El otoño es la parte de la rueda que, de forma cíclica,
está a punto de tocar el suelo, para luego volver al aire
de los días claros y sin nubes, hasta que la rueda se rompe.
Sin embargo, no me queda más remedio que ser consciente también del grado de ingenuidad que alimentaba entonces mis palabras. Hoy en día es posible que la ingenuidad persista en algún recoveco (no en vano de vez en cuando me pego alguna que otra leche) pero, aparte de hacerme más viejo, me da la impresión de que los años, y supongo que algún que otro sinsabor, me han retorcido un poco el colmillo.
Está visto que no hay candor que no cure la edad. ¡Vayapordios (en román paladino)!