Mientras el secretario general de las Naciones Unidas clama durante veinte minutos, como si fuera un desvalido en el desierto del Néguev, contra las violaciones de los derechos, todo un pueblo sigue siendo acorralado en un reducido espacio de destrucción.
Mientras el cuerpo diplomático de Israel declara “non grata”
a la Organización de Naciones Unidas y a su secretario general, y tarda en ello
diez minutos más o menos, un cuerpo de rescate formado por un número indescifrable
de desesperados, aparta con sus manos trozos de edificio bombardeado para
recuperar trozos de cuerpos o, en el mejor de los casos, cuerpos completos,
pero inertes, de los habitantes de unas viviendas, que ahora podrían llamarse “muriendas”,
pero que ya no son porque ya no tienen nombre.
Mientras el presidente de los Estados Unidos firma el
traspaso de armas a su aliado, y en la rúbrica se demora menos de un minuto, en
el hospital Al-Shifa, en ese minuto, se acaban los suministros de los
anestesistas y los cirujanos se ven obligados a operar en vivo y a la luz de una
linterna porque la electricidad se agotó hace varios días. Y mientras esto
sucede, el mandatario máximo de Sión afirma que seguirá hasta el final. Y no
sabemos si ese final es el final de todo lo que queda por morir en Gaza, o
también el final de sus compatriotas rehenes de Hamás. O es el final del
tiempo, o es directamente su propio final, su autoinmolación en nombre de su odio.
Mientras, en Europa, el alto representante de la unión
para asuntos exteriores y política de seguridad, tarda más en pedir el final del
fuego que en recitar de corrido su cargo exagerado; detrás de sus discursos y
del laberinto de palabras se esconden todos los países en ese espejismo que es
la Unión - Alemania en su mala conciencia, Francia en sus fronteras y en sus
territorios de ultramar, España en su gallardía de opereta-. Y mientras, el
tiempo de miles de niños, el tiempo de miles de madres, el tiempo se termina
sin haber empezado, demostrando con sus muertes cuanto tiene el tiempo de
relativo.
Un segundo para disparar, un segundo para morir. Diez años para que juzgue lo que inapelablemente debe juzgar la corte penal internacional.
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