Somos millones en esta isla errónea y apenas alguno sabe que llevamos vidas de náufrago

viernes, 11 de noviembre de 2011

Encrucijándonos

A Nadja, alemana de Stuttgart, la conocimos en el albergue de Santa Cruz de la Sierra y viajamos juntos hasta Samaipata. Luego coincidimos con ella en varias ocasiones en la ciudad de Sucre. Para entonces acostumbraba a estar más tiempo con Yorki y con Sofía. La última vez que la vimos nos cruzamos unos instantes en una estrecha galería de la mina de Potosí.
Yorki es un joven cubano, del centro de la isla, aunque su familia vive en La Habana y él en Copenhague. Acostumbra a viajar a Cuba cuando puede para verla. No obstante es un cubano diferente. Su acento sólo sale cuando empieza a haber confianza. Su novia, Sofía, es danesa, y le ha robado todo su acento hasta el punto de que comprendimos que realmente él era cubano cuando la oímos hablar a ella. Los vimos por primera vez en la recepción del albergue de Santa Cruz, pero no reparamos mucho en ellos, recién llegados como estábamos. En realidad nos “encrucijó” la tremenda lluvia de Samaipata, y mientras tomábamos café pacientemente, comenzamos a hablar de Cuba (¡cómo no!). Luego nos volvimos a encontrar en Sucre varias veces, hasta que nos dimos nuestros respectivos correos electrónicos (que en los tiempos que vivimos es como una promesa que no siempre llega a cumplirse).
José es mexicano del DF y viaja con su chica, Paulina, a la que él muchas veces llama “la flaca”. El tiene 26 años y ella, que es de Colima, ha cumplido 24. Ambos, junto a nosotros, formaron parte del grupo de temerarios que nos adentramos en la mina de Potosí bajo la guía y el buen gobierno de Helen, una entrañable y combativa dama de las profundidades que está al mando de la Agencia Amigos de Bolivia, radicada en la calle Ayacucho de la ciudad minera.
José tiene pinta de nazareno, es decir, es guapo como un cristo redimido; hasta el punto de que dentro de las galerías, al cruzarnos con los mineros, alguno le dice aquello de “¡Jesús, bendíceme!”. Paulina es como un hada sonriente a la que, por alguna extraña razón, recuerdo a su padre. Bajo su deseo nos hicimos una foto para enseñársela al progenitor y que así pudiera comparar ese inexplicable parecido. Ya veremos.
Junto a los mexicanos conocimos a Felipe, un brasileño de Porto Alegre, alegre y paliducho, que se había “encrucijado” con ellos en Uyuni. Felipe tenía la intención de pasear su pelo rasta durante cinco años por el mundo, trabajando para vivir, lo cual es muy encomiable. A Felipe lo volvimos a ver por última vez en La Paz, en la calle de las brujas, horas después de ver, también por última vez, a José y a Paulina, y se despidió de nosotros deseando que alguna otra vez nos tropezáramos por alguna calle del mundo. Y así de casual tendrá que ser porque no tenemos más datos suyos.
Y en el grupo de la mina también estaba Gustavo, un silencioso boliviano que vivía en Argentina y que volvía de turista a su propio país.
En el Salar de Uyuni conocimos a Carlos y Catalina, uruguayos, que nos recomendaron un hotel en La Paz y que luego volvimos a ver en Aguascalientes la tarde que ellos bajaron del Machu Picchu y la víspera del día que nosotros subíamos. Los antepasados de Carlos eran gallegos de Galicia, de un pueblo de Coruña que no recuerdo, y los de Catalina, por sus impresionantes ojos rasgados y azulísimos, no me extrañaría que fueran de algún sitio en el que habiten los elfos.
También en Uyuni conocimos a la familia Orjas, un joven matrimonio de franceses que viaja con sus dos niños. La familia de ella, de Carine, procede de Ponferrada y la de él, Cristophe, de Alcoy y en la segunda noche de Uyuni se estableció una curiosa y emocionante conversación de encrucijada entre ellos y Corinne y Carlos y otros más, todos hijos o nietos de emigrantes y exiliados españoles. La familia Orjas se marchó camino de Chile, pero justo en la raya nos dieron la dirección de su blog y así vamos siguiendo sus pasos (que por cierto, hoy están en el Fitz Roy).
En la conversación que antes mencionaba también intervino David, mexicano que vive en Gales admirando los prados verdes y soportando la lluvia incontinente. Y por allí también deambulaba la canadiense Emilie, que luego nos dio su teléfono en La Paz, aunque por otras circunstancias no volvimos a ver.
Y más tarde, ya en la parte peruana del Titicaca conocimos a un ecuatoriano de Riobamba que le preguntó a Sol lo que le parecía su ciudad, y a Sol no le quedó más remedio que ser sincera. Y en el mismo barco viajaba Isis Ariadna, residente temporal en Bogotá, que jugando a las adivinanzas nos dijo que ella era del país que más le dolió perder a España. Y nosotros dijimos Cuba, y ella dijo México. Y todos teníamos razón.
Y eso es lo bueno de estar “encrucijándonos” todo el día. Que todos tenemos razón. Y que ahora estamos y luego no. Y más tarde nos encontramos. En alguna calle del mundo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos". Fernando Pessoa

MCH dijo...

No sé si el texto de "Encrucijándonos" es lo suficientemente fiel a lo que tienen de extraordinario nuestros variopintos encuentros a lo largo del viaje. Extraordinario, no por el hecho en sí (que también)sino por lo afortunados que nos hemos ido sintiendo por el camino, hasta el punto de preguntarnos en cada jornada qué habría de bueno en el siguiente tropiezo. Lo cierto es que mi intención ha sido reflejarlo de algún modo, aunque en ocasiones dudo haberlo conseguido. Sin embargo, no me queda más remedio que agradecer el comentario anónimo, tanto por su exactitud como por su hermosura.
Qué lástima no tener la gracia de Pessoa y la puntería de mi anónimo amigo.

Anónimo dijo...

No es amigo, es amiga y no tan anónima.