Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Jacarandá

Se le encogió el corazón al recordar aquellos tiempos, cuando trabajaba con fervor por construir un nuevo país, mejor y más justo. Qué contenta regresaba a Teherán por las noches, en autobús. Sentía una verdadera comunión con la ciudad, que parecía electrizada, que bullía de expectación y entusiasmo por lo que le brindaba no sólo el futuro, sino también el presente. Azar no veía la hora de llegar a casa, al diminuto apartamento donde Ismael estaría esperándola. Aún recordaba cómo, con sólo ver el resplandor de la lámpara del salón a través de las cortinas, le brincaba el corazón de alegría. Noche tras noche, aquella luz, señal de que Ismael estaba en casa y que ella pronto descansaría entre sus brazos, hacía que sonriera y se le acelerara el pulso mientras subía las escaleras a toda prisa. Cuando entraba en el piso, el olor a arroz hervido llenaba su olfato. Ismael iba a su encuentro, la rodeaba con los brazos y le decía "Khaste nabaashi azizam", "Ojalá nunca te canses". Y entonces ella preparaba un té, y mientras lo tomaban sentados junto a la estrecha ventana que daba al patio arbolado ya sumido en la oscuridad, él le hablaba de Karl Marx y ella le leía poemas de Forugh Farrokhzad.

A la sombra del árbol violeta
Sahar Delijani
Narrativa Salamandra.

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