Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 18 de enero de 2016

La enfermedad de los horizontes

A veces venían reclutas por la librería. El servicio militar era obligatorio. Uno de los que entraron se quedó mirando los retratos y me preguntó con acento andaluz: ¿Quién es ese? Ese es mi abuelo. ¿Entonces era escritor? No, es el patrón. No le extrañó la respuesta. Era espabilado. ¿Y el de al lado? Hemingway no, el otro, el de la pipa. Manuel Antonio. Poeta. Marinero. Murió muy joven. ¿Lo mataron?, preguntó. No me sorprendió, en este país es una pregunta normal. Dije: Lo habrían matado, pero se murió antes. Pensé: también habrían matado a Valle-Inclán, pero murió antes de tiempo, unos meses, así que sacrificaron un perro y lo enterraron la víspera en el cementerio de Boisaca, en Santiago, donde iba a yacer el escritor. Manuel Antonio solo escribió este libro, y se lo di: De catro a catro. Lo abrió al azar y leyó en voz baja: Roubáranos o vento aquel veleiro. Qué bien sonaba el gallego con acento andaluz. Era una lengua nueva, de una isla invisible. ¿De qué murió?, preguntó. Iba a decirle que de tisis, pero recordé algo que el poeta había escrito: Enfermó de horizontes. Tenía la enfermedad de los horizontes. Soy de Cádiz, dijo, yo también padezco algo de horizontes.Y se fue con el libro. Era suyo.   

El último día de Terranova.
Manuel Rivas.
Alfaguara.

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