El fútbol es el productor de una sucesión de múltiples
casualidades que desembocan en verdades vacuas que los simples consideran
incontestables:
Que la pelota
roce el palo o el travesaño por dentro o por fuera.
Que el brazo
esté pegado al cuerpo o separado del mismo en una torsión ingobernable del
tronco.
Que el árbitro
y el linier estén mirando para otro lado cuando el encargado del VAR esté
ensoñándose con su novio o novia mientras el delantero se sitúa un centímetro
hacia adelante o hacia atrás de la línea que marca el último defensa.
Que el
entrenador haya pasado mala noche la noche anterior.
Que el
gobernante de turno, al que le dan igual las normas del juego, en su
omnipotente poder, acogote hasta sacarle las babas al máximo dirigente del
fútbol mundial.
Que un incapaz
sea elevado a presidente de gobierno y a cronista deportivo (que es aún peor) y
que sus correligionarios le rían las gracias.
Que un
resultado sea confundido con el honor de un pueblo (suponiendo que eso del honor no sea un misterio insondable).
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