Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

sábado, 29 de junio de 2019

El dedo sobre el mapa


Partir está al alcance de la mano
y el destino importa poco.
Para dar la vuelta al mundo basta
con poner un dedo sobre el mapa.

            Herme G. Donis

jueves, 27 de junio de 2019

Villaeles


    Villaeles de Valdavia- Palencia.

Hacía más de cuarenta años que no pasaba por allí, pero todo sigue más o menos igual. Hay otro bar frente a la fonda en la que solíamos pernoctar. Más allá, como entonces, se extienden los campos en los que mi padre, mi tío y mis primos con sus perros y sus escopetas acechaban detrás de perdices, codornices y liebres.
Yo, por mi parte, nunca fui aficionado a la caza, pero ya sentía la pulsión de viajar y caminar por bosques y montes. En aquellos días llegar a Villaeles, tres personas y dos perros en un seiscientos era algo parecido a una odisea.
Recuerdo que yo iba de morralero, siempre detrás de la escopeta de mi padre o de mi primo, por si se escapaba algún tiro. 
Por entonces me leí las obras de Miguel Delibes sobre su amor por la caza, pero jamás me llegó suficientemente la parte que hablaba del acto de matar. Me quedaba más bien con las hermosas descripciones de la planicie castellana. 
Acompañé a mi padre durante dos o tres años y con él viví algunas de las vicisitudes, las conversaciones y las baladronadas de los cazadores, muy dados ellos a contar historias exageradas y hazañas que difícilmente pudieron ocurrir.
Luego me hice mayor y descubrí que había otros mundos y cambié el morral de los bocadillos por mochila en la que no cabían animales muertos ni cartuchos ni cartucheras.
Para entonces mi padre había dejado de cazar.

sábado, 22 de junio de 2019

Caminos cruzados

                                                                                                      Apamea (Siria) 2009.


Entonces éramos la vida, caminos que se cruzan, 
paralelos y meridianos en un orbe al alcance de nuestra voluntad y de nuestros sueños.
Éramos el abrigo para la lluvia en medio de la ciudad milenaria.
Éramos el espejo en el que mirarnos siempre.
Siempre.

                                                     (Para Conchita y Amelia, in memoriam)

viernes, 14 de junio de 2019

La balada de Mary Burns

Mientras Marx y Engels redactan el Manifiesto Comunista
y un fantasma voraz recorre Europa, la olvidada Mary Burns
camina desde los arrabales hacia la fábrica
por calles oscuras que flanquean edificios de ladrillo rojo y humo negro.
Sus manos, a los veintitantos años, son grietas de hilos de algodón,
estigmas tan rotundos como el frío de la madrugada
o la línea de ferrocarril que atraviesa los campos silenciosos
entre Liverpool y Manchester.

Mientras Marx y Engels transforman en palabras visionarias
el hacinamiento y las enfermedades
de aquellos que malviven como Mary Burns,
ella labora quince horas al día al fondo de un barracón entre telares,
y el estruendo que provoca el hambre,
entre penurias de paños grises,
en el estupor preciso del alcohol,
frente a un horizonte de cadáveres que llegan a la muerte
con la puntualidad de las sirenas que cierran la jornada,
con la rutina de los días incoloros y la miseria entendida
como uno más de los medios de producción.

Mientras Marx y Engels hacen acopio de razones para la revolución,
Mary Burns como Virgilio conduciendo a Dante de la mano,
es quien les regala las razones, una a una,  golpe tras golpe,
cuando muestra a los insignes alemanes,
entre talleres, cuartuchos y vertederos,
la verdadera y única faz de los infiernos.


                                                                             MCH 

jueves, 6 de junio de 2019

Al vent


En 1968 Raimon cantaba Al vent en este mismo lugar ante una infinidad de estudiantes.


https://elpais.com/diario/2008/04/27/cultura/1209247203_850215.html

viernes, 31 de mayo de 2019

Un paseo por las Montañas Simien

La Revista Amberes me publica una pequeña historia sobre mis andanzas del año pasado por las Montañas Simien en Etiopía. Se puede leer aquí.


sábado, 25 de mayo de 2019

La cola del Everest

                                                                                                    El País- AFP

Cuando yo leía libros sobre expediciones al Himalaya me imaginaba hombres que subían montañas con la decisión de los héroes y una mirada especial (o tal vez era el alma) entre romántica y aventurera.
Cuando yo leía libros sobre expediciones al Himalaya se me grabó en la memoria como una marca indeleble que lo importante no era la cumbre sino volver a la base. Regresar.
Y entonces imaginaba que Peña Vieja era el Nanga Parbat y el Cuernón de Peña Sagra el hermano doméstico del Sisha Pangma. Mi Everest y mi K2 estaban un poco más lejos.
Las montañas, subir a las montañas, eran algo así como la liberación de la rutina, soñar con los horizontes, disfrutar de la soledad y del silencio en compañía y sobre todo crecer, hacerte un poco más sabio.
Hace mucho tiempo que no leo libros sobre expediciones al Himalaya, aunque sigo mirando a las montañas con enorme cariño y profundo respeto. 
No tiene culpa el Everest, Chomolungma (madre del universo) en tibetano o Sagarmāthā (la frente del cielo) en nepalí, de que hoy cuando pienso en esa hermosa montaña blanca me acuerde solamente de las colas del supermercado.

martes, 21 de mayo de 2019

El naranjo de la abuela

La abuela puso en un tiesto una pepita de naranja, que después guardó mi madre durante cierto tiempo. Luego la maceta acabó en mi casa y la plantamos en el jardín.
Durante varios años el árbol fue creciendo sin dar fruto.
Un día trajimos un limonero y fue en ese momento cuando el naranjo de la abuela comenzó a identificarse.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Gavia

Hay dos actitudes que aprecio en un poeta y en un viajero. Y aún más en aquel que es ambas cosas a la vez.

La primera de ellas es el pudor irrefrenable, cuando es sincero, que impide autocalificarse como tal, como si la panoplia de lecturas que se poseen y la admiración por aquellos que consideramos auténticos poetas o auténticos viajeros abortaran con los años cualquier veleidad y cualquier plumaje de pavo real.

La otra tiene que ver con la proverbial tendencia al extrarradio. Es decir, esa lógica por la cual cuando eres forastero (y por alguna extraña razón, a pesar de tus desvelos, lo sueles ser siempre y en todo lugar) tus pasos y tu instinto te llevan a los espacios mágicos donde nunca, nunca, se acumulan las atracciones masivas que suelen congregar en cualquier ciudad a aquellos que, como si fueran el conejo blanco de Alicia, se trasladan con la prisa asfixiante de las agencias turísticas.

Si se conjugan adecuadamente ambas capacidades y añades a ellas el poso necesario que da el tiempo, tal vez en algún momento consigas hacer un extraordinario poema o, al menos, consigas una buena conversación con el paisanaje castizo de una taberna recóndita a la que, a buen seguro, nunca llegará la afiebrada marea de las bermudas y las cámaras de fotos. Mientras tanto, la alquimia de la prueba y el error hará que lo que escribas sea bueno, o al menos lo suficientemente bueno para que, siempre que tu ímpetu no sea trascender a parnaso alguno, estés satisfecho con lo conseguido.
¿Y acaso no es eso lo importante?

Pues bien, recientemente he tenido la ocasión de asistir a la presentación de un libro de poemas titulado “Gavia” (título ya de por sí suficientemente atractivo o que al menos parece promesa de una buena singladura para aquellos aquejados del mal del horizonte). El autor, Sergi Bellver, aunque aventajado viajero, a juzgar por el índice del libro, y ducho en otras letras, hace confesión de primerizo en eso de la poesía. Pero para ser sinceros, y al menos para mi gusto, la bisoñez en nada se le nota, pues es de suponer que a falta de experiencia poética, que a veces está muy sobrevalorada, le sobran lecturas, buen ojo para absorber lo que se vive y el sosiego de un hombre tranquilo.

 Los poemas de Gavia que hasta el momento he podido leer (lo siento, no he hecho caso al autor y he leído a saltos de mi propia experiencia viajera y no de principio a final como él recomienda) se atraviesan con el placer del viajero que regresa a aquellos lugares en los que alguna vez fue feliz y a los que, contradiciendo a algún cantautor de recia voz cascada, siempre debes volver.

A mí también me aguarda de nuevo en algún momento la Última Esperanza y, como hombre cabal, padezco sin remedio del Credo Leonés.



Credo Leonés

                                                  Para Luis Miguel Rabanal

Creo en León, reino sobrio y generoso, linde del cielo y de
la tierra. Creo en el libro del frío, en la memoria de la nieve,
en la casa roja y en el sepulcro en Tarquinia, que fueron
concebidos por obra y gracia de las minas de carbón y de las
fraguas, donde nacen todos los poetas y cuentistas de estos
lares. Creo en los bosques bercianos y en los cañaverales
coyantinos, por los que agoniza y resucita el sol padre. Creo en
el templo mozárabe que habrá de durar otros mil años en el 
Valle del Silencio. Creo en el silencio de Valdeón, Vegacervera
y Valdeteja, como creo en el de otros valles agazapados entre
las hoces de los ríos, refugio de sauces y cerezos por los siglos
de los siglos. Creo en los pecios de los pueblos en el fondo de
los pantanos, donde todavía suenan ahogadas las campanas de
sus espadañas. Creo en el mar leonés, en su oleaje de ramas y
espigas, en sus atalayas de ladrillo y en el faro de Sahagún, en
el que duerme el espíritu santo de un torrero escribidor. Creo
en la cigüeña que camina sobre las aguas de hierba  y sobre la 
espuma de las flores, como el hijo del carpintero en el mar
de Galilea. Creo en las iglesias de barro, en los palomares de
barro y en los hombres y las mujeres de barro que protegen las 
almas y los campos del olvido y la sequía. Creo en el perdón
a los niños que se avergüenzan de apalear a los perros y en la
lealtad de los arrieros humildes. Creo en la inversión cósmica 
del cocido maragato y en la desecación de la carne, así como 
creo en la liturgia del vino y en la tertulia eterna. Amén.

                                                                 Sergi Bellver

miércoles, 8 de mayo de 2019

Cita de palabras

Las palabras son la escurridiza sustancia del mundo que imaginamos.

                                                                Lina Meruane.

Volverse Palestina.
Literatura Random House

lunes, 6 de mayo de 2019

Historia de una bala

Coincidirán conmigo en que la imagen es inquietante, reconocible pero inquietante más allá de la percepción que tenemos grabada en nuestra mente respecto al uso con que comúnmente se identifica a ese objeto.
Sí, no hay duda, ese objeto es una bala. Una bala con malformación. Una bala muerta, sacrificada.
Si la observamos detenidamente comprobamos que la visión del proyectil aún nos puede dar más claves. En su base vemos que está datada: una fecha y un país. México, 1931.
Hasta aquí los signos externos. Luego se abren otros caminos.
Uno de ellos nos adentra en una vía histórica más o menos abordable: el motivo por el que armamento de fabricación mexicana llega a España alrededor de una fecha, 1931, en la que en este país se instaura la II República.
El otro sendero, más cercano pero, paradójicamente como veremos, también más inexpugnable, tiene que ver con la razón por la que una antigua e inútil bala mexicana se conserva hasta nuestros días en una anónima vivienda del extrarradio obrero de Santander.

Lo cierto es que con toda probabilidad su entrada en España fue posterior a la fecha que señala su base (o culote). Exactamente a partir de un lustro después, con la guerra civil ya en marcha.

Hay que retrotraerse al triunfo de la revolución en 1910 para comprender la cercanía de México con el gobierno español republicano instaurado a comienzos de la década de los treinta, dado que desde entonces la política exterior mexicana había optado por apoyar diplomáticamente y sin exclusión cualquier gobierno constituido legalmente en contraposición a gobiernos de inspiración antidemocrática. 

En consonancia con lo anterior, el gobierno mexicano del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) había dado muestras ya, con anterioridad a la conflagración, de sus abiertas simpatías hacia la República Española. Tal vez porque al autodenominarse ésta como una república de trabajadores entroncaba meridianamente con la tradición progresista de México, encarnada en Benito Juárez o Francisco Madero y sus ideales respecto al reparto de tierras y la división de poderes dentro del Estado.
Así mismo es posible que Lázaro Cárdenas observara un creciente paralelismo entre el acoso interno y externo que la República Española estaba sufriendo y el peligroso avance con que las fuerzas conservadoras mexicanas acuciaban a las políticas de progreso que su gobierno estaba emprendiendo. A esto se unía un panorama internacional donde el fascismo se encontraba en plena ebullición, lo cual, por simpatía, podía comprometer seriamente no solo sus intentos reformistas en política interna, sino también la posición del estado mexicano en el plano internacional.

Lo cierto es que con el estallido de la Guerra de España en 1936 la ayuda diplomática y la colaboración de México con el gobierno español aumentaron proporcionalmente. No solo la diplomacia del país azteca se hizo cargo de los intereses españoles en aquellos estados en los que la mayor parte del personal adscrito a las embajadas se alineó con los facciosos insurrectos, sino que sus fábricas de armamento se pusieron totalmente a disposición de la maquinaria de guerra republicana. Y del mismo modo, una vez que las reservas de armas fueron agotándose, el gobierno de Cárdenas funcionó como pantalla en la intermediación para la compra de material bélico a otros países, intentando salvar de este modo el bloqueo que las grandes potencias, como Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos, habían acordado como hipócrita política de no intervención.

Además, a pesar de (o quizá debido a) la aguda polarización que la guerra en España provocó entre la población de México, no pocos ciudadanos de ese país acudieron para combatir a favor de la democracia y la legalidad republicana en las Brigadas Internacionales.

Finalmente, cuando la derrota del gobierno de la II República estaba más que decidida, fue el país de Lázaro Cárdenas uno de los que con más determinación acogió a la diáspora del exilio español.


Y una vez referido todo lo anterior, en un intento por acreditar la razón por la que una bala fabricada en México tiene protagonismo en esta historia, pasamos a su explicación.

Suponemos que dicho proyectil llega en plena contienda al Frente Norte, en España, en perfectas condiciones para su labor: la de matar. Sin embargo, como se puede apreciar dado que no está percutido, nunca llega a ser utilizado para ello, sino que al final, por circunstancias del combate, su cometido será otro muy distinto.

La bala la llevaba en su cinturón un soldado del ejército republicano llamado Domingo Pablo Martín Gómez, nacido en Santander en el año 1915. Tenía 21 años al comienzo de la guerra y hasta entonces se desempeñaba como panadero en el obrador de la Panadería Carús, que existía (al menos con ese nombre entonces) en la Calle Arrabal. Oficio, por otra parte, que continuaría ejerciendo a lo largo de su vida tras su desmovilización, a la par que otros pequeños trabajos que iban completando, como en el caso de muchos otros obreros, las precarias economías familiares de la época franquista.

 Pero antes, Pablo, había vivido en la Calle San Sebastián de Santander y había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios que estaba situada en lo que hoy es el Colegio Público Magallanes.

Sus hijos, por aquello del silencio que ocultó durante años gran parte de lo ocurrido al bando perdedor, desconocen la mayoría de los lugares a los que a Pablo le llevó la marea bélica. No obstante todo parece indicar que una parte importante de su vida de soldado se desarrolló, como hemos avanzado, en la defensa del Frente Norte en el sector  de lo que se llamaba entonces la provincia de Santander, aunque con la caída paulatina de la cornisa cantábrica en manos de las tropas franquistas y la retirada hacia Asturias del contingente republicano no finalizó su vida de combatiente. Pero al menos algo de lo poco que les contó al hilo de las veleidades montañeras de sus vástagos fue la descripción de diversos parajes de montaña del occidente cántabro, cuando estos, ya anciano, le referían sus caminatas por las trochas de los Picos de Europa y él recordaba  la travesía en huida por aquellos montes de los pelotones de soldados de la República ante el avance imparable del ejército rebelde.

Seguramente fue antes del repliegue descrito cuando ocurrió el episodio de la bala agujereada. Como hemos dicho, el soldado Martín Gómez la llevaba junto al resto de su munición en una cartuchera rodeando su cintura. No sabemos en qué lugar sucedió, pero donde fuera, inopinadamente recibió una descarga desde las posiciones enemigas, con tal fortuna que el disparo atravesó la bala mexicana justo por el espacio que corresponde al depósito en el que se acumula la pólvora, la cual explotó produciéndole una quemadura de cierta importancia, pero evitando que el tiro del adversario le hiriera mortalmente.

Es más que probable que a resultas de este suceso nuestro soldado fuera evacuado a un hospital de sangre en Santander. Según nos cuenta su familia este hospital estaba ubicado en el edificio del Gran Casino del Sardinero. Allí conocería a la que más tarde sería su esposa, María, que junto a la propia hermana de Pablo, cumplía en aquellas instalaciones de campaña labores de enfermera con el Socorro Rojo.

La propia María contaría tiempo después que al acabar la guerra fue investigada por las autoridades triunfantes, las cuales querían saber si ella había estado curando “rojos”, a lo que había respondido que ella había curado a todos los heridos y que todos tenían la sangre roja. Respuesta ésta que no debió ser del agrado de los interrogadores ya que le supuso una ficha en la que sorprendentemente se la clasificaba como roja peligrosa.

Y una vez hecho este inciso, abrimos otro para decir que tampoco sabemos cuanto tiempo permaneció Pablo Martín en aquel hospital lejos del frente, pero durante uno de esos días, concretamente el 30 de abril de 1937, llegó a ser testigo desde la costa del hundimiento, por el choque contra un mina, del Acorazado España, que por entonces tenía encomendada para el bando sublevado la misión, junto al Velasco, de patrullaje y bloqueo de la zona republicana.

Luego, para nuestro soldado, llegaría la retirada ya descrita hacia Asturias. Y a tenor de los recuerdos que se van desencadenando en sus hijos con nuestras preguntas, podemos conjeturar que desde algún puerto asturiano, probablemente Gijón, y tras la finalización de la campaña del norte en octubre de 1937, fue evacuado en barco a Francia con los restos de la tropa, cruzando los Pirineos en tren para reincorporarse a la lucha en Teruel a partir de diciembre de 1937 o enero de 1938. Aquel invierno fue uno de los más gélidos del siglo, por lo que no es de extrañar que uno de sus recuerdos repetidos a lo largo de los años, junto al de los canjes de tabaco por papel de fumar con los soldados de la trinchera contraria, fuera el del frío extremo que allí padeció.
En la mañana del 22 de febrero de 1938 el ejército franquista entró finalmente, tras duros meses de batalla y una ciudad arrasada, en la pequeña capital de la provincia aragonesa sin apenas resistencia por parte republicana, dado que los mandos habían conseguido evacuar con éxito a una parte de la guarnición.

Como tantos otros detalles de esta reconstrucción realizada a través de un rosario de recuerdos silenciados a lo largo del tiempo, no podemos saber si fue en Teruel donde llegó para Pablo, no solo la derrota sino la prisión posterior hasta el final de la guerra un año largo después. Lo que sí ha quedado en la memoria de su familia ha sido que con el fin de la contienda fue obligado, como tantos otros jóvenes republicanos, a cumplir el servicio militar en la nueva España franquista.

Y hoy que Domingo Pablo Martín Gómez ya no está, 80 años después de la finalización de la Guerra de España, su hija nos muestra en su mano, como una suerte de amuleto que el joven soldado guardó hasta el día de su muerte, la bala llegada de México, que una vez, en otro remoto día del periodo más trágico del pasado reciente de este país, le salvó la vida.
La segunda vida que Pablo pudo vivir.



lunes, 29 de abril de 2019

Días de cine





En "El lado oscuro del corazón", la hermosa y poética película de Eliseo Subiela, el poeta Mario Benedetti interpretaba un pequeño papel, en el que vestido con el típico abrigo azul de marinero soltaba una curiosa perorata en alemán, en lo que supongo que fue su bautismo de fuego como actor de cine. Y yo, que desde luego no soy ni por asomo alguien como el recordado poeta uruguayo, ayer también  tuve la suerte de disfrutar en Gijón de un curioso estreno en las artes cinematográficas.
Fue larga la sesión y, en ocasiones, tremendamente cansada. No obstante pude comprobar in situ lo esforzado del oficio; e imagino que si el común de los mortales pudiera acceder a un rodaje de película, observaría sin duda el amor que hay que tener por una actividad como esta y valoraría con calor cada segundo del metraje cuando se planta delante de una pantalla para disfrutar del milagro del cine.

Toda mi admiración para todos aquellos con los que he compartido, curioso, este estupendo día y que el éxito les acompañe siempre.
Y hablo de éxito, no de triunfo, porque es un éxito disponer de la fuerza y la entrega para hacer aquello que a uno le gusta.

Y de mi, qué decir. Comprobé que soy un maravilloso actor de carácter. El mundo del cine ganó por un día a un irrepetible (y digo irrepetible con toda intención) intérprete del séptimo arte.
Siempre que en la fase de montaje no desaparezca como un errante holograma que se funde.   

sábado, 20 de abril de 2019

Buscar una aguja...



El pasado está hecho con el aire espeso que dejan los muertos sobre sus tumbas. 
Un hervidero de silencios lleno de memoria sin remite y sin destino.
Y mientras tanto, lejos de mi, con la tierra por hermana, camino entre ellos bajo la lluvia y el tiempo suspendido.

jueves, 18 de abril de 2019

Siempre por abril

Cada año, todos los años,
siempre por abril,
la saco del armario,
despliego lentamente las dobleces
y cuelgo la tricolor
al aire de la ventana
para que se abra la tierra,
crezcan las flores
y se asoleen sus muertos.
                                 
                              MCH

sábado, 13 de abril de 2019

La memoria herida

Hoy es un día especial. Han sido dos largos años de trabajo desde la Asociación Desmemoriados-Memoria colectiva de Cantabria para la preparación y materialización del libro que hoy se presenta en la librería La Vorágine. 
En el inicio solamente era un proyecto, un deseo que tenía pocos visos de realización, pero que poco a poco, a medida que hablábamos con unos autores y otros iba acercándose a la realidad.
Julio, en su casa de León, me dijo que sí, me dio un libro y me dijo: "escoge lo que quieras".
Joseba me citó frente al Malecón de La Habana, a la entrada del Hotel Deauville. Y lo que iban a ser dos horas se convirtieron en seis o siete de charla animada frente a unas cervezas.
Gloria nos recibió en su casa en un hermoso reencuentro.
Con Alfons, paseando por Santander, no hubo nada más que mencionárselo para que nos remitiera poco después un relato de abandono y exilio.
Y así con todos y todas las que están.
Cómo no meditar con los certeros pensamientos de Antonio respecto a la memoria de su pueblo, que es la de todos nosotros. Cómo no emocionarse con las vicisitudes del abuelo de María, o sufrir con los personajes de Mabel. Cómo no sentir la cercanía de una villa de la costa cántabra, que reconocí inmediatamente como parte de mi infancia, en las palabras de Pilar. Cómo no sentir nostalgia con el guiño de Chesús a los brigadistas irlandeses. Cómo no volver a los diecinueve con el relato de Isabel. Cómo no enlazar la terrible metáfora de Juan con lo que le pasa a este país. Cómo no ver en la lejanía del mar a esta ciudad de dientes de dragón, con la historia de Luisa Carnés. 
Hoy, como digo, es un día especial. 

Un 11 de abril


42 años después en mi barrio se celebra el recuerdo. Los lugares eran pequeños y nosotros éramos grandes y teníamos todo por vivir.

















Ciertamente he llegado a la conclusión de que el tiempo es un invitado inoportuno, olvidadizo y, a fuerza de ser sinceros, de bastante poco fiar.
Hace dos años, cuando en la Asociación Desmemoriados, con la que colaboro, me encomendaron escribir un pequeño artículo sobre el cuarenta aniversario de la ocupación de la Escuela “11 de abril” para su archivo y para ser publicado en el periódico digital “El diario.es”, tuve que hacer como primer paso un esfuerzo de memoria que me permitiera desbrozar de mis recuerdos lo que yo había vivido, de aquello que había escuchado y de lo que en todo acontecimiento digno queda como recuerdo mitificado de unos hechos reales que, sin duda alguna, deben suponer un orgullo para aquellos que los presenciamos y los compartimos en el pasado, ya sea en algún tramo o en su totalidad.

En 1977, año en que se tomaron los locales del constructor donde se ubicó la escuela, yo tenía 16 años y una conciencia social y política todavía bastante errabunda y diletante. Creo que era entonces, por ser magnánimo, un testigo sorprendido, aunque entusiasta, de unos acontecimientos que aún no comprendía enteramente pero que comenzaban a albergarse en mi mente y en mi corazón como un ejemplo de lo que es posible alcanzar con la convicción y la decisión de un grupo humano, por muy débil o pequeño que en un principio pueda sentirse.

Sin embargo, incluso cuando hablo de lo que yo era entonces estoy hablando de recuerdos más o menos fiables. Hace dos años, y cuando escribía el artículo que mencionaba al inicio, llegó hasta mí una vieja película de aquellos días que hasta entonces no había visto. Una película en la que estaban todos. Mis vecinos se arremolinaban frente a la escuela recién estrenada mientras una comitiva de policías y de funcionarios iba y venía de un lado a otro.
Y de pronto, mientras repasaba las imágenes con una mezcla de tristeza, satisfacción y nostalgia, para mi sorpresa también tropecé conmigo en aquel lugar del pasado. Y digo sorpresa, porque yo no recordaba haber vivido en persona aquel momento en el que la policía intentaba desalojar nuestra escuela. Durante mucho tiempo había pensado que aquellas escenas yo las conocía porque me las hubieran contado. Imaginaba que yo habría estado en clase o en alguna otra ocupación. Pero no. Allí estaba, rodeado de mis amigos de entonces. Alguien en aquel coro de indignación y esperanza, haciendo fuerza con nuestra sola y silenciosa presencia para que se cumpliera una más en el proceso de decisiones que los habitantes de un barrio humilde pero irredento como era el nuestro habrían de llevar a cabo a lo largo de su historia.
Pero, además, con aquella presencia comprendí, mientras contemplaba muchos años después de que ocurriera a aquel baile de sombras sosteniéndose firmemente contra lo injusto, que también había hecho algo importante para mi mismo, para mi ulterior desarrollo personal; y que aquellas imágenes, junto con lo que hubo antes y lo que vino después en nuestra hermosa historia comunal, eran los cimientos sin duda de lo que todos nosotros, con imperfecciones y dudas seguramente, hemos sido y hemos construido a lo largo de nuestra vida.


Hoy, cuarenta y dos años después, vuelvo a mirar con cierta distancia, pero también con cariño infinito, a aquel que yo fui, cuando aún era barro moldeable, y pienso que ese crío casi imberbe, que entonces no sabía nada de mí ni de aquello que el futuro me iba a deparar, es el artífice de mi vida, con sus logros y sus deslices. Y que también él, junto con mis antiguos vecinos, aunque algunos ya no estén, y los amigos que desde entonces a lo largo de este tiempo común me han acompañado hasta aquí, no solo son mi suerte, sino también los que aún ahora me sostienen.    

lunes, 8 de abril de 2019

Un mal encuentro

Cuando paseas por la playa es normal que encuentres árboles muertos que arrastran los ríos, plásticos en todas las modalidades de la incultura de la gente, instrumentos o carga que pierden los barcos, algas marinas, restos de espuma, perros que corren, un hombre que mira....
Pero, a veces, hallas también a algún desgraciado habitante de la mar al que ha doblegado la vida.  

jueves, 21 de marzo de 2019

El dragón


El dragón 

Con el dragón no se enreda,
no se juega al dominó,
no se brinda, no se festeja.

Al dragón no se le regalan flores,
no se le sonríe, no se le abren las puertas.

Al dragón no se le cede el paso,
no se le da la vez
y tampoco la voz.

Al dragón no se le celebra
no se le invita al hogar,
no se le aplauden los engaños.

Al dragón solamente se le recuerda
la muerte y el dolor,
el infortunio terrible de sus hogueras.

Al dragón, en fin, nunca se le nombra
por su nombre de fuego.

Con el dragón, sépanlo bien,
jamás te apareas.

                                        MCH

lunes, 18 de marzo de 2019

Morning Star

¡Oh, Mar Océano! Algunos encontraron en ti una tumba transparente, impenetrable a las miradas. Pero no eras más que nuestro instrumento de trabajo, vieja extensión de agua mugiente, mar de los trópicos; la mesa donde el artesano remata su obra, mar indispensable para nuestras acciones realizadas bajo el pabellón negro. Mar, tú conservas los restos de mis amigos, marinos a los que la muerte convirtió en cómicos títeres descompuestos; a lo largo de tus misteriosas corrientes arrastras el cortejo de ahogados sin energía; bajo el claro de luna, ridiculizas los cuerpos despedazados de aquellos a los que alimentabas. ¡Mar! Fuerza sin pasión, con tu enorme cortejo que reencontramos de siglo en siglo.
¡Oh, mar! Embellecida por la Cruz del Sur y por los inmensos mástiles y el fúnebre pífano del Holandés Errante. ¡Inquietantes compañeros de la leyenda marina con que los marineros y los caballeros de fortuna adornaron los áridos desiertos de tu gimiente inmensidad!

Pierre Mac Orlan.
A bordo de la Estrella Matutina.
Ikusager.


domingo, 10 de marzo de 2019

Trabajos del reino

Acorralados, pero con vía de escape.