Cuando vi la imagen, antes de tomar la fotografía, un poco de envidia ya me dio. Seguro que era una conversación de altura. Y no solo por el lugar. También por el sosiego que expanden los que dialogan sin saber que alguien, en medio de una ciudad que nunca descansa, les espía desde el otro lado de la calle.
Algo que debiera ser tan normal y que, sin embargo, en los tiempos actuales se convierte día sí y día también en una "rara avis", empeñada como está tanta gente en comprobar quien la suelta más gorda o más grave. En la discusión y en el estremecimiento.
Pues nada. Que vivan los balcones con encanto.

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