A la puerta esperan los periodistas. Uno de ellos le recuerda sus palabras de un año atrás, cuando había afirmado que llegar al Barça era el sueño de cualquier futbolista, y le pregunta qué ha ocurrido para que éste no se cumpliera.
Ibrahimovic, con bastante resentimiento en su gesto y en sus palabras, responde que la culpa es del “filósofo”, en clara alusión a Pep Guardiola, su entrenador hasta hace unos minutos.
Cuando escucho esas declaraciones lo primero que me pregunto es qué tipo de insulto es ése. Luego, en qué ámbito la palabra “filósofo” puede ser un arma arrojadiza. Y por último recuerdo las innumerables entrevistas leídas en las que, estos nuevos gladiadores de pantalón creciente o menguante según los tiempos, se despachan a gusto sobre sus gustos culturales, alardeando incluso de su inexistencia.
Sólo hay que hacer la prueba. Busca cualquier entrevista en la que al futbolero de turno le interroguen sobre los libros que lleva a las concentraciones, sobre el cine que le gusta, sobre los conocimientos más sencillos que no tengan que ver con juegos de ordenador o con automóviles de lujo. Cero, cero, cero…
Desde luego que Pep Guardiola, a su nivel, es un filósofo. Es más que eso. Es la excepción.






