Era 2005 y estábamos en algún lugar de Senegal haciendo un alto en el camino. Quizá a la búsqueda de un saco de arroz para la familia que íbamos a visitar en una pequeña aldea de la que no recuerdo el nombre. Luego atravesaríamos el Parque Nacional de Niokolo Koba, asustando a nuestro paso a unas cuantas aves grandes y misteriosas que, como nosotros antes, se convertirían en cuestión de segundos en sombra de la sombra dentro de la espesura.

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