Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 4 de mayo de 2026

Enorme

Estoy leyendo un libro enorme. Enorme en todos los sentidos. También terrible, pero no a la manera del agente naranja cuando se refiere a España.
Muy recomendable. El libro, no el agente naranja, que podría ser perfectamente un personaje más (siniestro) de la trama.



El asunto es este, dice Jaime Saenz: los empresarios y los antropólogos fueron los motores de ese boom, que acabó con millares, no exagero, decenas de millares, no exagero, de seres humanos encerrados en parques turísticos abiertos a la mirada del flâneur metropolita, del voyeur metropolita, que pagaba un ticket a cualquier precio para ver, en jaulas o arrumados en campamentos precarios, a poblaciones enteras secuestradas en Samoa, en Egipto, en Sudán, en la gran llanura americana, en Guam, en las Filipinas, en Surinam, en la India, en el Ártico, en Nueva Guinea, en las misiones de Labrador, en el Congo, en el Himalaya. Hablo de masas de secuestrados y de masas de secuestradores y curiosos: antropólogos y empresarios, mezcla mortal. La ciencia y el capital, el capital, el capital, dice Jaime Saenz, aunque lo dice sonriendo: negros encerrados en celdas con orangutanes bajo letreros didácticos que preguntaban a la audiencia si lo que tenían enfrente no era, acaso, el eslabón perdido entre el hombre y la bestia.
Y todo eso había comenzado con Carl Hagenbeck en su zoológico de Hamburgo, en Alemania, Carl Hagenbeck, que nació apenas diez años después de la muerte de Goethe; que cazó a su primer animal el año en que murió Heinrich Heine; que secuestró a sus primeros sudaneses y a sus primeros nubios el año en que nació Thomas Mann; que anunció su exposición de esquimales el año en que nació Franz Kafka; y que, sin embargo, el año en que nació Adolf Hitler (que también fue el año en que nació Ludwig Wittgenstein), decidió no volver a exhibir seres humanos enjaulados, y no exhibir en jaulas ni siquiera a las fieras salvajes, y transformó su Tierpark Hagenbeck en un zoológico al aire libre: debió atravesar una crisis moral, sintió que su trabajo era cruel, decidió resarcirse. En el Tierpark Hagenbeck, desde el año en que nació Hitler, los animales no estaban enjaulados sino en escenarios que reproducían sus condiciones normales de vida, dispuestos de tal manera que el público, al caminar por el parque, atravesaba mares y continentes: viajar por el Tierpark Hagenbeck era como dar la vuelta al mundo, un mundo habitado por seres en libertad, o en aparente libertad, al menos, es decir, un mundo como el mundo, solo que sin personas enjauladas, a diferencia del mundo.
Pero oh, dice, pero oh, sin embargo, oh paradoja, oh ironía, en los años siguientes, dice, la Alemania nazi recuperó el modelo de los antiguos zoológicos para construir campos de concentración y campos de exterminio, donde las bestias recluidas eran seres humanos, organizados por especies y subespecies, es decir, por razas.

Gustavo Faverón Patriau.
Vivir abajo.
Ed. Candaya.

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