Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 19 de enero de 2026

Irán en sus manos.

Mercado de Ispahán. 2016. 

En 2016 viajé a Irán con la curiosidad de conocer, en la medida que alguien puede conocer en apenas veinte días, un país milenario y repleto de historia, aunque escondido entre la maleza teocrática interior y el malditismo con el que se le condena desde el exterior.
Me encontré, por lo general, con una tierra de gente afable, interesada, o atraída, por lo que venía del extranjero, gente que nos paraba por la calle para preguntarnos con amable curiosidad o deseosa de fotografiarse con nosotros, esos forasteros llegados del otro lado de las invisibles murallas.
También es cierto que, en ocasiones, se percibía el poder, el brazo amargo de ese dios dominante que cubre de velos externos a las mujeres y de imposiciones morales a toda la población.
Y si antes ya estábamos interesados por todo lo que sucedía en el país, después del viaje aún con más razón. Sufrimos con cada noticia que llega desde allí, con las rebeliones de muchísimas mujeres y muchos hombres, con sus trágicos destinos, con la dureza extrema con la que sus gobernantes restringen las libertades en nombre de su poder y de su religión.
Deseamos con todas nuestras fuerzas que llegue el momento en el que los y las iraníes sean capaces de tomar su destino en las manos, decidir qué hacer con su pueblo y con su día a día sin que nadie, ni desde dentro ni desde afuera, les impongan y les digan lo que tienen que ser.
Ojalá llegue pronto.

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