Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

viernes, 27 de agosto de 2010

Callejones

Cuando éramos críos nos entreteníamos, a veces, con un juego que en ocasiones derivaba hacia cierta brutalidad disfrazada de inocencia. Os podéis imaginar: niños, al fin y al cabo.
El caso es que nos colocábamos unos frente a otros, inmóviles, formando un estrecho pasillo por el que tenía que adentrarse la víctima propiciatoria con mucho cuidado, para descubrir cual de las taimadas estatuas le estaba propinando el pescozón de turno. Si eso ocurría, el descubierto pasaba a engrosar la lista de los posibles agredidos en el improvisado callejón. El juego podía durar todo lo que el grupo quisiera. Normalmente, hasta que ya nos cansábamos de recibir.
Bueno, pues a este juego, salvando las abismales distancias, me recuerda lo que está pasando en México (pero no es un juego). Un país al que quiero mucho, pero que cuenta con unos índices de salvajismo ciertamente intolerables.
Los inmigrantes de los países depauperados al sur de la tierra azteca, además de los propios mexicanos, que desean llegar a la traicionera tierra de promisión más allá de Río Grande, no solamente se encuentran en su difícil peregrinar con las miserables leyes de estados como Arizona, o con muchos de sus habitantes, fascistas ellos, empeñados en conservar la “pureza” de uno de los países más mezclados del mundo, sino que también se ven obligados a atravesar el “cul de sac” en que, en muchas ocasiones, se convierte México.
Engañados, estafados, violados, amedrentados, robados, encarcelados, quebrantados, pisoteados y golpeados durante el infernal trayecto, además muchos de ellos acaban sus días como bestias en un matadero, tal como ha ocurrido recientemente en un almacén de Tamaulipas con 72 personas.
Supongo que a los extorsionadores y asesinos, culpables de actos como el mencionado, la dignidad les importa una mierda, palabrería barata que se acalla con el cañón de una escopeta, pero a la comunidad internacional este sinsentido que se extiende muchísimo más allá de lo permisible debería hacerle pensar y actuar.
Muchas veces los medios de comunicación y los políticos utilizan la expresión “Estados fallidos” o “malogrados”, en la mayor parte de las ocasiones dedicada a musulmanes, refiriéndose a países que no pueden controlar el auge del terrorismo y de las matanzas indiscriminadas en su seno. ¿Cómo podemos llamar entonces, con todo ese potencial desperdiciado, a un Estado como el de México?

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