
La semana pasada tuve la oportunidad de disfrutar del trabajo de un gran actor, José María Pou, encarnando a otro gran actor y director en la obra de teatro titulada "Su seguro servidor, Orson Welles".
La acción transcurre en una sola jornada del último año de vida de Welles. Y aunque en el programa de la obra y en las críticas periodísticas se menciona la decadencia del actor americano debido a los anuncios de comida para perros y de laxantes que protagoniza para la radio en ese momento, yo creo que las ideas, los deseos y los sueños que se van entretejiendo a lo largo de la sesión contradicen las menciones a la ruina y la decrepitud. "Qué lástima tener que aterrizar con tanta gasolina aún" viene a decir en un momento de la obra.
El contrapunto a las ilusiones del viejo director, y una de las moralejas, es cómo se refleja el advenimiento de una nueva clase dirigente en el mundo cinematográfico encarnada en Steven Spielberg o George Lucas. Gente que nada tiene que ver con el modo de hacer y de pensar de Welles, pero a la que se ve supeditada para la financiación de "Don Quijote", su más querido proyecto. Sin embargo, Spielberg juega ya en otra división, y al final a Orson Welles solamente le queda la decepcionante sensación de fracaso que planeó durante toda su carrera.
Una hermosa obra para un llamativo personaje que, como Falstaff en "Campanadas a medianoche", parece quedar al fondo de nuestro escenario recitando aquello de "¡Señor, Señor, las cosas que hemos visto!"
No hay comentarios:
Publicar un comentario