La vida tiene sobre la muerte la ventaja de que uno sabe más o menos de qué trata, y en cambio la muerte es una gran incertidumbre, y pocas cosas sientan tan mal a un ser humano como la incertidumbre, es lo peor que puede haber.
Jón Kalman Stefánsson.
Entre cielo y tierra.
Tantas veces dijo, con quejumbroso tono
teatral, aquello de “me voy, ésta es la
última navidad que pasamos juntos”, que ya le escuchábamos como quien oye clarines
y trompetas, el sonido a nuestra espalda de los pasos de un lobo irreal, del que siempre presumimos que no llegaría jamás a
nuestros lares. Sin embargo, acostumbrados como estamos a nuestras malas
relaciones con la parca, ya no nos queda más remedio que, visto lo vivido, comprender
que el lobo realmente vino a visitarnos.
Hoy, cuando ya ha pasado un mes desde
que se ausentó como quien se marcha a por tabaco, aún siguen resonando en
nuestros oídos los compases de la vieja música de la Fundación , ésa que
aunque suena al brillante rock de los sesenta y los setenta, se parece más bien
a los lejanos cantos de piratas, que beben desconsideradamente Johnnie Walker, Etiqueta
Negra por supuesto, mientras navegan hacia no se sabe qué refugio, con todo el
viento del mundo en las velas desplegadas.
Y supongo yo que ese soniquete se nos va
a quedar para alegrarnos el día, al menos hasta que él se decida a darnos
noticia de su paradero, lo cual puede fiárnoslo bastante largo, dada su
intrépida y obstinada resolución.
Y es que en esta partida de ajedrez, el muy cabrón, ha hecho su último movimiento a tal velocidad que mucho nos tememos que nos ha dejado demasiado, demasiado tiempo para pensar en responder.
Y es que en esta partida de ajedrez, el muy cabrón, ha hecho su último movimiento a tal velocidad que mucho nos tememos que nos ha dejado demasiado, demasiado tiempo para pensar en responder.
MCH
El dos de mayo me despierta una llamada
telefónica. Es una secuencia lenta, en décimas de segundo: la pantalla del móvil
adelanta un triste augurio y la voz del otro lado lo confirma. Es un simple,
entrecortado y para mí imborrable: "ya
sabes lo que te voy a decir, ¿no?..." Como un directo en la boca del
estómago, cuelgas el teléfono y la tierra se hace viscosa bajo tus pies y las
tripas se encogen y la rabia se hace tangible engordando el aire que has de
masticar antes de pasarlo a los pulmones. Por horas infinitas te vuelves pura
debilidad descompuesta. El mundo parado en una frase que, como una letanía,
estúpidamente te martillea la cabeza: “ya
sabes lo que te voy a decir…” Vuelvo a ella una y otra vez para mirarla de
cerca, para entenderla en toda su dimensión, para poder creerla. Fue dicha con tanto cuidado que apenas logro
atisbar lo que entraña. Y sin embargo, coño, él no lo hubiera dicho de otra
manera... suena como otras tan suyas: “alégrame
el día” o “voy a hacerte una oferta
que no vas a poder rechazar…” Como
ellas, parece dejarle una puerta abierta al que las recibe…
Aprieto los dientes para que el ataque de
egoísmo que padezco pierda fuelle y deje de brotar de una vez ese agrio mar por
traidores rendijas de mi cara. Y quiero recuperar mi ser con él, distinto de
este que ahora se me desparrama y de repente le convoco y viene a mi oreja
justo el tiempo de susurrarme, “nena, va
a salirme musgo en mis pulcras botas”
Tiro con todas mis fuerzas de esa cuerda, me
aferro y su sarcasmo empieza a aflorar en mi cotidiano. Si cojo la aspiradora: “vade retro, una hidra con dos cabezas”;
si me despido en un e-mail, “póngame a
los pies de su perro”; si salgo a tomar una cerveza: “nena, ¿paras mucho por este bar?”; y si me tomo un rato para decir
adiós: “Sol se despide, tres sin tirar”;
si abro un periódico: “¿qué dice la hoja
parroquial?”; si escucho a los Chieftains: “¡de rodillas, perros!”; y si tengo una duda: “te apuesto una mariscada”… Si veo a Krahe en el banquillo, le
imagino con la mano en alto y cigarro en ristre (mitad cigarro y mitad ceniza)
soltando un “a dios pongo por testigo…”
Y así hasta el infinito, convocando a la risa, mi encogido corazón recupera el
apresto porque su fina ironía alcanzó a todas las cosas de este mundo y de
cualquier otro que nos hayan querido fabricar. Es cierto que pesa enormemente
esa agria sensación de que nos queda una conversación pendiente con él, máxime
en estos tiempos que tanto brío darían a su pensamiento mordaz, pero le imagino
diciendo: “con tantas facilidades, no me
seduce el reto…”
Sol
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