Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

jueves, 10 de enero de 2019

Cuando el poema sobrecoge


14º 53' 37.0" N  92º 14' 49.0" W - (TAPACHULA, CHIAPAS)

Perseguidos por el genocida Efraín Ríos Montt
mis padres huyeron de Guatemala el año de 1982
y se refugiaron en un pedazo de selva en Chiapas, México.

Lejos de las montañas del Quiché, nací ixil en tierras mexicanas.

Volvimos después de la firma de los acuerdos de paz,
pero nadie firmó un acuerdo para terminar con el hambre.

No teníamos maíz ni para sembrar.

Cuando me llegó la luna decidí bajar de las montañas a Tapachula
y trabajar de cocinera en una casa.

Prometían buena paga, pero mis primas
me engañaron al llegar y me vendieron como un bulto
a la dueña de un prostíbulo en la frontera.

Me hacían abrir las piernas y cerrar, casi siempre,
la boca; basta decir que todos me golpeaban.

Hasta que hui con Daniel, taxista de Tapachula,
borracho y drogadicto, pero me mató a patadas
nomás saber de mi embarazo.

Tiró mi cuerpo al río, al pútrido Coatán,
donde antes lanzó también al niño.

Enterrada en esta tumba del Panteón Jardín,
sin nombre, estoy perdida, acompañada
por los varios rostros difusos de otras gentes.

Quiero decirles que ni todo el peso de la tierra
me asfixia tanto como el peso de uno solo de los cuerpos
jadeantes y sucios que en vida soportaba.

Sé que mi madre me busca en caravanas,
llevando en el pecho una foto mía,
esa en la que aparezco vestida en día de fiesta.

Mi tía la acompaña, cargando un abanico con tres imágenes más.

Pero mis primas están malditas, porque siguen vivas,
abiertas y partidas por el sudor y los erectos machetes de carne
de los choferes y estibadores del mercado San Juan.

Ojalá que mi madre vuelva a San Gaspar Chajul
y se quede dormida bajo la incandescencia de nuestro sol de maíz,
recién nacido de la muerte, como yo.


Balam Rodrigo.
Libro centroamericano de los muertos.
Fondo de Cultura Económica. 

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