Lo primero que se aprendía en la escuela, tanto en la estatal como en la clandestina, era que en el mundo había buenos y malos. Los buenos eran los héroes, los santos, los primeros cristianos y los que dedicaban su vida a Dios, y también los reyes católicos de todos los países, los descubridores de nuevas tierras, los salvadores de la patria, y los que daban limosna a los pobres y a los tullidos. Los malos eran los árabes, que habían ocupado nuestras tierras durante siglos, y los judíos, que habían asesinado a Cristo, y los comunistas, que se comían crudos a los niños que acababan de nacer.
Mi padre estaba de acuerdo en lo de los buenos, pero no tanto en lo de los malos, porque decía que tanto Cristo como sus apóstoles habían sido judíos, así que había judíos buenos, y también decía que los árabes habían traído a nuestra nación muchos inventos beneficiosos, como el café, el ajedrez, los hospitales, la cirugía, los molinos de viento, las plumas de escribir o el álgebra, que era una matemática compleja que solo estudiaban quienes querían ingresar en la universidad. Al parecer, también los árabes habían inventado la universidad. De los comunistas mi padre prefería no hablar. Eso decía, prefiero no hablar, y, algo enfadado, añadía, pero lo que de ninguna manera debéis creer es esa tontería de que los comunistas son unos caníbales. Los romanos no eran ni buenos ni malos. Los portugueses tampoco eran buenos ni malos, pero eran muy pobres, porque andaban por el mundo con sus carromatos viviendo a la intemperie, y su pobreza extrema era una especie de involuntaria maldad.
No tardaría yo mucho en aprender que cualquier ser humano podía albergar en su interior, si no a la vez, sí en un breve espacio de tiempo, tanto sentimientos nobles como instintos que podía acercarse a la perversidad. Lo aprendí incluso antes de ingresar en el internado, así que todos podíamos ser buenos o malos, y preguntaba qué tenía yo que hacer para alcanzar la bondad, y mi abuela me decía que tenía que ser obediente y trabajador, y el cura me decía que tenía que rezar, y mi padre aseguraba que para ser cada día mejor tenía que estudiar mucho y leer montones de libros, y mi madre repetía que me dejara de tonterías y que la ayudara a cascar las nueces.
Fulgencio Argüelles.
El desván de las musas dormidas.
Acantilado.
(Fulgencio Argüelles, es para mi uno de los mejores escritores actuales, a pesar de que quizá no sea demasiado conocido, salvo en ciertos círculos. Leí hace años su novela "El palacio azul de los ingenieros belgas", en esta misma editorial, y bastante antes "Letanías de lluvia" (Alfaguara), creo que su primera obra, y acabó convirtiéndose en alguien legendario y objeto de algunas conversaciones con un librero de León ya jubilado, que mantenía "El palacio azul..." constantemente en los anaqueles de su establecimiento, para quien lo quisiera descubrir. Honor para los libreros buenos.
Este, su último trabajo, "El desván de las musas dormidas", no le va a la zaga a ninguno de los anteriores).

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