Escuché a la oropéndola pero no la vi.
Escuché al torcecuello mas fue una sombra nada más entre ramas y hojas verdes.
Escuché al cuco pero, al igual que el horizonte, se alejaba de árbol en árbol cuanto yo más caminaba.
Escuché al ruiseñor de pecho azul. Solamente lo escuché. No hirió mis ojos el índigo de su plumaje.
Lo que no oí, para mi fortuna, al alzar la mirada de regreso a casa, fue aquel roce de alas o de pétalos contra el viento.
Como flores en el aire.
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