Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

domingo, 14 de junio de 2015

Una plaza lejana

    Iglesia Románica de Bareyo (Cantabria)

Hacía mucho tiempo que no venía por aquí. De este pueblo y de esta iglesia salió mi abuela materna casada con mi abuelo. De chaval lo frecuenté en bastantes ocasiones. Ahora solamente regreso para funerales. Sin embargo debo reconocer que es uno de los paisajes favoritos de mi pasado.
De este lugar recuerdo a las mujeres entrando a misa con un velo negro en la cabeza y a los hombres sentados en los escaños, al aire libre, dejando pasar el tiempo de los rezos femeninos entre pitillo y pitillo. Recuerdo los prados al fondo, que se extendían entre los meandros de la ría hasta el mar invisible. Recuerdo un paisaje solitario, que no desolado y también a un niño con un capote de torero, cosido por su madre con urgencia, haciéndole verónicas a un toro imaginario, mientras los paisanos desocupados aplaudían.
Es un paisaje de infancia que me gusta.
Al fin y al cabo en  esa plaza, ahora silenciosa y lejana, tomé la alternativa. 
 

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