Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 8 de junio de 2015

Los pueblos dormidos




Recuerdo que la primera vez llegué en el tren hullero después de hacer transbordo en Mataporquera. Creo que era el año 1983. La casa tenía unas condiciones mínimas tras haberla abandonado sus habitantes para emigrar a Santander. De vez en cuando, en verano, volvían para pasar las vacaciones. Sin embargo no había luz ni calefacción. 
Desde la estación de ferrocarril dos o tres kilómetros nos separaban del pueblo y hacía un frío de finales de invierno, aunque camináramos bajo el peso de las mochilas. A lo largo de la carretera principal, hasta la confluencia con la que llevaba hasta la aldea, todavía había una sucesión de grandes árboles a las orillas. Una vez en el pueblo caminabas sobre barro y excrementos del ganado puesto que aún nadie se había propuesto asfaltar las calles. Había bar y la gente entraba y salía. Probablemente habitaban las casas cerca de cien personas. O más.
Hoy en día vivirán el invierno allí unas diez almas.
Salgo a la calle y miro al norte, hacia La Collada. Luego miro al sur, hacia el valle. Y veo un paisaje vivo y un pueblo muerto. O tal vez, simplemente agonizando, conocedor de su sentencia.
No recorro esta vez todo el pueblo, solamente los aledaños de la casa familiar. Y tomo estas fotografías.

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