Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 6 de julio de 2015

Verano


Volvemos a León con el comienzo del verano. En el pueblo se nota más movimiento. Pasan coches por debajo de nuestra ventana, además del habitual de la panadera. Hay paseantes, gente que no conozco. Una mínima actividad que hace despertar a las piedras, a los árboles y a los pájaros de su letargo de invierno.
Salimos al monte, por la tarde, lejos del calor. Grecia también está muy lejos, más allá de los robles, pero aún así seguimos diciendo que no. Chile, al otro lado del mar, mete goles de penalty a la tristeza. Hace años en el mismo lugar, en la misma portería, un milico ponía cadenas a la alegría.
Caminamos sobre la hierba alta, atentos a los sonidos: el zumbido de los moscardones, el aleteo de los arrendajos, el graznido de la corneja. En la distancia, los campanos del rebaño y el tren que se dirige a la ciudad.
Mayo, ajeno a nuestros pensamientos, viene y va entre los árboles.

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