Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

lunes, 30 de diciembre de 2013

Ana no

Pueden despreocuparse aquellos que me recomendaron leer "Ana no" de Agustín Gómez Arcos. La novela a pesar de su tremenda aspereza me ha parecido impresionante. Más, si cabe, cuando jamás oí hablar de Agustín Gómez Arcos. Un autor español, ya fallecido, que, como otras víctimas de la miopía cultural hispana, tuvo que salir a Francia para ser reconocido en ese país, mientras aquí se le hacía el vacío más absoluto.
No es extraño, sin embargo, dado que a tenor de esta novela era un hombre de fuertes convicciones republicanas, lo cual, como ya se sabe, sigue siendo pecado en esta torturada tierra.
Lectura más que recomendable, como digo, y una muestra además de que las reivindicaciones de una Memoria Histórica de verdad no son una moda pasajera ni algo que se haya inventado ahora. Los desaparecidos y las fosas comunes siguen ahí pese a que haya aún quien intente solapar esa realidad como burdo prestidigitador. Esta novela en la que Ana Paucha, la mujer del título, sufre dicha lacra de modo superlativo está publicada en 1976 en París.

No quiero terminar sin hacer hincapié en el capítulo 11 del libro, en la parte, en la que la protagonista realiza, abriéndose las carnes, una exposición de su vida mientras explica lo que fue la República, la guerra posterior y lo que vino después. Aquí el extracto final: "...Mis hijos Paucha aún no habían conocido mujer cuando los ahogó la guerra. Pasaron, vírgenes, de mi seno a aquel otro, perpetuo, de la muerte y de la cárcel. Nunca se miraron en el espejo, tierno e implacable a la vez, de los ojos de una mujer propia. Antes de haberse realizado en la vida, ya estaban enterrados en la muerte y el olvido. Lloré, completamente sola, la muerte de mis Paucha y la ausencia de mi pequeño. Si se le puede llamar llorar a ese silencio que me cosió la boca cuando se fueron de casa para no volver nunca. Eso es la guerra. Ese después que se sufre a solas cuando sólo nos regresa el silencio. A eso lo llaman ustedes paz. Allá ustedes". 

Ana Paucha desde su mar de Almería camina por la vía del tren hacia un norte desconocido en el que su hijo, el pequeño, está preso desde hace treinta años. Lleva para él, hecho con amor de madre, un pan de aceite con almendras, anís y mucho azucar (parece un bizcocho).

Por cierto: Con mis mejores deseos para que el nuevo año no se nos pudra.

Ana no
Editorial: Cabaret Voltaire.
2013.

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