En 1749 el Marqués de la Ensenada, ministro del rey Fernando VI, ideó lo que se dio en llamar "La Gran Redada", que pretendía arrestar en toda España a la totalidad de los hombres y mujeres de raza gitana que habitaban en España y recluirlos por separado para que no pudieran reproducirse y que de ese modo se extinguieran.
Así mismo, el plan contó con la ayuda del Papa Benedicto XIV, que prohibió que los gitanos en su huida pudieran acogerse a sagrado en iglesias y monasterios.
Mucho se ha hablado de los episodios de la Historia de España en los que se produjo la expulsión de musulmanes y judíos pero apenas nada, al menos yo no lo conocía hasta leer este libro, de "La Gran Redada". Mucho queda por hablar todavía de racismos y genocidios.
A las doce en punto de la noche Granada recibe el asalto de los cazadores, bajo el mando del brigadier Manuel Morón van cuatro piquetes y cinco decenas de caballos, que acometen su labor de lobo por casas, cuevas y aduares. Desde el cielo se les puede ver, antorcha en mano, tal que una danza de luciérnagas sin nombre trazando un mapa de fuego hacia el vértice de la oscuridad, diciendo quién sabe qué en el idioma de las estrellas. Nadie tiene el rostro esta noche, dijimos, tampoco Manuel Morón, que en este instante es apenas una sombra borrada, una prolongación de plomo y hueso del tricornio, con la boca llena de órdenes y el corazón envuelto en la niebla. Tampoco podemos ver el del Marqués de la Ensenada ni el de Gaspar Vázquez de Tablada, disueltos en la caligrafía de las cartas y el eco melancólico de los palacios. Min mucho menos el de ninguno de los ciento ochenta cuerpos que desfilan atados de pies y manos, por las calles de la ciudad a lo largo de la madrugada. Morón, que no tiene rostro ni tiene dudas, les ha improvisado un presidio al aire libre en la vieja plaza de Bibarrambla. Así lo deja todo en orden antes de salir de este libro para siempre con la satisfacción del deber cumplido. La plaza es un lugar emblemático de Granad, de siempre se han hecho ahí las cosas importantes que el poder quiere que sean vistas. Se han hecho torneos de caballería, corridas de toros y autos de fe, y ahora tenemos al ejército mustio de los gitanos, malcomiendo y durmiendo sobre el suelo. A lo largo de la semana seguirán llegando nuevos prisioneros de la redada del resto de la provincia, casi trescientos más. Demasiada gente. Demasiado cielo sobre sus cabezas y dentro de sus estómagos. El poco pan. La calor densa del verano con su baile de moscas y sudor. Ahí están en la plaza, a las vista de sus antiguos vecinos. Y claro que los miran, entre el temor y el alivio, como un espectáculo y un afuera. Y claro que habrá también quien se escandalice, pero no tanto como para alzar la voz. A fin de cuentas el gitano siempre es el otro, una cosa parecida a ti pero no más que un dibujo a una flor, los miras y son poco más que cascarones de hombres con un incendio dentro, con un vertedero y una biblia con las páginas tachadas. Un reflejo torcido en un espejo que hay que romper. Eso de ahí. Una maraña de espectros y harapos que gritan y hasta cantan rodeados de ojos y armas, de miedo y excrementos. Y tú no. Ellos están dentro y tú estás fuera. Con eso baste para seguir tu camino. Déjalos ahí en la plaza. Animales abigarrados, con sus llantos de niños de teta y legañas, con su poca nada atravesándoles la boca y el pecho.
Y esos ojos que huelen a ceniza.
Raúl Quinto.
Martinete del Rey Sombra.
Jekyll & Jill.

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