Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

martes, 17 de octubre de 2017

El cartel rojo

En Transilvania, cuando los obreros tenían un problema con la dirección de la mina, confiaban al más viejo, al más silicótico de entre ellos, un cartucho de dinamita, con la orden de ir a casa del director. Se desarrollaba entonces un ritual más o menos inmutable. El minero leía al director una reivindicación escrita en un papelito. El director, como dictaba la costumbre, rechazaba todo en bloque. El minero reemplazaba entonces el cigarrillo que tenía en la boca, por el cartucho de dinamita; encendía y esperaba. Nueve de cada diez veces, todo saltaba por los aires. El humor no tenía ningún lugar en el ceremonial.

Phiippe Ganier Raymond
El cartel rojo.
Editorial Txalaparta. 

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