Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 28 de julio de 2014

Crónicas Armenias

Desde el sur recorremos la carretera que lleva a Goris. Ascendemos entre praderas un puerto que atraviesa el Pequeño Cáucaso. Luego, una vez pasada la ciudad de Kapan, hay otro puerto entre bosques.
Miramos atentamente el mapa. Aquí el límite entre Armenia y Azerbaiyán se difumina en la umbría arbórea. No hay puestos de control, pero la línea amarilla cartográfica nos dice que estamos introduciéndonos caprichosamente en uno y otro país a lo largo de la ruta.
Sin embargo, Armenia y Azerbaiyán, pese a la tranquilidad reinante, siguen hoy en estado de conflicto latente. No se han borrado aún algunas de las huellas de la antigua disputa por el territorio de Nagorno Karabakh.
Por las orillas de la carretera se afanan unos cuantos peones camineros, que no sabemos si son armenios o azeríes.
En un momento dado, como buenos turistas, decidimos que estaría bien detenerse un rato para pisar tierra de Azerbaiyán y hacernos una fotografía. Pasa una curva y otra curva sin encontrar el lugar adecuado. Al final, casi por quitarnos la cuestión de encima,  decidimos, ¡aquí!
Convenimos que es un buen lugar, una pequeña pradera a la orilla de la vía con un terraplén que nos permite admirar el paisaje del inmenso bosque extendiéndose hasta el infinito.
Todo muy bonito, muy tranquilo, con pájaros que vuelan entre los árboles y un silencio al que cuesta acostumbrarse. Un lugar perfecto para estirar las piernas y para poner cara de foto.
Salvo por un pequeño detalle.
En mitad del prado, inadvertido hasta entonces, un cartel del que destaca una tenebrosa calavera, anuncia a todo aquel que lo quiera leer: “Danger. Mines.”   

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