Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

martes, 12 de diciembre de 2017

Alas



Alas


Alguien podrá pensar
que esta historia
es una fantasía,
pero es tan cierta
como que el día precede a la noche
o que todos somos mortales.

De hecho,
cuando murió
todos sus libros
salieron volando.


                                                                     Mariano Calvo Haya

lunes, 11 de diciembre de 2017

Un poema de Izet Sarajlic





La quema de los libros


Para protestar contra la indiferencia de la opinión pública internacional
algunos miembros de la Unión de Escritores
han anunciado que hoy
quemarán en público sus propios libros.

En su comunicado
veo que figura también mi nombre.

Es cierto,
apruebo de corazón esta protesta
contra la indiferencia del mundo,
pero yo nunca quemaré mis libros.

En primer lugar, porque los amo.
Y después porque será mejor
enviarselos a Ismar, 
que hoy trabaja como farmacéutico en Suiza,
para que recuerde
la época en que reparaba mi techo
tapando los agujeros causados por las granadas. 

                      Izet Sarajlic

domingo, 10 de diciembre de 2017

El turno de noche.



Manuel Rivas en El País Semanal (genial como siempre)

¿Quién cubre el turno de noche?

TRAS LA SENTENCIA que condenó a Ratko Mladic, conocido por el Carnicero de Srebrenica, juzgado por genocidio por el Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia, en La Haya, lo primero que me vino a la cabeza fue una pregunta del historiador judío estadounidense Hayim Yerushalmi: “¿Es posible que el antónimo de ‘olvidar’ no sea ‘recordar’ sino ‘justicia’?”. Esta vez, la respuesta no era un enmudecimiento. Se ha hecho justicia. Es la impunidad, la suspensión de las conciencias y la indiferencia decretada lo que activa la memoria histórica. Sí, es posible que el antónimo del olvido sea la justicia y que lo que impide descansar a la memoria sea la injusticia. En España lo sabemos muy bien. ¿O no?
Sí, esta vez se ha hecho justicia. Así que me olvidé del verdugo Mladic y me fui por el túnel de un poema a abrazar a Izet Sarajlic. Estaba en el cementerio, bajo la lluvia, al lado de la tumba de su esposa, muerta justo al terminar la guerra: “¡Cuánto me gusta empaparme junto a ti!”.
Se habían amado como nunca durante el sitio de Sarajevo, el más largo de los asedios, cuatro años en vilo (1992-1996), 12.000 muertos y más de 50.000 heridos. Izet Sarajlic, fallecido en 2002, era antes de la guerra un célebre poeta bosnio, el más traducido de la desaparecida Yugoslavia. Doctor en Filosofía, figura universitaria, académico. Cuando empezaron a caerse las vigas del cielo, podría ser de los primeros en zafar del infierno. ¿Y quién iba a reprochárselo? Muchos lo hicieron. Pero Izet se quedó. Cada día se jugaba la vida en las colas del pan o del agua. Y la poesía también era una forma de apostar la cabeza. No es una metáfora. En la oscuridad helada, sin luz ni calefacción, los poetas de Sarajevo daban recitales al pueblo de la noche. Mantenían vivos los cuerpos de las palabras.
Terminada la Guerra Mundial, el filólogo judío alemán Victor Klemperer, un superviviente, tuvo un encuentro casual con una mujer berlinesa, no hebrea, que le contó que había estado en prisión durante el nazismo. “¿Por qué estuvo usted en la cárcel?”. Y ella contestó: “Pues por ciertas palabras”. Esa respuesta sencilla y genial, “por ciertas palabras”, empujó a Klemperer a escribir una obra en verdad imprescindible. La LTI (Lingua Tertii Imperii) o La lengua del Tercer Reich. Es la historia mejor contada de la mutilación de las palabras para imponer un “orden” criminal.
La lengua del Tercer Reich es la historia mejor contada de la mutilación de las palabras para imponer un “orden” criminal
Cuando el poder abusivo somete al lenguaje, cuando contagia todo de arenga, desaparece lo que Esther Cohen denomina “la posibilidad de la aventura”. Ese es el meollo. En la literatura y en la vida. Lo extraordinario de Izet, y de gente como Izet, es que custodiaron la libertad de las palabras, la posibilidad de la aventura, en el imperio de la destrucción. Sobre aquel tiempo de asedio, Izet Sarajlic escribió una carta con el escritor italiano Erri De Luca: “¿Quién cubre el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo? Nosotros, los poetas”.
Me parece una pregunta extraordinaria: “¿Quién cubre el turno de noche?”.
Ahora, la antología en castellano de Sarajlic, con el título Después de mil balas (Seix Barral, noviembre de 2017), se abre con una semblanza del propio Erri De Luca que es uña y carne de los poemas. De ambos, de Izet y Erri, decían que eran como los hermanos Grimm: “En el siglo más zarandeado y desbocado de la historia humana, nos dedicábamos a escribir cuentos”.
Hay una poesía de Antonio Machado tan estremecedora que resume todo el horror de una guerra, esa en la que podemos sentir a través del tiempo un bombardeo sobre la población civil y el peor destrozo: La muerte del niño herido. Allí donde dice:
“Invisible avión moscardonea
—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía? El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!”.
Izet le llevó la contraria a la guerra de otra forma. Frente al tableteo de las armas, él tecleaba muchas veces, como una provocación histórica, la repudiada palabra “amor”. Ante un incesante bombardeo nocturno, va y escribe: “Una noche como ésta inconscientemente te preguntas cuántas noches de amor te quedan”. Caen las granadas y una de ellas está a punto de alcanzar el poema: “Ha sido lanzada desde el Mrkovici / donde antes de la guerra /cogía margaritas /con la mujer que amo”.
Machado e Izet, cada uno a su manera. Así es la gente del turno de noche en el corazón del mundo.

Librería 78

   Cracovia (Polonia)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Un pequeño itinerario de la maldad

Adjunto un enlace a un artículo que me ha publicado la Revista Cultural Amberes en el día de hoy.

http://amberesrevista.com/polonia-un-pequeno-itinerario-de-la-maldad/

Poema de Oswiecim




Poema de Oswiecim


Me pregunto si
en el último instante
su mirada fue como un muro de ladrillo
topando contra el aire impenetrable.
Me pregunto si alcanzó a sentir
el fantasmal rumor de los pasos en formación
de una triste e invisible caravana de espectros.
Si escuchó una música de muertos.
Y mientras respiro angustia de acero,
piedras y vidrios rotos
en este tiempo de paz fingida,
aún no sé si nosotros miramos hoy,
de igual manera,
con los mismos secos ojos,
cómplices también
del frío ajeno de la Historia,
la larga calle de Auschwitz
desde el patíbulo donde Rudolf Hoess,
SS-Obersturmbannführer
y comandante de campo,
rindió a la humanidad
su único y postrero servicio. 


                                   Mariano Calvo Haya
                                   Diciembre 2017

Ni un paso atrás

   Playa de Liencres, 1988.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Sin destino



Cuando llegó a nuestra altura, el grito de "firmes" de los guardias nos paralizó a todos. De lo demás, sólo conservo dos fugaces impresiones. En primer lugar, la voz del hombre del látigo, que me sorprendió porque contrastaba con su cuidado aspecto, quizá fue por eso que no pude retener mucho de lo que decía. Comprendí, sin embargo, que esperaría hasta el día siguiente para proceder a "examinar" nuestros casos, según nos dijo. Luego se dirigió a los guardias y les ordenó con una vozarrona que llenó todo el patio, que hasta entonces se llevaran a "toda esa banda de judíos" al sitio más apropiado para ellos, o sea los establos, y que nos encerraran allí durante la noche. Mi segunda impresión resultó del caos producido por los agudos gritos de los guardias, repentinamente espabilados, que trataban de sacarnos de allí. No sabía por donde ir y sólo recuerdo que me entraron ganas de reir, por una parte debido a la situación inesperada, confusa y a la sensación de estar participando en una obra de teatro sin sentido, en la cual mi papel me era en parte desconocido y, por otra, por la breve visión que tuve de la cara de mi madrastra cuando se diera cuenta de que yo no llegaría a la hora de la cena.  

Sin destino.
Imre Kertész
Editorial: Acantilado.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Poema de Majdanek




Poema de Majdanek


Al principio fueron los cuervos y los árboles
los que poblaban la tierra.

Cuando el bosque aspiraba a atravesar el mundo con sus raíces,
antes de que los labriegos hicieran de aquello
un acre pasto para vacas y para ovejas,
antes de que los árboles,
cada una de sus hojas
y de sus ramas,
cada una de sus semillas,
cada una de las marcas enamoradas de la madera,
desaparecieran en el humo de las fogones.
Aire y nubes de árboles,
polvo de amantes insensatos,
hálito de fantasmas.
Apenas una hoja seca y abandonada
entre las tablas de los barracones.

Al principio fueron los cuervos y los árboles.

Cuando grajos, cornejas y urracas se arrastraban por la hierba
sin elevarse más allá
de la infértil longitud de sus alas,
haciendo del frío lo eterno
y del aguanieve un atavío para los muertos.

No había apenas nada más.

Cuando el campo quedó libre de bosque
y ardía harto de almas peregrinas,
cuando nacieron las alambradas
y los perros vigilaban el dolor de los otros entre la niebla,
entre la niebla aún volaban los cuervos.


                                                 Mariano Calvo Haya
                                                 Noviembre 2017

viernes, 24 de noviembre de 2017

En Tombuctú

  Tombuctú (Malí), 2001.

Nosotros éramos más jóvenes y el lugar, el más remoto en el que había estado nunca.
Unos insensatos acababan de derribar unas torres gemelas en Nueva York. Todavía no se veían camisetas con la efigie de Bin Laden. Ningún loco asesino había entrado en Irak apelando a increibles subterfugios. Nadie había arrasado por el momento la ciudad de Alepo. Los fascistas de Alá aún no habían prohibido la música y Alí Farka Touré estaba felizmente vivo. Las leyendas allí eran granos de arena entre los dientes.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

martes, 14 de noviembre de 2017

El banco de Wislawa


Aquí estoy, sentada bajo un árbol,
a orillas de un río,
una mañana soleada.
Es un hecho anodino
que no pasará a la historia.
No es una batalla ni un tratado,
cuyas causas se investigan,
ni el memorable asesinato de un tirano.

Sin embargo estoy sentada a orillas del río.
Y si estoy aquí,
forzoso es haber llegado de alguna parte,
y antes
forzoso fue haber recorrido otros lugares
como los conquistadores de nuevas tierras
antes de haber subido a bordo de sus navíos.

Incluso un instante fugaz tiene un turbulento pasado,
un viernes anterior a sábado,
un mayo que a junio precede,
y horizontes no menos reales
que los dibujados en los prismáticos de los mariscales.

El árbol es un álamo hace años arraigado.
El río es el Raba que no empezó a fluir ayer.
La senda no anteayer
se abrió entre matorrales.  
Antes de disipar las nubes, el viento
hasta aquí las arrastró.

Aunque nada importante sucede en torno a mí,
no es el mundo por eso más pobre en matices,
menos justificable, menos definido
que cuando dependía de las grandes migraciones.

El silencio no sólo envuelve conspiraciones.
Y el séquito de causas no sólo acompaña a subidas a tronos.
No sólo los aniversarios de las revoluciones caen,
también las piedras arrojadas al río.

Intrincado y denso es el bordado de las circunstancias.
El pespunte de la hormiga en la hierba.
La hierba cosida a la tierra.
El diseño de la hoja enhebrada a un palito.

Así, por obra del azar, soy y miro.
Una mariposa blanca aletea en el aire
con alas que sólo a ella pertenecen,
y una sombra sobrevuela mi mano,
la suya, no otra, no de cualquiera.

Ante hechos semejantes me abandona la certeza
de que lo importante
es más importante que lo que no importa.



sábado, 11 de noviembre de 2017

La Varsoviana fugaz

Cuando un servidor cultivaba el proyecto de montar una librería siempre pensó que había de llamarse La Varsoviana. No sé por qué. Supongo que por el viejo himno anarquista de las negras tormentas.
Así que el primer día que pisé Varsovia, en un arranque nostálgico, me dediqué a buscar a mi varsoviana, la dama de los sueños incumplidos. Y hete aquí que mientras yo fijaba el objetivo en aquella que se va acercando, atenta sólo a la pantalla de su móvil, me pasa por delante la de verdad. Mi varsoviana, la hermosa, la fugaz.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La primera noche

La primera noche
ellos se acercan y cogen una flor
de nuestro jardín,
y no decimos nada.
La segunda noche
ya no se esconden,
pisan las flores, matan nuestro perro
y no decimos nada.
Hasta que un día
el más frágil de ellos
entra solo en nuestra casa,
nos roba la luna, y
conociendo nuestro miedo
nos arranca la voz de la garganta.
Y porque no dijimos nada
ya no podemos decir nada.


                        Maikowski

viernes, 27 de octubre de 2017

Las líneas y las rayas

Varsovia, 2017.

Esta es una esquina de lo que fue el Ghetto de Varsovia. Justo ahí se alzaba el muro que señalaba las diferencias y las prepotencias.
Y ahí seguimos, como tontos, marcando las líneas y las rayas.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Caminos y veredas

                                                                                                          Torices, 198...?


 Todos los caminos son nuestros.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Aparecidos

    Los Corros. Asturias. 1987.          

Sigo digitalizando diapositivas antiguas. Del escaner salen aparecidos.

martes, 17 de octubre de 2017

Cuerda de presos

Es curioso que los gobernantes de este país, cada vez, niegan tozudamente la existencia de presos políticos aquí, pero siempre juran y perjuran que los presos políticos están en otros lugares, en los que habitualmente los gobernantes son de otro signo y, por tanto, les caen mal.
Los presos políticos de allá son presos políticos porque sí. Jamás hicieron nada para acabar en el “trullo” salvo disponer de una conciencia levantisca. A los “No presos políticos” de acá la conciencia ni se les supone, y siempre llevan detrás un historial de acciones punibles que les convierten definitivamente en comunes.
El eterno enfrentamiento entre propaganda y credulidad.

El cartel rojo

En Transilvania, cuando los obreros tenían un problema con la dirección de la mina, confiaban al más viejo, al más silicótico de entre ellos, un cartucho de dinamita, con la orden de ir a casa del director. Se desarrollaba entonces un ritual más o menos inmutable. El minero leía al director una reivindicación escrita en un papelito. El director, como dictaba la costumbre, rechazaba todo en bloque. El minero reemplazaba entonces el cigarrillo que tenía en la boca, por el cartucho de dinamita; encendía y esperaba. Nueve de cada diez veces, todo saltaba por los aires. El humor no tenía ningún lugar en el ceremonial.

Phiippe Ganier Raymond
El cartel rojo.
Editorial Txalaparta. 

domingo, 15 de octubre de 2017

Clavos



Forzados, doblados, cercenados. Relevados de su función. Los humildes clavos ven la luz tras doscientos o trescientos años empotrados en las recias y resecas maderas de una techumbre ahora derrocada.

Otro será el tejado y otros clavos fijarán vigas más recientes, pero mientras rescato cada uno de estos tachones férreos me descubro en otra mirada, en otro tiempo, con ojos nuevos, observando casi intacto el mismo paisaje de hoy.