la vida lo escribe y cree
que escribe sobre
lo que ella no sabe: el otoño
maestro de la espera,
el dolor de haber sentido dolor,
el pájaro que vuela 
en la hora presente para
convertirla en pasado.
Las imágenes componen el mundo
y el sol que dora la ciudad
parece harina caliente
haciendo pan en mi cuarto.
Ser uno es no tener nada.
Cae el ocaso sobre 
la palabra que flora en lo visible
como una luna.

Juan Gelman

viernes, 3 de junio de 2016

Géminis



Tres son, aunque sólo aparezcan dos.
Ellas.
Felicidad, un año más.


lunes, 30 de mayo de 2016

Regreso a Innisfree

Un placer presentar a Chesús Yuste en La Vorágine. Un placer recorrer Irlanda con el pensamiento y con su mirada sabia.

Texto de la presentación// El Síndrome de Oisín o por qué nos gusta Irlanda

Cuenta Chesús Yuste, en uno de los relatos de su libro “Regreso a Innisfree, que existe gente por el mundo sin una especial relación a priori con Irlanda, pero con una fascinación tal por ese país que, en muchas ocasiones, acaba convirtiéndose en una obsesión.
A tal circunstancia, por boca de uno de sus personajes, la denomina como “hibernitis” (de Hibernia, nombre que dieron los romanos a la isla verde). La “hibernitis”, o en una acepción más culta, el Síndrome de Oisín, viene a ser como una enfermedad del espíritu, de la que afirma Chesús (medio en broma) que, “según la Organización Mundial de la Salud, no tiene cura, pero, por lo menos es bastante saludable”.

A Chesús lo conocí en persona no hace mucho, en un viaje relámpago que hice a Zaragoza, aunque, para entonces había disfrutado de los relatos ya mencionados y de su novela “La mirada del Bosque”, también leía habitualmente su blog Innisfree 1916, y  había seguido sus discursos en la tribuna del Congreso de los Diputados, como representante de la Chunta Aragonesista y sucesor en el puesto del querido José Antonio Labordeta.
Él, parece ser que también sabía algo de mí, ya que al menos había leído un poema que escribí a raíz de una visita que hice, hace tiempo, al barrio católico del Bogside, en la ciudad de Derry, y supongo que, como sucede en estos casos, nos habíamos reconocido como lo que somos: esa gente rara que padece de “hibernitis”.  

A la primera ocasión sacó el tema y me preguntó cuál era el motivo de mi atracción por las tierras de Éirinn; y tengo que reconocer que mi respuesta, a pesar de que me esperaba su curiosidad, fue vaga y supongo que un poco decepcionante. Y es que asegurar que se trató de un hechizo literario es decir muy poco. Porque, en resumidas cuentas, ¿qué había leído yo de la vasta nómina de escritores irlandeses? Me enamoré de los poemas de Seamus Heaney, regresé a Innisfree con William Butler Yeats, disfruté de La Boca Pobre de Flainn O’Brien, busqué el caldero de oro con James Stephens, contemplé el mar con John Banville…
Sin embargo no pude finalizar la travesía de las Islas de Aran con John Millington Synge, no he leído nada en mi vida de Samuel Beckett, muy por encima a Jonathan Swift y, lo que es peor, hasta el momento he tenido pánico a caminar Dublín con el Ulises de Joyce. O sea que la literatura no lo explica todo.
¿Tal vez el cine? ¿John Ford y su hombre tranquilo? ¿la típica y brutal ironía que se les atribuye a los irlandeses?: “Yankee, me estás empezando a caer bien. Tu viuda, es decir mi hermana, no ha elegido mal del todo” le dice su cuñado al personaje que encarna John Wayne en mitad de una monumental y “homérica” trifulca a puñetazos; a lo cual éste, con la misma coña, responde, “yo también te estoy cogiendo cariño”.
O quizá esa pequeña historia que transcurre en una estación rural, de la cual el tren nunca acaba de salir, a pesar de que el jefe de estación se pasa todo el metraje gritando que el ferrocarril solamente se detendrá “five minutes only, five minutes only”.
No lo sé. No obstante, nunca me olvido de una escena del “Café Irlandés” de Stephen Frears, en la cual el personaje de Colm Meaney, casi al final de la película, una vez que ha acudido al hospital y ha comprobado que su nieto, de padre incógnito, ha nacido en perfectas condiciones, se marcha al pub de enfrente, se pide una pinta de cerveza negra y se la trasiega a la brava, feliz, con la sana convicción y la tranquilidad del deber cumplido. Puedo asegurar que yo esa pinta me la tomé con él en cada ocasión que he visto la película. ¿Pero está ahí la respuesta a la “hibernitis”?

A veces, también pienso que el objeto de mi atracción es la historia de ese país, repleta de gente valiente y desgraciada, pero echo la vista al mío y comprendo que la historia del hombre en todos los puntos del planeta rebosa de gente así.

La primera vez que pisé Irlanda, sin apenas haber dado cuatro pasos y aún emocionado por el momento, me tropecé de bruces con un cura ataviado a la antigua usanza, al cual, sin querer, me quedé mirando fijamente, tal vez extrañado porque pensé por un momento que había regresado a mi infancia española. El sacerdote no me dijo nada. Solamente levantó su mano derecha, me bendijo haciendo la señal de la cruz y siguió su camino. Y allí me quedé yo, anonadado, sin saber muy bien que extraño mérito, o demérito, me había hecho pasar por aquel trance. No, definitivamente la religión no tiene nada que ver.

En otra ocasión, cruzando en furgoneta la localidad de Bushmills, en Irlanda del Norte, acobardado por la cantidad de aceras y paredes decoradas con los colores de la Union Jack inglesa, lo cual me decía que entraba en territorio protestante, me encontré en una calle con una caravana calcinada, y a su alrededor unos cuantos jóvenes con la cabeza rapada. Uno de ellos, a mi paso, se puso, con semblante retador, un dedo en el cuello a la altura de su oreja y lo cruzó hasta la otra oreja. Gesto que habla por sí solo y que se entiende en todo el mundo. Y la verdad es que no fue nada halagüeño. Así que quizá lo de la hospitalidad tampoco va a ser. O sí, porque en otros lugares he de decir que siempre me trataron más que bien.

Entonces, ¿puede ser la música?, ¿esa música capaz de hacerte llorar de alegría y bailar con la tristeza?
A tenor de la experiencia que tuve en la ciudad de Cong, en Connemara, famosa por ser el lugar de rodaje de “El hombre tranquilo”, debería decir que no. Y es que la noche y el cierre del local me pilló en un pub, conversando alegremente con algunos parroquianos, cargados todos con las suficientes cervezas. De pronto todos ellos se pusieron en pie al tiempo que sonaban las primeras notas de lo que entendí que era el himno nacional. Y si he de ser sincero, por mucha mano al pecho y mucha marcialidad, a mí la música patriótica o militar sigue sin decirme nada de nada, aunque la cante un batallón de rebeldes irlandeses a punto de ocupar la city londinense.
Y sin embargo sí. La música tiene algo especial.
Un amigo, al que sigo echando mucho de menos, siempre decía que si tú caminabas por una calle y escuchabas que de un bar salía a raudales una canción de los Creedence, tú te debías abalanzar hasta la barra costara lo que costase. Era su forma de conocer a primer oído las cualidades de un local. Bien. Pues eso me pasa a mí cada vez que escucho una gaita, un violín o un bodhran. Pero también me pasa con los Creedence, que por lo que sé no tienen nada de irlandeses.

En fin, que acabo como empecé: En el más verde de los misterios.

Y con esto definitivamente termino, porque aunque los habitantes de Eire consideren que cuando Dios hizo el tiempo, hizo mucho, no deseo aburrirles más. Tengan consideración y comprendan que explico todo esto para intentar entenderme a mí mismo y a este señor que me acompaña o, al menos, saber algo más del maldito virus que nos asola, aunque tengo la impresión de que no hay manera de descubrirlo, cual mal de las vacas locas. Por tanto termino con un proverbio atribuido a la mala leche irlandesa, con la secreta intención de que les sirva como conjuro, si no para ahuyentar el mal que nosotros padecemos, al menos para saber por dónde pisan ustedes: “Si nos aman, que sea en buena hora; a aquellos que no nos aman que Dios cambie los sentimientos de sus corazones; y sin no, que les tuerza los tobillos para que los reconozcamos al verlos cojear”.

                             
                                                                 Mariano Calvo Haya
                                                                   26 de mayo de 2016

miércoles, 25 de mayo de 2016

Decir No

No estoy seguro de que rectificar sea un don para los sabios, pero ante la duda -que sí lo es- esta vez diré que no.
Hay barreras que uno, por dignidad, no se puede saltar. Por ello digo no.
Reconozco mi dolor y mi impotencia. Pero también por eso digo no.
No deseo culpar a nadie salvo, quizá, a mi mismo. Pero eso me obliga a decir no.
Y porque aún creo en las grandes alamedas antes que en los estrechos pasillos, voy a decir no. 

martes, 17 de mayo de 2016

Vecinos




Habían desaparecido a medida que el pueblo se transformaba en un vulgar dormitorio. Ahora, cuando salimos de casa o por las tardes cuando estamos en la huerta se ven de nuevo a nuestro alrededor. Vacas, ovejas, caballos, gallinas que ocupan el sitio. El lugar que una vez les arrebataron las grúas y los volquetes.  

domingo, 15 de mayo de 2016

La bomba



La culpa es del aire.
Del aire y de Newton o de Arquímedes.
Y en última instancia, de las implacables leyes de la física.
La culpa es del tiempo,
de los relojes suizos,
de la casualidad y de los retrasos,
de la bocina que no suena cuando debe,
de la triste fragilidad de los edificios,
de la dureza del acero
y del inmenso poder calorífico del fuego.
La culpa es del aire,
de la herida,
de la sangre
y de las circunstancias,
de las misiones de paz, que no son lo que son
ni actúan como dicen.
La culpa es, sin duda, de los chinos que inventaron la pólvora
y, también, de esos niños tan traviesos
que jugaban en la calle.

                                                    MCH

Librería 70

                                Sepúlveda. Segovia.

martes, 10 de mayo de 2016

Caso Almería: Una exigencia de dignidad y justicia




http://www.eldiario.es/norte/cantabria/sociedad/Caso-Almeria-verguenzas-Transicion_0_513049551.html

Para los que entonces teníamos veinte años (luciéramos barba o no), nos sobraban ansias por transitar los caminos del mundo y sufríamos cada vez las sospechas de las fuerzas de la seguridad y los consiguientes controles de identidad por nuestra apariencia o nuestra juventud, los asesinatos que se dieron en llamar el Caso Almería supusieron un antes y un después, que se llevó por delante, con dolor, nuestra ingenuidad.

Ahora, 35 años después, la memoria, que es muy testaruda, me ha dado la oportunidad de participar en el grupo de desmemoriados.org para vivificar nuestra conciencia y resarcirnos, aún dolidos, de ese dolor.
A pesar de todo, seguimos siendo ingenuos pero, también, continuamos caminando.
Mi agradecimiento para Lola por permitirnos acompañarla en el camino.

De pitufos con mochila

El pitufo gruñón no quiere ser un aguafiestas y por eso se alegra mucho (qué digo mucho, muchísimo) de que ahora estén tan, tan, tan contentos aquellos a los que antes la mochila les parecía un objeto pasadiiiiísimo de moda.   

lunes, 9 de mayo de 2016

En los dedos

En ese momento Juancho y el Santi lo vieron a Pedro y fueron a su encuentro con la palabra, porque, si se movían, el fuego se les iba y no habría más brea para calafatear:
- ¡Se te acabó la licencia, Pedro!
- ¡Vení a laburar, pelandrún, que hoy largamos la red!
Pedro hizo un gesto retribuyendo la recepción, alzando el brazo, y se dirigió a la red, que estaba extendida sobre la arena, antes de ser arrollada, que así se llevaba a bordo, prolija, pulcra para el lance.
Liberado Pedro, la chalana volvía a la legalidad.
Pedro recorrió la malla buscando el punto donde había sido reparada por Nazario, según los dichos de Rosa, y ahí lo detectó.
Tomó, con delicadeza, ese trozo de red emparchada con chaura nueva, la palpó, notó que en la reparación había destreza, conocimiento. Le llamaron la atención los nudos.
- Este nudo no es de acá -le dijo a Nazario, que seguía con la mirada los movimientos de Pedro-. ¿De dónde viene este nudo, don? ¿Qué nudo es?
- No lo sé -dijo Nazario-. Lo llevo en los dedos.

Medio Mundo
Mauricio Rosencof