Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

viernes, 24 de marzo de 2017

Yolanda en el país de los estudiantes

Ayer tuve la oportunidad de ver el documental sobre Yolanda González, estudiante vasca y militante del Partido Socialista de los Trabajadores, asesinada en Madrid por pistoleros de Fuerza Nueva en febrero de 1980.
Yolanda tenía 19 años entonces. Los mismos que yo. Y su temprana muerte fue un aldabonazo para mi generación. En realidad, para aquellos que a finales de los años 70 comenzábamos a militar en la izquierda de este país.
Quizá sin querer, hasta entonces, éramos niños jugando a ser hombres. Pero en aquella época mataron a los abogados de Atocha, la policía disparando al aire mataba estudiantes que apenas volaban, Y también mataron a Yolanda.
Entonces supimos con dolor que pensar en rojo no era ningún juego.
Muchas gracias emocionadas, donde esté, a Isa Rodríguez por hacer posible este documental. Y también a Marianella y Miguel por difundir la memoria y la verdad. 

jueves, 23 de marzo de 2017

La Matinada




"Que volem aquesta gent...?". ¿Quién es esta gente que llama de madrugada?
Esta mañana en el centro de rehabilitación en el que me tratan la lesión de tobillo sonó esta canción como música de ambiente, y uno de los profesionales le preguntó a un aprendiz de 20 años, como mucho, si sabía quién era la intérprete. Por supuesto el chaval no tenía ni idea de quien era María del Mar Bonet. Y desde luego tampoco le hablaron del significado de una canción con tal nivel de dramatismo. 
La verdad es que por un momento estuve tentado de explicarle que hay un tiempo de este país (y de otros) en el que los estudiantes como él volaban por los huecos de las escaleras o tenían la dudosa facultad de desaparecer en noches de ogros y tristeza; y que los guardianes del régimen madrugaban mucho.
Pero, ¿para qué?, si no tengo el día.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Jorge Teillier, el sol, la primavera y la poesía

El pasado domingo tuve la oportunidad de leer algunos poemas en la fiesta de primavera de la Calle del Sol. Fue algo que me hizo ilusión. También me gustó esta fotografía. Son cosas que pasan a veces (parece mentira, pero lo de menos es la Revolución Rusa). 
Acabé mi intervención con un poema de Jorge Teillier que me emociona cada vez. Y supongo que en eso consiste el poder transformador de la poesía (al menos para mí). 
Así que hoy, pasada la artificial celebración del Día de la Poesía (no deja de ser curioso que se quiera identificar la poesía con la primavera), y que ésta regresa impoluta a sus cuarteles de invierno y, de paso, a la resistencia, me apetece emocionarme otra vez con...

RETRATO DE MI PADRE, MILITANTE COMUNISTA

En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día, 
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita "Viva la Reforma Agraria"
o canta "La Internacional"
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo -su héroe de infancia-
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino, 
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elias Lafertte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando La Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento
y se pueda reunir siempre con sus amigos,
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

                                                            
                                                                       Jorge Teillier 

martes, 21 de marzo de 2017

Un bardo con cresta


Amanece el Día Mundial de la Poesía con los gorgoritos de este gallo malaje que ha tomado al asalto el techo de mi furgoneta como atalaya. Y ahí sigue. No tengo muy claro si es que avizora en lontananza los escuadrones de lectores que se acercan a galope tendido o que en cualquier momento me va a avisar de una invasión de poetas malditos o de malditos poetas (que de todo hay en este Parnaso pecador). Por si acaso tomaré precauciones y me refugiaré en la trinchera. Tal vez cenemos gallo.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cigüeñas en el norte


No es lo habitual, pero a veces sucede.
Lo normal es que estacionen más al sur, buscando el calor en territorio de la meseta. Sin embargo estas cigüeñas construyen su casa cerca del mar. Aquí, en este norte desacostumbrado.

jueves, 9 de marzo de 2017

Paisaje de Escalante



Hace bastantes años el Museo de Arte Moderno de Santander me pidió que "alucinara" con un cuadro de sus colecciones y me apeteció alucinar con un paisaje de mi pueblo perteneciente al artista Gerardo de Alvear. La cuestión fue un poco complicada, parece ser, porque esta pintura yo la recordaba de una visita que hice de niño al museo pero, en las fechas en las que había de celebrarse la alucinación (año 2005), este cuadro ya no se encontraba en el recinto del museo, sino en el despacho del alcalde de la ciudad. Total, que mi alucinación hubo de hacerse ante una reproducción del cuadro y no ante el cuadro original. No sé qué les hubiera costado...
Bueno, que tampoco sé la razón por la que ahora me acuerdo de todo esto. Supongo que se tratará de algún arrebato de nostalgia. La infancia recobrada y todo eso.

Aquí va la alucinación:

Paisaje de Escalante
Desde luego, el hombre que mira el cuadro ha tenido ya, en sus suficientes años, la oportunidad de observar otros paisajes. Ha transitado por sendas impensables. Se ha asomado al vacío. Ha mirado en los ojos de otros. Ha leído en las enigmáticas líneas de muchos horizontes. Y ha sentido vértigo. Pero sobre todo, se ha sentido desnudo y frágil en la inmensidad insondable de las historias de los hombres. Por eso, el hombre que ahora mira el cuadro, viendo un paraje ciertamente familiar, siente que le falta algo, algún detalle que no parte del sentimiento ni de la mano que un día sostuvo el pincel y aplicó los colores cercanos de la bruma y de la melancolía. 
El espectador intuye que es en su destino errático donde se encuentra la llave, ese no amoldarse a su pesar a ningún lugar, a ningún espacio. Y por ello se reconoce inquieto ante las claves de su origen que, sin saberlo, un pintor en un tiempo lejano dejó impresas en la tela. 
El hombre que mira el cuadro piensa que su tierra en él es fría y silenciosa. Pero, tal vez, esa percepción tan subjetiva tenga que ver con su estado de ánimo. También cree que a todo paisaje le falta la vida si no están sus habitantes. No obstante, de nuevo debe exculpar de su propia negligencia al autor de la obra, puesto que es necesario admitir que su tierra, aún fría y silenciosa, ha sido retratada a la manera ideal y con la delicadeza de un nuevo Brigadoon, que puede desaparecer para siempre al mínimo descuido. 
Quizá atravesado por ese miedo, el hombre que mira el cuadro se esfuerza en estos momentos en adivinar todo lo que hay en su interior. O quizá el desasosiego y ese deseo imposible de ni siquiera parpadear se deban al temor de perder para siempre las raíces en medio de un sueño o de un recuerdo. 
Sea por lo que sea, aunque sin querer, el hombre parado frente al cuadro, acaba por recordar y se imagina, mucho más joven, casi un niño, apoyándose en una vetusta bicicleta azul y contemplando la misma imagen, tan real, casi desde el mismo ángulo que el pintor años atrás. 
Ve a lo lejos Montehano, esa singular elevación cónica que se aprecia a la izquierda, y que en su recuerdo ya tiene las cicatrices de la cantera fruto de la voluntad de los hombres. También el monte sigue guardando aquellos nidos de ametralladoras que debieron flanquear mucho antes una controvertida retirada de “gudaris” hacia Santoña. Montehano entre la niebla es un monte mágico (ya lo fue para los romanos) que ha acompañado con el sigilo de los amantes fieles las vidas y las muertes de la gente de este pueblo.
Al pie del monte se encuentra la marisma. Ni a mar llega. Y por que no llega el mar, se hace difícil entender en estos días que haya quién piense que antiguamente hubo aquí unos astilleros que pudieran ver surgir a la Nao Santa María. Lo que sí es cierto es que el hombre que mira el cuadro, cuando era niño, deambuló mucho con su padre por estos lares con balsa hasta las rodillas, con un ojo puesto en la búsqueda de cámbaros, almejas, ostras, chirlas y muergos, y el otro en las orillas por si se veía venir algún coche de la Guardia Civil. También en este mismo lugar supo por Paco el portugués, un vecino inflamado por la nostalgia, que esas mismas almejas que atrapaba escarbando el fondo con un rastrillo y un cesto, y el agua hasta el pecho, eran en su tierra gordas como puños. Y que las codornices que  a veces se soltaban por los prados del pueblo para disfrute de cazadores, eran en Portugal, cuando se echaban a volar, como una nube que tapaba el cielo. El niño, ya para entonces bastante incrédulo, no por eso dejó de apuntar en su memoria que aquel del que hablaba Paco, su tierra abandonada por quién sabe qué razones, era un buen destino como inicio para quien quisiera emprender el vuelo, al igual que las codornices. 
El hombre que  en su memoria es todavía un niño apoyado en su bicicleta, de pronto advierte que en el cuadro, delante de la Iglesia, no está pintado el cementerio. Y ese lugar es, sin duda, un elemento imprescindible en esta fantasía, en este regreso. Pues es ahí donde reposan sus ancestros, aunque tenga la esperanza también de que ese espacio robado al sueño no aguarde todavía por él. Cualquiera sabe el derrotero de su pobre humanidad. A veces ha paseado por ese camposanto olvidado sin ánimo malsano. Solamente por el placer de la soledad.
Allí se encuentra su abuelo paterno, que murió un mes de agosto en plenos festejos patronales mientras afuera, a escasos metros, sonaba la música dicharachera de los caballitos. Su abuelo que volvió de Cuba casado con su abuela, un montón de libros y una maleta de madera con herramientas de carpintero. Un abuelo que apenas conoció, salvo por las pequeñas notas que fue sembrando por las páginas de aquellos libros, sin intuir siquiera la recolección que su nieto, adornado por la misma afición a la lectura, habría de realizar muchos años después.
En ese mismo cementerio descansa su otro abuelo, que al igual, pero al contrario, que en los versos de León Felipe, éste perdiera una batalla. ¡Que pena!. Un abuelo que, según decía con abundante sorna, fue el primero de la familia en entrar en la Universidad, cuestión plausible y de harto mérito para un humilde labrador si no fuera porque pasó una buena temporada prisionero en la Universidad de Deusto cuando cayó el Frente del Norte en la Guerra Civil.  
Muy cerca de estos abuelos se encuentran sus esposas, las abuelas, mujeres fuertes y estranguladas por ese tiempo tan mohíno y tan gris que tocó vivir, y del que el hombre que mira el cuadro, a pesar de añoranzas y de nostalgias pasajeras, se arrepiente la mayoría de las veces, pues no en vano su infancia transcurrió dentro de esa niebla mefítica que alardeaba de la mediocridad reinante y que señalaba con dedo acusador mientras ordenaba lo que se debía pensar y lo que era necesario no decir.
Por eso el hombre vuelve a ser niño por un momento, solamente por un momento, para rememorar las burlas del hijo del cabo de la Guardia Civil, virrey en la plaza del pueblo con su guerrera verde y su tripa gorda. El hijo del cabo, enseñado a despreciar todo lo desconocido, disciplinado en la arrogancia del poder beodo, entronizado por otros muchachos del pueblo que, acunados por el miedo, eran los cantantes de aquel coro de bufones empeñado en herir a un niño de ciudad que regresaba todos los veranos al pueblo de sus padres.
El hombre que mira el cuadro solamente recuerda un momento de triunfo infantil, pero que le sirve para sonreír, cuando aquella pandilla de brutos retadores, saliendo del ámbito de la fuerza física, decidieron que  puesto que eran más fuertes también sabían más que él. Por eso recuerda con satisfacción la cara de todos cuando sacó a relucir el nombre de dos afluentes del río Ebro, que sonaban a chino mandarín en medio de aquella plaza. Vivan por tanto, para este hombre maduro ya, por los siglos de los siglos, el Noguera Ribagorzana y el Noguera Pallaresa.     
El hombre, que aún continúa mirando el cuadro, aunque percibe íntimamente que ya va siendo hora de correr la cortina y regresar a otros paisajes, sigue pensando que hay en él un panorama familiar y desconocido a la vez, y piensa con desconfianza que una alucinación como la que le han solicitado, y a la que se ha entregado demasiado descuidadamente, cuando no es una imperceptible visión del pasado, es, tal vez, un indeseable recuerdo de lo que vendrá.


miércoles, 8 de marzo de 2017

No disparen a la prensa

Ya es casualidad que no sea la autocensura impuesta o la precariedad de los puestos de trabajo, o el adocenamiento en las redacciones convertidas en cadenas de montaje, o las llamadas intempestivas desde cualquier despacho gubernamental por un quítame allá esa coma, o las purgas selectivas por razones ideológicas, o las reuniones personalizadas y a puerta cerrada para amedrentar al que está dentro y a los que están fuera. Ni siquiera la publicidad institucional o la de las grandes corporaciones que quitan o ponen rey.
Ya es casualidad, hombre, que sean los de Podemos los que acojonan.
  

lunes, 6 de marzo de 2017

Vacío


Se han quedado los pasos suspendidos,
aunque si escucháramos, a tenor de sus huellas, 
serían huecos y altisonantes,
como de un pasado leve y cercano. 
Como las conversaciones y las músicas que se detenían
a veces sobre los papeles de una mesa
o buscaban refugio en cajones y anaqueles
que ahora no existen
y para los que la palabra "mañana" es un misterio.
Podría decir "silencio" o "lluvia"
y no estaría mintiendo. Podría decir "vacío"
pero todo es transitorio.

lunes, 27 de febrero de 2017

El hijo

"Las flechas no eran distintas. Podía emplearse media jornada en hacer una como es debido -recta, con la longitud y la rigidez adecuadas, todas las plumas alineadas-, aunque en un solo minuto de combate podían hacerte falta dos docenas. Los astiles se palpaban y prensaban, se levantaban a la luz y se enderezaban entre los dientes. Una flecha torcida no era distinta de un cañón de rifle curvado. Los comanches esperaban que sus flechas alcanzaran casi cincuenta metros cuando disparaban deprisa, cientos de metros si se lo tomaban con calma. Un día tranquilo vi a Toshaway matar un antílope a doscientos metros; la primera flecha pasó por encima del lomo del animal (aunque cayó tan silenciosamente que no se dio cuenta), la segunda se quedó corta, también en silencio, y la tercera por fin le acertó entre las costillas.
Las cuerdas eran por lo general de tendón, que en seco disparaban flechas más deprisa que cualesquiera otras pero cuando estaban mojadas no eran fiables. Había quien prefería la crin de caballo, que disparaba más lento pero era digna de confianza fueran cuales fuesen las condiciones, y también había quien prefería la tripa de oso.
Las mejores plumas para flechas eran las de pavo, pero las de búho o buitre ratonero también iban bien. Las plumas de halcón y de águila no se usaban nunca porque se estropeaban con la sangre. Los mejores astiles tenían acanaladuras a lo largo. Nosotros usábamos dos acanaladuras y los lipanes, cuatro. Eso impedía que la flecha restañara la herida que acababa de abrir, pero también evitaba que el astil se combase.
Las puntas de las flechas de caza se fijaban en vertical, puesto que las costillas de los animales quedaban en vertical con respecto al suelo. Las puntas de las flechas de combate se fijaban en paralelo a la tierra, igual que las costillas humanas. Las puntas de caza se hacían sin lengüetas y se ataban bien fuerte al astil para arrancarlas del animal y reutilizarlas. Las flechas de guerra tenían lengüetas y los filos estaban más flojos, de manera que si se sacaba la flecha, la punta quedara alojada en el cuerpo del enemigo. Si te alcanzaban con una flecha de guerra, había que sacarla por el otro lado. Para entonces todos los blancos lo sabían, aunque no estaban al tanto de que utilizábamos flechas distintas para cazar.
Todas las tribus de las praderas usaban flechas con tres plumas, aunque algunos grupos del este usaban solo dos, cosa que desdeñábamos, porque no eran certeras. Naturalmente, los indios del este no le daban tanta importancia, pues vivían gracias a la asignación semanal de carne del hombre blanco y de todos modos pasaban borrachos la mayor parte del tiempo, pensando que ojalá hubieran muerto con sus antepasados".


El hijo.
Philipp Meyer.
Literatura Ramdom House.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Maneras de cocinar la berenjena





Con miel, con limón, con atún, con anchoas, con alcaparras, con cous cous, con arroz, con pasta, con tomate, con queso, con salmón, con pimiento verde, con pimiento rojo, con quinoa, con cebolla, con jamón, con aceitunas, con huevos, con piñones, con gambas, con albahaca, con orégano, con salchichas, con cúrcuma, con pimienta, con calabacín, con zanahorias, con champiñones, con perejil...

En soledad tira a insípida.

martes, 7 de febrero de 2017

Sarri

A veces se echan cosas en falta. A los pájaros viajeros cuando llega la primavera, a los amigos que se han ido lejos a buscarse la vida, a los amigos que se fueron aún más lejos a encontrarse con la muerte. Incluso, en ocasiones, se echa a faltar un libro en la biblioteca o a la poesía caminando por la calle o desayunándose en un bar.
Celebremos entonces que por fin existe una antología de poemas de Joseba Sarrionandia en castellano. Se ha hecho esperar, pero ha merecido la pena. Para los castellano hablantes, por fortuna, su poesía ha dejado de estar en paradero desconocido.  


MEDITACIÓN CON EL PRETEXTO DE UNAS MARIONETAS

Siempre estamos atados a algún hilo, hilos nos sujetan por la espalda,
hilos dirigen nuestros pies, hilos nos sostienen la cabeza,
hilos de los recuerdos, hilos de la realidad, hilos de los deseos,
hilos que a veces se rompen, hilos que se enmarañan y se lían,
hilos, y nosotros que tropezamos en los hilos enredados.

Sin embargo -si me permitís ponerme serio y citar al filósofo francés-
la cuestión no es lo que nos hacen sino lo que hacemos con lo que nos hacen.


                                                                                         Joseba Sarrionandia.

lunes, 30 de enero de 2017

Patrick Galvin


Descubro al poeta irlandés Patrick Galvín viendo nuevamente la película "Los niños de San Judas", historia basada en un libro de memorias que escribió recordando su infancia. La película, a pesar de transcurrir en un reformatorio de Irlanda, está íntimamente ligada con la historia de España, y en ella aparece el siguiente poema.



RECUERDA ESPAÑA


Las legiones marchan  
a través de los campos de olivos de España.
Sus pies son armas,
sus ojos son balas en mis pulmones.
Recuerda España.
Lloré por ti
cuando la primera llama apareció
en Andalucía.
Ahora esa llama es fuego
que quema los Pirineos.
Recuerda España.

No me doblegaré,
no sucumbiré,
tragaré dinamita
y un día explotaré
como un volcán.

Recuerda España.
Escucha:
Están bombardeando Guernica,
las flechas caen de los cielos,
las bayonetas crecen en los campos,
los niños sangran.
No lloraré.
Recuerda España.
Recuerda España.


                               Patrick Galvin

viernes, 27 de enero de 2017

La ventana indiscreta


(No hay suspense al estilo de Don Alfredo. 
Y tampoco yo me parezco en nada a James Stewart).

Pasan las horas sin misterio.

Más allá de la ventana saltan de rama en rama petirrojos y mosquiteros. Y algunas veces me visita, con el cristal de por medio, la sombra negra y hermosa de un miruello. Amenaza con sigilo el gato del vecino.

Tiemblan los árboles.
Y las nubes vuelan mientras suceden las noches a los días.

jueves, 19 de enero de 2017

Patente de corsario

Semana dedicada a desfacer tuertos en entidades bancarias. Finalmente consigo cancelar la cuenta que un familiar impedido tenía en el banco del logotipo de la mierda humeante. En la cuenta apenas había movimientos salvo aquellos que el propio banco cargaba concienzudamente como comisión de mantenimiento (en realidad, por no hacer nada). Ya eran una barbaridad los 10 euros semestrales, pero completamente descabellados los 24 trimestrales del último año.
Con la cancelación aún me cobran 16 más a beneficio de su patente de corsario. Indignante.

Pongo rumbo a otros mares más pacíficos. Por fin puedo empezar a mentalizarme y a pensar en el remiendo que mañana me harán en el tobillo. Si la marea no lo impide.

martes, 17 de enero de 2017

Komunyakaa

NUNCA SE SABE

Se tambaleó por un momento
entre la hierba alta, como si estuviese bailando
con una mujer. Nuestros cañones
se pusieron al rojo vivo.
Cuando me acerqué,
un halo azul de moscas volaba sobre él.
Cogí de sus dedos
la foto deteriorada.
No hay otra manera 
de decirlo: Me enamoré.
La mañana empezaba a clarear,
menos para un mortero lejano
y para algunos helicópteros que despegaban en alguna parte.
Le metí la cartera en el bolsillo
y le di la vuelta para que no siguiera
besando el suelo.

                                               Yusef Komunyakaa

jueves, 12 de enero de 2017

Elegía pura


Aquí no pasa nada, 
salvo el tiempo:
irrepetible
música que resuena,
ya extinguida,
en un corazón hueco, abandonado,
que alguien toma un momento,
escucha 
y tira.

                                     Ángel González

lunes, 9 de enero de 2017

Ponerse las botas

Sierra de Peña Sagra, El Cuernón, El Dornaco, Cueto Cucón, El Agero, La Ventosa, Los Tornos de Liordes, La Vega de Liordes, La Padiorna, Peña Remoña, Torre Salinas, El Llambrión, Colladina de las Nieves, Collada Bonita, Peña Vieja, La Vueltona, Cabaña Verónica, Tesorero, Mancondiú, Bejes, Tielve, Tresviso, Castro Valnera...
Haciendo limpieza aparecen ellas, acartonadas, endurecidas por el paso del tiempo y la oscuridad, con huellas y cicatrices que son historias por contar. Botas de caballero andante.  

sábado, 7 de enero de 2017

Librería 74

            Venecia. Italia.

martes, 3 de enero de 2017

Visión personal de una película de Jim Jarmusch




Salgo del cine a la niebla mientras pienso si es verdad
que se pueden escribir palabras en el agua.

Creo que, tal vez, pueda hacerse de igual modo en el que hoy,
en esta noche,
se podría grabar un verso con estilete de hielo en esa misma niebla
al lado de un río que no se llama Passaic.

El chofer del autobús municipal escribe en su cuaderno
mientras recuerda conversaciones pasajeras.

Paterson nació en Paterson como libro de poemas,
después de que un médico pediatra
ilustrara el envés de las recetas
como quien escribe en un fluído.
Rubin “Hurricane” Carter nació en Paterson
para luego enterrarse en vida
contemplando cómo un futuro Premio Nobel
lo transformaba en una balada.
La Questione Soziale, periódico anarquista, nació en Paterson
mucho antes de que Gaetano Bresci, su fundador,
terminara con el rey de Italia.
Hasta Allen Ginsberg nació en Paterson y luego exhaló un aullido.

Todos escriben, desde entonces, en el agua. 




John Berger

Luego, JR y yo hemos tenido encuentros y desencuentros. En La Habana y lejos de La Habana. En Riobamba. En Gualaquiza. En Hoi An o en Saint Louis de Senegal.
Y también aquí  hubo veces que medíamos las espadas de la soberbia o la desconfianza. 

Pero en el principio de las cosas estuvo John Berger: Conversaciones lentas, ahora antiguas, con unas cuantas cervezas y unos cuantos libros por el medio.

En el principio de las cosas estuvo John Berger.
"Una vez en Europa".

Prestar un libro es una muestra de confianza cuando antes no había nada.

Y ya se sabe. A veces un gesto puede ser el comienzo de una gran amistad. O a veces (aunque en este caso no ocurrió) pierdes el libro.
Por si acaso:  "Puerca tierra". Y que ésta te sea leve, John Berger.