Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

martes, 21 de junio de 2011

Deja vù

"Lo cierto es que en aquellos tiempos los amos o patronos castigaban a los criados o a los obreros con la fusta de los caballos por un quítame de aquí esas pajas, y esos mismos hombres hostigados por los dueños de su futuro pegaban a las mujeres con igual facilidad y con el mismo fundamento que apaleaban a las mulas, y las mujeres golpeaban a sus hijos con la misma insistencia y naturalidad con la que ahuyentaban a los gatos o les hacían aspavientos a las gallinas, y los niños terminábamos aquella extraña secuencia de la violencia consentida maltratando a los animales, gatos y perros preferentemente, aunque también patos, cerdos y conejos, y hasta sapos y murciélagos, a estos últimos les dábamos de fumar hasta verlos reventar en el aire como si fueran globos de sangre. Tal vez la razón de todos para maltratar fuera la misma, pero no la conocía nadie y a ninguno parecía preocuparnos, tan sólo Alipio se atrevía de vez en cuando a hacer alguna extraña reflexión que no lográbamos entender, y decía él que era una pena malgastar tanta violencia en seres tan inocentes".



Fulgencio Argüelles.
El palacio azul de los ingenieros belgas.
Editorial Acantilado.

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